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Alfredo Llorens
Domingo, 9 de abril de 2017
Nos lo advirtió Woody Allen, la música de Wagner nos invita a invadir Polonia.

La épica y la testosterona

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Denominando en principio un género literario, la palabra Épica extiende su significado para adjetivar también determinados mensajes, situaciones, obras o ensoñaciones.

La épica y la testosterona

 

Son épicas aquellas cosas que desencadenan en nosotros un pálpito interno, un hervor sanguíneo, un venirse arriba que ya desde los griegos venimos llamando así aunque a buen seguro  nos ha acompañado desde que el mundo es mundo. En pocas palabras, llamamos épicas a cosas que desencadenan en nosotros, varones y también mujeres, un simple subidón de testosterona pero con tintes poéticos y grandilocuentes.

 

La épica, como la solidaridad, siempre se desarrolla frente a algo. Épica es resistencia contra la adversidad, y crece cuanto mayor y más desigual es ésta. Como bien sabían los escultores del cinquecento, hay épica en David pero no en Goliat, que es solo fuerza desproporcionada. Por ello todos los discursos, todos los relatos, para  establecerse ampliamente, tienden a crear "Davides" cuando quieren decir "nosotros" y "Goliats" cuando quieren decir "Ellos".  La épica produce una euforizante descarga hormonal, por ello genera una adicción mayor en el individuo cuanto más escaso  sea su intelecto porque dispone de menos filtros. Dar tintes épicos a lo que sea nos garantiza la inmediata adhesión acrítica de las mentes menos dotadas o quizás cabría decir de las más perezosas. Así podemos afirmar que la épica se convierte en una simple y amoral herramienta que puede ser usada para los más diversos fines, como la dinamita, de ahí el peligro de su uso pues siempre que el humano ha dejado de serlo, ha sido cabalgando en ella. De ahí que entendamos como una sana costumbre la tendencia a desconfiar de la épica cuando se acompaña de profusión de tipografías, banderas, músicas, uniformes y grandes personajes con rimbombantes frases.

 

 No obstante son épicos los grandes gestos, la bondad cuando las circunstancias la tiñen de heroísmo. Es buena la épica que brota sin ser conjurada cuando muestra la nobleza de los sentimientos y la voluntad de sacrificio ante la adversidad que puede mostrar el ser humano que lucha por aquello que es justo. Porque, cuando surge sin ser llamada con agitación de banderas y con grandes palabras, cuando es más un sentimiento íntimo que un clamor gregario de pertenencia, la épica nos muestra íntimamente dónde está la bondad sin ambages, pura y universal en medio de un confuso mundo de relatividades morales.

La épica y la testosterona

 

 Hay épica en las combatientes kurdas que sacuden su destino y se enfrentan con valor al patriarcal  terror que las atenaza. La hay en aquellos que escuchando a su corazón dejan todo, se lanzan al mar para salvar vidas de semejantes que ni siquiera conocen y  nos muestran cuán grandes podemos llegar a ser los humanos. Hay épica en quienes defienden la Naturaleza con sus propias vidas, la hubo en las jóvenes vidas truncadas combatiendo el nazismo que reposan en grandes cementerios. También en el clamor de las escenas finales de "Espartaco", en "Koolau el leproso", en Héctor enfrentando su fatal destino a las puertas de Troya...

 

Pero hay otras épicas siniestras de cuidada estética. Inflamados discursos épicos que sin recurrir al rimbombante artificio estético no alcanzarían ni por asomo a convencer a tanto incauto para renunciar a su naturaleza e inmolarse por ellos o asesinar sin remordimiento a tanto inocente.

 

Daesh, el nazismo, el estalinismo, los fascismos en general, nos dan clara muestra de que demasiadas veces las épicas las carga el diablo. En todos estos discursos  podemos hallar un inflado esteticismo, un nefasto canto a la fuerza y la destrucción, a grandes designios y refulgentes destinos que atrae a las mentes simples, a los extras de la función, ofreciéndoles un falso papel central en su falsa epopeya.

 

La épica y la testosterona

 

 Y luego está la épica del simulacro. Como los antiguos romanos, nosotros hemos construido nuestro "limes", nuestra frontera que marca el límite entre la civilización y la barbarie. Dentro se halla la sociedad, las infraestructuras y  el derecho. Fuera lo salvaje, lo brutal y lo arbitrario.

 

  Fuera del limes viven los bárbaros. Allí la épica, buena o mala, es real y la partida se juega fuerte. Dentro vivimos un tiempo de simulacros donde el riesgo es poco más que una hipótesis y donde, cada vez a cambio de menos, estabulamos nuestras vidas.

 

Todo impulso de cambio tiene su origen en la épica, en ese venirse arriba ante la adversidad, más fuerte cuanto mayor es esta pero la épica tiene lugar en la selva, nunca en el establo. En este, el impulso épico, innato en la res, tiene que ser desviado, vaciado de  imaginario y de contenido para mantener el vallado en su sitio. En nuestro mundo, la epopeya evoluciona de la Ilíada al fastuoso, ridículo y rimbombante himno de la Champions League, con su profusión de coros angélicos y trompetas apocalípticas. Esa es la deriva que desplaza los modelos de nuestro imaginario del heroico, el intachable Héctor afrontando su fatal  destino, a Cristiano Ronaldo dando aullidos. Una épica reducida a simple testosterona, a eficaz desahogo para que, desbravados,  no invadamos Polonia.

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