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Jorge León Gustá
Domingo, 9 de abril de 2017
Siempre me ha sorprendido el bajo nivel literario de este tipo de poesía

Semana Santa y poesía

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Noticia clasificada en: Poesía

Cuando se piensa en literatura religiosa del Siglo de Oro, aparecen inmediatamente san Juan de la Cruz y fray Luis. Sin embargo, ninguno de los dos escribió poesía devota, el equivalente a los cuadros que desarrollan motivos de la Pasión.

Llegados a estas fechas, hace días que han empezado a aflorar las manifestaciones alrededor de la Semana Santa: procesiones de todo tipo (o los preparativos de las cofradías), representaciones teatrales de la Pasión (con más valor antropológico que artístico) y los conciertos de grandes oratorios presididos por la inmensa figura de Bach se acumulan por doquier en las salas de conciertos e iglesias que cantan pasiones y otros oratorios. Algunos, más originales, optan por Händel.

 

El relato de la Pasión (con mayúsculas) ha inspirado a un  gran número de músicos, tanto en la Europa protestante como en la católica. La vitalidad de este género llega hasta nuestros días, con escasas obras, pero maestras, como Los improperios  de Mompou o la Pasión según san Juan de Arvo Pärt. Entre nosotros, destaca la Semana de música religiosa de Cuenca, donde se dan cita tanto páginas de los siglos XVI al XIX, como obras contemporáneas.

 

Como la música, en la Europa de la Contrarreforma triunfó la pintura que desarrollaba momentos de la Pasión: ya desde el siglo XV resultan infinitos los calvarios, en los que se muestra el dolor sufrido por sus protagonistas, las heridas y la abundancia de sangre, u otros motivos, como el ecce homo, el desprendimiento, la Piedad o la Santa Cena. Lo mismo se encuentra en la escultura. Aquí, en España, nació la imaginería con este objetivo que la pintura: conmover al espectador, siempre entendido como piadoso y devoto. Su objetivo va más allá de lo puramente estético: quiere conmover al público, para que medite sobre el acto mismo del sacrificio de Cristo. Por diferentes medios, los protestantes a través de la música (que es más abstracta), los católicos mediante la imagen, tanto la pintura como la escultura, llegan a un mismo punto, y parece que en esta semana todo el mundo vuelve al redil de la Iglesia.

 

Sin embargo, ¿qué papel tiene en todo esto la literatura? Cuando se piensa en literatura religiosa del Siglo de Oro, aparecen inmediatamente san Juan de la Cruz y fray Luis. Sin embargo, ninguno de los dos escribió poesía devota, el equivalente a los cuadros que desarrollan motivos de la Pasión. Pero existió entre los siglos XV y XVII una poesía narrativa que recreaba los motivos de la Pasión. Aunque hoy en día está muy olvidada y se le presta poca atención, en su momento tuvo una gran difusión. Además, resulta imprescindible para comprender el espectáculo mismo organizado alrededor de la Semana Santa.

 

El origen de esta corriente no es propiamente literario, sino que se encuentra en la Iglesia. Es lo que se conoce como devotio moderna, con una obra fundamental: la Vita Christi, escrita por Ludolfo de Sajonia en la segunda mitad del siglo XIV. En esta obra se narra la vida de Cristo haciendo una paráfrasis de los cuatro evangelios canónicos. Su intención es una visión afectiva  de la figura de Cristo. ¿Qué quiere decir esto? Que el texto tiene un objetivo: que el piadoso lector se sienta conmovido hacia la figura de Jesús y se convierta en penitente. Por ello, nada mejor que potenciar aquellos aspectos más patéticos, que se concentran en el relato de la Pasión.

 

Semana Santa y poesía

 

Esta obra fue muy difundida por toda Europa, primero de forma manuscrita y después impresa. En la península, Francesc Eiximenis escribió en catalán la Vida de Jesucrist,  a principios del XV, cuya traducción al castellano fue muy difundida. Pronto apareció la versión de fray Ambrosio de Montesino, en 1503. Pero no solo eso: pronto aparecen sus imitaciones, como las Coplas de la Vita Christi, de fray Íñigo de Mendoza (1425-1507), que no debe confundirse con su pariente lejano, el Marqués de Santillana, Íñigo López de Mendoza. El poema está inacabado, pues se queda en la adoración de los pastores en Belén. Destacan varias características que se mantendrán de manera constante a lo largo del siglo XVI: en primer lugar, es una poesía narrativa centrada en la figura de Cristo; sigue, por tanto, el relato bíblico, que, por otra parte, el lector ya conoce por su desarrollo a lo largo del año litúrgico. Se trata, además, de un relato episódico con un sentido teatral: el narrador sitúa al lector frente a la escena como si la estuviese viendo. Es más, quiere que la reviva en su imaginación y, para ello, le hace reflexionar en cada uno de sus detalles, para destacar los aspectos más dolorosos y despertar su devoción afectiva. Cada una de estas escenas se conoce como paso, de manera que se emparenta con la imaginería religiosa y con los ritos que se reviven en las procesiones de estos días.

 

En las Coplas en que pone la cena que Nuestro Señor hizo con sus discípulos, fray Íñigo de Mendoza puso esta misma idea en práctica. Relatan el desarrollo de la última cena con la que se inicia el sacrificio de la Semana Santa y parafrasean el relato bíblico para destacar los valores teológicos de la escena. Así, el poema sirve al lector como meditación. Esto se hace presentando a los personajes, el lugar y los hechos. En este caso, destaca la figura de Cristo que va a instituir el sacramento de la comunión: 

 

  ¡O Señor, con quánta pena,                      

sabiendo lo por venir,                     

en la postrimera çena                      

mostrabas cara serena                    

al desonrado morir,             

predicando tu partida                     

con una cara graciosa!                     

¡O amor tan sin medida,                 

quán amarga despedida                  

y quán llorosa!                     

 

Después se pasa a preguntar a la Virgen por sus sentimientos. Es un modo habitual de hacer entrar en escena al lector: al interrogar a uno de sus personajes, el público revive la escena como si la estuviese contemplando. A la vez, se insiste en los sentimientos más patéticos, pues se oscila entre la alegría y el dolor. 

 

 ¿Qué sientes, virgen sagrada,                    

en oir tan triste nueva?                   

¡O madre desconsolada,                 

nunca fue tan ansiada                     

otra madre desde Eva;                    

nunca tan sin alegría           

fue hecho despedimiento!              

¡O sancta virgen María,                   

qué dolor el de aquel día                

y qué tormento!                   

 

La alusión a Eva es un tópico de la predicación que atraviesa a toda esta literatura: el pecado original al tomar el fruto del árbol del bien y del mal queda redimido en la Virgen, nacida sin pecado.

 

La siguiente estrofa insiste en los aspectos más patéticos: el dolor de los que viven la escena.

 

   Todo aquel colegio sancto           

con la nueva de tristura                  

estaba lleno de espanto,                 

de tormento y de quebranto,                     

de tristeza y desventura;                 

Sant Pedro todo se altera               

mostrando muy fieros modos;                   

todos sienten pena fiera,                

mas la madre lastimera                   

sobre todos.

 

Como puede verse, estos poemas presentan una característica que llega hasta las Pasiones de Bach: en primer lugar, se sigue el relato bíblico. En Bach se hace de forma literal, citando los evangelios en los recitativos. En el poema se parafrasea, al estar escrito en verso. En segundo lugar, se quiere conmover al público. Bach lo hace mediante las arias (o dúos, etc.) o corales, que se construyen a partir de pequeños poemas de tipo intimista en los que se expresa la sensación de dolor ante la escena narrada.

 

La primera pasión completa propiamente dicha es la que escribe Diego de San Pedro, de quien se ignoran muchos datos biográficos. Su vida se desarrolla en la segunda mitad del siglo XV. Es conocido por haber escrito la Cárcel de amor, una novela sentimental muy característica de la época.

 

Lo que nos interesa aquí es su Pasión trovada. En ella ya encontramos la narración completa a partir del relato bíblico, escrita en coplas. El texto tiene una estructura bien clara. En primer lugar presenta la escena, descrita con patetismo, como el siguiente ecce homo:

 

Cuando ya Pilatos vio

que bien castigado estaba

que lo vestiesen mandó

y sacasen y acordó

que viniese do le esperaba

y cuando esto el mandaba

fue de alguno requirido

que pues aquel que azotaba

su rey dellos se llamaba

fuese como rey vestido...

 

Ahorraré la prolija descripción, que se alarga varias estrofas. Después, se introduce un apartado titulado El autor y el texto, que introduce la reflexión, una meditación ante la escena vivida:

 

¡Oh  que  tan  gran  vocería

toda  aquella  gente  dio!

¡Oh  que  alegría  tenía

viendo  el  fin  de  su  porfía

cuando  la  sentencia  oyó!

Contempla,  anima  devota,

la  paciencia  del  señor

y  como  la  sangre  brota

por  aquella  carne  rota

llena  de  tanta  dolor...

 

Para despertar los sentimientos más piadosos en el lector lo sitúa ante la escena y lo hace que reflexione sobre ella: el vocerío de la gente apilada en la plaza esperando oír la sentencia que le aguarda Cristo. La alegría por la sentencia que sienten los judíos se contrapone al dolor que debe sentir Cristo en sus heridas,  con la sangre brotando de ellas. Y todo con una llamada directa a la consciencia, es decir, al alma. 

 

En este momento, la poesía devota tiene un carácter cristológico: no solo cristo es su protagonista, sino las torturas y el dolor en su Pasión. Por ello, no es de extrañar que estos poemas sobrevivan a la moda gótica y se proyecten en autores ya del pleno Renacimiento. Encontramos autores como fray Ambrosio de Montesino, Juan de Padilla, conocido como el Cartujano, o, ya más tardía, la poco conocida Pasión de  Jorge de Montemayor (1520-1561). Es curioso el caso de Montemayor: uno de los autores más característicos del Renacimiento con su novela pastoril La Diana, escribe aquí un poema devoto con todos los rasgos propios del fin de la Edad Media. Es un fenómeno similar a lo que sucede en la arquitectura y pintura coetáneas: es un arte conservador, reacio  a las novedades, algo muy característico de la Iglesia de todos los tiempos. A pesar de todo, es interesante destacar la obra que escribió a finales del siglo XVI fray Diego de Hojeda (1570-1615), el poema épico La Cristiada (pero publicada en Sevilla en 1611), en octavas reales, siguiendo el estilo de los poemas épicos de la época, entonces mucho mejor valorados que en la actualidad. 

 

 

Pero, con la aparición del arte renacentista y la introducción de los nuevos versos endecasílabos y las nuevas estrofas, se pasa del relato completo de la pasión a desarrollar ciertos motivos, pequeñas células narrativas. Son los pasos, que cobran vida autónoma. Además, aparece una nueva y clara influencia: la meditación diseñada por Ignacio de Loyola en sus Ejercicios espirituales deja una huella clara: introduce una meditación más metódica y atenta a los detalles de la escena. Quizá sea esta la causa de la fragmentación en escenas y pasos de los poemas. El ejemplo más característico es el de Cristóbal Mosquera de Figueroa (1547-1610), que dedicó algunas de sus obras a diferentes instrumentos que participaron en la Pasión: a la cruz, a la lanza y la esponja, al martillo, a la columna en la que azotaron a Cristo, etc. El poema se ha convertido en equivalente al paso escultórico, tan característico de las procesiones de estos días, a la vez que director de meditación de los ejercicios ignacianos.

 

Asombra especialmente el soneto que Mosquera dedicó a los diferentes instrumentos que intervinieron en la Pasión, en el que el autor dignifica los que la justicia utilizaba en la tortura y la Inquisición de la época, pues son los mismos que intervinieron en el martirio de los santos y la Pasión de Cristo.

 

Ásperas cruces, clavos, pasadores,

sierras, martillos, ruedas de tormentos,

tenazas: todos fuistes instrumentos

de la humana justicia ejecutores.

Y agora sois suaves defensores

de nuestra santa ley, cuyos intentos

son hacer voluntarios los violentos

trabajos endulzando los dolores.

Y la crüel tenaza que ha rompido

las carnes a los santos ya es carrera

de la misericordia y su ejercicio;

pues lo que el duro clavo tiene asido

la tenaza quitó, y es la primera

que ha hecho con Jesús piadoso oficio.

 

Si tenemos en cuenta que Mosquera, el autor, era juez en ejercicio, el soneto no solo resulta repugnante por la asociación de conceptos, sino que nos indica como la tortura estaba plenamente asumida en la sociedad de la España de los Austrias.

 

A partir del Concilio de Trento (1545- 1563), la Iglesia católica redefinió su estrategia. Junto con el principio de la Inmaculada Concepción, se potenció el valor devocional de los santos, de manera que empezaron a proliferar tanto las imágenes sobre estos motivos como los poemas, con frecuencia sonetos o canciones. Destacan los dedicados a san Francisco o a san Ignacio de Loyola, beatificado en 1609 y canonizado en 1622, y cuya compañía extendía su poder. El poma es entonces propagandístico. Se caracterizan por una repetición de motivos, escasa creatividad que se nutre de metáforas y conceptos a menudo muy disparatados, como el siguiente en el que se compara al san Ignacio con un herrero que debe torcer el hierro del alma del hombre:

 

Vulcano cojo, herrero vizcaíno,                  

si quieres ablandar un hierro helado,                   

de un pecador protervo y obstinado,                    

saca tu fragua en medio del camino.                     

 

   Los fuelles de oración sopla con tino,                 

hasta que enciendas un carbón tiznado,               

que en fuego de lujuria se ha quemado,               

y es para fragua cual carbón de pino.                    

 

   El hierro y el carbón, que es culpa y hombre,                

traerás con las tenazas de obediencia                   

a tu amorosa y encendida fragua.              

 

   Pide a Jesús el fuego de su nombre;                   

la yunque, y el martillo su conciencia,                   

y tú serás hisopo puesto en agua.              

 

El soneto, de Alonso de Ledesma (1562- 1623), nos muestra el tono de esta poesía: de escasa inspiración poética, de bajo vuelo literario, que se limita a desarrollar los recursos retóricos al uso. Al repetir siempre los mismos motivos, se produce un empobrecimiento del género, que ira muriendo progresivamente hasta que se agote su lira bien entrado el siglo XVIII. Después ya no quedarán más que ejemplos extraños, o ejercicios de escritura que tienen más relación con la Iglesia que con la poesía.

 

Siempre me ha sorprendido el bajo nivel literario de este tipo de poesía. A menudo se comenta que se debe a su repetición de motivos y la escasa capacidad de innovación. Sin embargo, no creo que sea solo esta la causa, pues tanto la pintura como la música se enfrentan al mismo problema. Y, en cambio, dieron grandes obras: El Greco o Rubens pintaron grandes lienzos; Bach, Händel, Haydn, Mozart escribieron obras maestras en el campo de la música religiosa y devota. Incluso Beethoven firmó su magistral Missa solemnis al final de su vida.

 

 A pesar de ello, esta poesía debería ser mejor considerada. Es cierto, como afirmó hace ya años uno de sus grandes especialistas, Bruce Wardropper, que no es lectura preferida de los estudiosos del Siglo de Oro. Pero se ha de destacar que en esa época fue mucho más conocida que la obra de Góngora o Quevedo, pues, aunque ahora nos parezca mentira, estos no publicaron sus poemas en vida, mientras que la poesía devota se imprimía continuamente y fue la que pudieron leer los jóvenes (pues no podía levantar pensamientos pecaminosos), y despertar en ellos el gusto por la poesía. Seguro que sin ellos, Quevedo no hubiese escrito sus magníficos poemas meditativos, o Lope las Rimas sacras.

 

Y, de cualquier modo, como manifestación artística, no creo que sean peor que muchos de los pasos que se pasean esta semana en procesión por las calles, a menudo esculturas decimonónicas de segundo orden. Quizá es que la poesía resulta menos espectacular.  

 


 

 

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