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Carmen Panadero Delgado
Viernes, 7 de abril de 2017
aplastante victoria de los reinos cristianos peninsulares

La batalla del Salado

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Cuando el sol se alzó y las tropas musulmanas se exhibieron en formación en la orilla contraria, el ejército cristiano se dispuso a atravesar el río Salado y enfrentarse al enemigo.

invasión benimerín

 

El poderoso emir de los benimerines Abũ-l-Hasan`Alí —el Albohacén de las Crónicas cristianas (r.1331-1351)— fue el último sultán de las tribus africanas que decidió intervenir en nuestra península en 1340 d.C., para entorpecer el avance de Castilla en al-Ándalus e impedir que Alfonso XI se adueñase de la costa norte del estrecho de Gibraltar.

 

Ya desde el verano de 1348 había comenzado a enviar fuerzas a la península en auxilio del rey de Granada, convencido de que Alá había depositado en sus manos una misión providencial. Ignoraba que frente a él íbase a encontrar a un monarca cristiano que sería muy digno competidor y que habíase propuesto dar notable impulso a la reconquista; se decía de Alfonso que ni un solo día podía vivir sin guerra y que, cuando no las había, se medía con las grandes alimañas de las sierras o participaba en justas y torneos, oculto tras desconocida coraza y de incógnito.

 

La batalla del SaladoLa Península Ibérica atravesaba tiempos violentos, en los que dos religiones y diferentes culturas disputábanse el territorio. Los musulmanes (entre los que el gran cuerpo de la población se constituía por hispanorromanos e hispanogodos conversos al Islam)  dominaban el solar peninsular desde hacía cinco siglos. Tras la decisiva batalla de las Navas de Tolosa en 1.212, los almohades perdieron el control sobre el sur de la Península y los reinos cristianos fueron ganando terreno poco a poco. En el siglo XIV, tan sólo el reino nazarí de Granada lograba mantenerse independiente. En aquel momento, Granada comprendía las actuales provincias de Granada, Almería y Málaga, más el istmo y peñón de Gibraltar.

 

Por otra parte, los almohades, muy debilitados, no pudieron defenderse de los benimerines, tribus bereberes que acabaron por dominarlos y asumieron el control de todo al-Magreb. Tras estos éxitos iniciales decidieron, a finales de siglo XIII, declarar la ŷihãd a los reinos cristianos ibéricos; estos viéronse obligados a hacer frente a los nuevos enemigos a partir del año 1300. La situación se recrudeció cuando, en 1339, Abũ-I-Hasan dominó con su flota las aguas del estrecho de Gibraltar, lo que permitió a los africanos desembarcar en el sur de la Península y enviar luego cuantos refuerzos necesitaran sin ninguna oposición.

 

En este mismo año estaban a punto de expirar las treguas concertadas a raíz de la pérdida de Gibraltar en 1333, lo que contribuyó a que los granadinos comenzaran a mostrarse agresivos, sobre todo, al sentirse respaldados por los benimerines. Fue entonces cuando el rey castellano, Alfonso XI, envió una misión al Papa a fin de conseguir de él ayuda pecuniaria para la guerra inminente, a la que quería dotar del carácter de cruzada.

 

La batalla del Salado

 

Ordenó el rey de castilla a su almirante Alfonso Jofre Tenorio que concentrase y guarneciese la mayor escuadra castellana que lograra reunir, aliándose también con el reino de Aragón, que se comprometió a aportar la mitad de galeras de las que integraban la flota castellana para defensa de las aguas del estrecho. La escuadra aragonesa constó de 12 naves, al mando de Gilabert de Cruilles.

 

Tras llegar Alfonso XI a Sevilla, determinó comenzar las hostilidades atacando Ronda, Antequera, Archidona y sus entornos, con las huestes reales, las mesnadas de don Juan Manuel y de don Juan Núñez de Lara, más las fuerzas del Arzobispo de Toledo y todas la Órdenes Militares. Poco después, Abũ Malik —hijo del sultán benimerín Abũ-l-Hasan—, decidió avanzar por Algeciras hasta Arcos, donde entabló dura batalla con los cristianos bajo una enorme borrasca otoñal, y los musulmanes resultaron derrotados. Dirigiéronse luego hacia Alcalá de los Gazules para rehacerse y, si podían, reconquistar la plaza; su ejército acampó junto al río Barbate, pero las huestes cristianas, que los habían ido siguiendo, atacaron el campamento benimerín un amanecer con solo 2000 caballos y 2500 peones. En la batalla allí desencadenada, murió Abũ Malik, además de entre 5000 y 10000 musulmanes.

 

Juró vengarse el sultán y, a principios de 1340, envió nuevos refuerzos a la península y armó una gran flota de 100 galeras, que atacó a las escuadras aragonesa y castellana, muriendo Gilabert de Cruilles, retirándose por ello las naves aragonesas, y siendo destruida la armada castellana y muerto el almirante Jofre Tenorio. Pero en septiembre de ese año ya se había armado una nueva escuadra castellana (compuesta por 15 galeras, 12 naves y cuatro leños), a la que volvió a unírsele la nueva armada aragonesa que el rey Pedro IV el Ceremonioso de Aragón había reunido.

 

La batalla del SaladoA mediados de septiembre, las fuerzas benimerines iniciaron la marcha hacia la ciudad cristiana de Tarifa, y la sitiaron. Ante lo desesperado de la situación, el rey castellano Alfonso XI  ordenó avanzar a su ejército para encontrarse con el musulmán, el cual había recibido también tropas de refuerzo de Yusuf I, rey nazarí de Granada. No obstante, y ante la descomunal fuerza enemiga, el castellano solicitó ayuda a su suegro, el rey Alfonso IV de Portugal. Pero, mientras aguardaba a estos refuerzos, el rey Alfonso se desesperaba, ya que, con cada jornada de retraso, las máquinas de asedio enemigas, que batían las murallas de noche y de día, progresaban más en su demolición. Los asediados, entretanto, se defendían heroicamente.

 

Pero no le compensó al rey castellano tan desesperante espera, porque los refuerzos portugueses no pasaron de mil jinetes. Según la “Crónica de Alfonso XI”, el ejército cristiano se componía de ocho mil caballos y doce mil infantes. Los defensores de Tarifa no podían ser mucho más de otro millar, dado el reducido perímetro de la plaza. Parece razonable calcular que el total de fuerzas cristianas no pasaría de 22.000 soldados. El ejército forzó la marcha,  tratando de ahorrar días por la escasez de avituallamientos que habían conseguido, hasta que, extenuado, alcanzó a finales de octubre de 1340 las orillas del río Salado _pequeño riachuelo de unos siete kilómetros de longitud cercano a Tarifa_. A la vista del enorme ejército enemigo, quedaron los castellanos impresionados y descorazonados porque, oprimiendo a la ciudad, concentrábanse nada menos que más de 60.000 hombres (otras fuentes dicen 80000), en su mayoría lanceros a pie, ballesteros y la temida caballería ligera mahometana.[1]

 

Por el contrario, la mayor potencia de los diferentes aliados cristianos radicaba, principalmente, en su caballería pesada, cubierta de defensas y herrajes.

 

Frente a frente, separados por el río Salado, los caudillos de ambos ejércitos empezaron a distribuir sus fuerzas sobre aquel tablero en que habíase convertido el alfoz de Tarifa. Benimerines y nazaríes pegaron fuego a sus máquinas de asedio antes que permitir que fueran capturadas y, tras dividir su ejército en dos campamentos (benimerines sobre un otero frente a la ciudad y granadinos sobre otro cercano a la sierra), tomaron posiciones para plantar cara a las tropas adversarias. Pero, Alfonso XI sorprendió a los sarracenos al lograr que 5.000 de sus hombres (4.000 infantes y 1.000 jinetes) rompieran inesperadamente el cerco que apretaba a la ciudad y entraran en Tarifa para auxiliar a sus extenuados moradores.

 

La batalla del Salado

 

Amanecía el 30 de octubre de 1340 cuando, tras confesar y comulgar para afrontar en las mejores condiciones aquella contienda a la que el Papa había conferido carácter de Cruzada, los cristianos hicieron formar a todas sus huestes. Las últimas disposiciones de los aliados cristianos dividían los objetivos: mientras los castellanos enfrentaríanse a los benimerines, los portugueses, con su rey Alfonso IV a la cabeza, con el refuerzo de 3000 caballeros hispanos _los vasallos del príncipe heredero don Pedro, los maestres de Alcántara y Calatrava, así como las huestes de varios concejos extremeños y castellanos_, combatirían a las tropas de Yusuf de Granada.

 

Las fuerzas de los cruzados peninsulares, por su parte, organizáronse en una formación ya clásica entre ellos:  la caballería de don Juan Manuel y de don Juan Núñez de Lara, señor de Vizcaya, además de otros nobles y los concejos andaluces constituían la vanguardia; el centro o corazón de la formación lo reservó Alfonso XI para él mismo, con sus mesnaderos, sus hijos bastardos (Trastamara) con sus vasallos, todos los prelados y numerosos concejos castellanos. Las alas integraban diferentes contingentes, según la siguiente distribución: mientras el flanco derecho era defendido por  don Alvar Pérez de Guzmán al mando de los Donceles de su casa, de jinetes de algunas Órdenes Militares y de los caballeros fronterizos, el flanco izquierdo lo formaba la caballería pesada portuguesa, con el refuerzo de aquellos concejos castellanos que no iban con el rey de Castilla y los concejos vascos, leoneses y asturianos a las órdenes de don Pero Núñez de Guzmán (padre de la amante de dicho rey, Leonor de Guzmán). En la retaguardia iba el concejo de Córdoba al mando de don Gonzalo de Aguilar, junto con algunos nobles y sus mesnadas.

 

El ejército musulmán constituyó su al-muqadãma o vanguardia con una sólida formación de infantes y arqueros, trás los cuales avanzó la caballería ligera benimerín formando al-qalb o corazón, dividido en cinco grandes grupos. La zaga fue ocupada por la infantería andalusí, mientras el flanco derecho fue asignado a la caballería nazarí, al mando de Yusuf I y el izquierdo a los voluntarios.

 

Cuando el sol se alzó y las tropas musulmanas se exhibieron en formación en la orilla contraria, el ejército cristiano se dispuso a atravesar el río Salado y enfrentarse al enemigo. 

 

La vanguardia castellana fue la primera en atacar y, para ello, lo primero era tomar un estrecho puente, defendido por dos mil quinientos caballos musulmanes, con los que se midieron y, siendo ellos solo ochocientos, los obligaron a abandonar el puente.

 

La caballería pesada cristiana se abalanzó, irreflexivamente con sus armas en ristre preparadas para devastar las líneas enemigas, contra la infantería musulmana, pero al ver que sus pendones se desviaban por la ladera del otero hacia el campamento de los benimerines, abandonó su inicial objetivo y se centró en el saqueo y captura del botín; los defensores del campamento lo abandonaron y fueron las mujeres del harem real las que lo defendieron hasta el heroismo. Pero esta distracción pudo costar cara a las fuerzas de los cruzados, porque el rey Alfonso XI quedó casi abandonado en el centro del campo y frente al grueso del ejército sarraceno, desplegado en el valle.

 

La batalla del SaladoLos arqueros benimerines envolvieron al grupo que rodeaba al rey en una nube de azagayas, de tal modo que una de las saetas llegó a clavarse en el arzón de la montura del soberano. Allí se vieron en gran peligro, pero, presto, acudieron caballeros del concejo de Mondoñedo y adelantose la retaguardia con don Gonzalo de Aguilar al mando del concejo de Córdoba, con lo que se logró restablecer la seguridad real y dominar la situación. Los benimerines, que por un momento habían creído posible la victoria, vieron al punto como todas las fuerzas cristianas, antes dispersas, confluían hacia el corazón del valle: bajaban del otero los que habían arrasado el real del sultán, descendían la ladera los que antes rompieron el cerco y entraron en Tarifa, así como los portugueses que habían atacado primero el campamento nazarí.

 

Cuando los mahometanos que combatían en el valle vieron lo que se les venía encima, desbandáronse y comenzaron la huida rumbo a Algeciras. Al mismo tiempo, en el otero de los granadinos también estos se daban a la fuga, perseguidos por los portugueses y las mesnadas de don Pero Núñez de Guzmán, quienes los siguieron a los alcances hasta el río Guadamecí.

Pese a la superioridad numérica musulmana, la batalla concluyó con una aplastante victoria de los reinos cristianos peninsulares. Muchos fueron los musulmanes muertos en aquella retirada caótica, que acabó con muchos de ellos ahogados en la playa o alanceados por la espalda. Finalmente y ante la huida masiva, castellanos y lusos destrozaron los campamentos de sus adversarios, donde se adueñaron de inmensos tesoros: enormes cantidades de oro y plata (en barras y en monedas), joyas, aljófar y piedras preciosas de las mujeres del sultán, armas labradas, paños de oro y seda y tiendas de gran precio. Asimismo, hiciéronse gran número de cautivos.

 

[1] - "Las grandes batallas de la Reconquista durante las invasiones africanas", Ambrosio Huici Miranda.- Edit. Universidad de Granada, 2000.-

"Alfonso XI", J. Sánchez-Arcilla.- Trea, Gijón, 2008.-

"Crónica de Alfonso el Onceno, de los Reyes de Castilla y León", 2ª edición conforme a un antiguo manuscrito de la Real Biblioteca del Escorial.


 

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