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Carmen Teijeiro González
Sábado, 1 de abril de 2017
daifuku mochi de té verde

El bocado que bien merece unas letras

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Hace relativamente poco tiempo, viví en Barcelona una experiencia gastronómica rotundamente inspiradora. Como amante de la comida japonesa, había probado en distintos lugares las susodichas viandas orientales.

Ello implica que una preferencia yacía establecida per se en la jerarquía que dicta mi paladar.

 

Pero, asombrada, accedí a un nivel superior de savoir faire culinario. Descubrí algo que roza la exquisitez. No la roza: alcanza a conquistarla.

 

Todos los platos previos eran extraordinariamente sabrosos, marinos, afrutados, burbujeantes, alternativos, diversos y concentrados, traviesos, calculados y golosos.

 

Un festival sobre la mesa. Pero el postre se convirtió en revelador colofón para mis sentidos alerta.

 

Se trataba de un daifuku mochi de té verde. El plato en cuestión consiste en una esfera de color blanquecino que contiene masa de arroz glutinoso y un relleno de crema de té verde. Para los que no sean asiduos o aficionados a este tipo de gastronomía, es un dulce típico en Japón.

 

Había probado varios mochis en otros lugares y, aunque muy ricos, eran diferentes: más pequeños, con un gusto más ordinario, peor presentación, etcétera.

 

Aquel día, ante mis ojos se presentó un gran daifuku mochi en el centro del plato, como si ocupase el centro mismo del universo del comensal. Llegó opíparamente presentado, con té verde espolvoreado sobre la turgente y abultada masa.

 

daifuku mochi - mango

 

Observarlo ya representaba un acto artístico en sí mismo, como contemplar una hermosa y exclusiva escultura o sumergirse en las pinceladas de un impactante cuadro. Emergía una suerte de devoción y anhelo holístico de los sentidos, que clamaban por colonizar la apetitosa textura apresada en su interior.

 

Una batalla por lo suculento digna de ser librada y el deseo de que el tiempo se detuviese frente aquella virguería elaborada por el hombre.

 

No obstante, algo sugería que aquel manjar memorable tendría que ser explorado con tiento y delicadeza. Del mismo modo en que fue concebido.

 

Me dispuse con lentitud, como quien abre un regalo largamente ansiado, a hundir la cuchara en un tímido extremo del generoso postre. Observé la textura perfectamente ligada del profundo verde semejando crema, pero en mi boca se convertía ya en mousse y todo el sabor arrasó con mis sentidos. Como no podía ser de otro modo, masticaba aquel peldaño inicial con los ojos cerrados.

 

Deseando que se eternizase la sedosidad acariciando el paladar.

 

Sentí algo muy intenso al ir desnudando aquel inolvidable daifuku mochi.

 

La conversación con mi acompañante se vio interrumpida y perdí la noción de los minutos que transcurrían. Quería memorizar aquella satisfacción gastronómica y retener un punto de relleno que se me antoja casi indescriptible. Esa combinación perfecta con la masa recubriendo un edén de color verde que estremecía a su paso entre cuchara y labios. Pues hasta en ellos se plasmó la gloria del postre. Y sucumbir a despejarlos se convirtió en una cascada de besos invisibles y sensaciones gratas en grado sumo.

 

La escalera continuaba hasta extinguirse aquella pieza de gozo, se sucedía el resignado suspiro. Pocas veces comer se pareció tanto a hacer el amor.

 

El restaurante cerraba sus puertas y tuve que regresar al mundo cotidiano, lejos de aquellos mágicos fogones.

 

Pero salí de allí pensando en la enorme diferencia entre elaborar una misma cosa con pasión y hacerlo sin ella, como algo rutinario.

 

¡Cuánta belleza destilaría cada contacto, cada experiencia, si la sapiencia y el cariño primasen sobre la rutina y el desinterés!

 

Me fui deseando entrar de nuevo, feliz por el hallazgo, agradecida y complacida, serena e inspirada. Abandoné el local feliz y cavilando, entre otras muchas e innovadoras nociones, que aquel bocado bien merecía unas letras

 

 

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