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Jorge León Gustá
Viernes, 31 de marzo de 2017
la función social de la literatura o del arte es muy escasa

Funciones de la literatura

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Noticia clasificada en: Ensayo Narrativa

Cuando un mensaje da un protagonismo elevado a la función poética, tendremos una buena obra literaria (o, al menos, si no buena, de marcado carácter literario)

Funciones de la literatura

 

 

Funciones de la literatura

 

Observemos estos dos dibujos. Tienen en común que representan a dos animales. El primero es de Albert Durero (1471-1528), el pintor alemán del Renacimiento. Se realizó en 1502, como se ve en la fecha apuntada encima de la firma. En él se muestra la superación de la pintura finimedieval de tradición flamenca, y el despunte del primer Renacimiento. En otras palabras, Durero consagra la forma que buscaba el nuevo siglo XVI para expresar las nuevas inquietudes expresivas y estéticas. 

 

El segundo dibujo, el magnífico retrato de un gorila (o un chimpancé) de mirada intensa y penetrante, casi humana, es de Jordi Sabater Pi (1922-2009), el gran etólogo que ha pasado a la fama por ser el descubridor, en los años 60, de Copito de Nieve, el gorila albino que durante muchos años fue símbolo del zoo de Barcelona. Como le gustaba señalar a Sabater Pi, el hallazgo del gorila en Guinea fue una simple anécdota en un currículum centrado en el estudio de la conducta de los primates.

 

Nos interesa este dato de Sabater Pi, porque nos pone sobre la pista de la intencionalidad de las dos obras, que es lo que aquí me interesa. Los dos dibujos muestran aparentemente un mismo objetivo: retratar un animal de la forma más fidedigna posible, cosa que consiguen con rotundidad. En poco más coinciden ambas obras, aparte del uso de la acuarela, en menor medida en el caso del primate. La distancia cronológica también resulta muy importante, pues condiciona el estilo, vinculado al momento histórico en el que fueron creados. En el caso de la liebre, destaca el esfuerzo de Durero por captar a su modelo tanto en su realidad como en su naturalidad. Es decir, sumergido en la eclosión del Renacimiento, el pintor quiere alcanzar el ideal aristotélico que condiciona este período: captar la naturaleza y expresarla de forma realista (o al revés: captar la realidad y expresarla de forma natural), superando el estilo gótico, demasiado forzado, artificioso y alejado de la naturaleza, como se ve en el escaso dominio de las proporciones de las figuras. Se ha dicho que esta liebre es un estudio previo para un cuadro posterior, lo que desmentiría tanto la firma como la datación de la obra, extraños en los bocetos o estudios previos preparatorios para una obra mayor.

 

Por otro lado, ¿por qué una liebre no puede ser objetivo estético? También lo ha sido un simple matorral.

 

Funciones de la literatura

 

Lo que Durero parece buscar es un desafío técnico: saber captar y expresar, es decir, dominar la técnica de la representación al natural, objetivo esencial que logrará el Renacimiento con obras como el David de Miguel Ángel, por ejemplo. Naturalismo y detallismo van de la mano en el artista.

 

La misma alianza entre observación de la realidad y naturalismo parece producirse en el dibujo de Sabater Pi, en este y en otras obras suyas, celosamente guardadas en la Colección Sabater Pi de la Universidad de Barcelona.

 

  Lo que diferencia a ambas obras es su finalidad. En el caso de Durero es exclusivamente artística, mientras que en el de los gorilas su intención es claramente científica, etológica. El retrato de la liebre se agota en sí mismo; o sea, existe en sí misma: su retrato no nos interesa para conocer las cualidades del animal. En cambio, los dibujos de Sabater Pi, tomados también como estudios al natural y que participan de algunos elementos técnicos con el cuadro de Durero, buscan plasmar  los rasgos físicos (y aún de carácter) de los animales para conocerlos mejor. Herederos de una tradición científica anterior a la fotografía (o a su pleno desarrollo, que facilite la captación rápida de instantáneas), los dibujos de Sabater no concluyen en sí mismos, sino que su objetivo último es un mejor conocimiento de los primates.  Dicho de otro modo, las dos obras presentan diferentes funciones. La liebre de Durero posee una función estética de forma predominante, mientras que los dibujos de los primates tienen una función práctica evidente. Por tanto, podemos ver que la función estética se sitúa en el lado opuesto de la función práctica y no son incompatibles. Así, cualquier obra, ya sea de arte o del ingenio, estará siempre basculando entre una u otra. Pongamos, por ejemplo, un reloj. Siempre tiene una función práctica muy acusada, la de situarnos en el tiempo; pero, en algunos casos, puede darle un mayor protagonismo a la función estética, como en el caso del famoso reloj astronómico de Praga.

 

Lo mismo sucede en literatura, en la que la función poética (aquella que se centra en el propio mensaje, equivalente a la estética) y la referencial (aquella que se centra en la realidad referida) son también contrarias. Cuando un mensaje da un protagonismo elevado a la función poética, tendremos una buena obra literaria (o, al menos, si no buena, de marcado carácter literario). Por otro lado, si la obra tiene una marcada función referencial, es decir, se centra en aquello de lo que habla, tiene un carácter mucho más práctico. La obra literaria posee una función poética más acentuada, mientras que la no literaria explota su función referencial, al tener un objetivo práctico y extraliterario: un ensayo, una conferencia, un anuncio.

 

Si los textos, sean del tipo que sean, pueden usar los mismos temas y las mismas técnicas (como veíamos en los cuadros, apuntes al natural de animales), resulta muy importante saber, no ya qué es literatura y qué no (objetivo casi imposible de alcanzar), sino al menos qué diferencias podemos encontrar entre una obra literaria y otra que no lo es.

 

Lope de VegaEn buena parte de las obras literarias encontramos que el peso de la función literaria y o de la referencial varía sustancialmente. Pondré un claro ejemplo: dos sonetos de Lope de Vega, ambos de un mismo libro, las Rimas sacras. Fue publicado en 1614, y recoge poemas escritos bajo una terrible crisis espiritual o, dicho en términos modernos, bajo una fuerte depresión, producida por la muerte, en pocos años, de su  hijo Carlos Félix en 1612 y de su mujer, Juana de Guardo, al año siguiente. Como resultado de este estado de ánimo, se ordenó sacerdote y, después, publicó el libro de obras religiosas, entre ellos 100 sonetos. De estos, los primeros 48 son la expresión de este estado depresivo, de desesperación y meditación sobre la muerte. Aflora en ellos una intensa crisis existencial, una personalidad atormentada, la reflexión sobre el paso del tiempo y sobre la muerte que emociona a cualquier lector con un mínimo de sensibilidad, sin necesidad de compartir ningún sentimiento religioso.

 

El soneto III expresa la meditación del hombre que busca en su interior y reflexiona. Su alcance es universal: puede entenderse como resultado de unos ejercicios espirituales al uso, bajo la batuta de los ejercicios de san Ignacio, o bien como simple resultado de la introspección reflexiva. En la actualidad, el yoga y otras prácticas meditativas parecen caminar en este sentido. Lo copio:

 

Entro en mí mismo para verme, y dentro

hallo, ¡ay de mí!, con la razón postrada,

una loca república alterada,

tanto que apenas los umbrales entro.

 

Al apetito sensitivo encuentro,

de quien la voluntad mal respetada

se queja al cielo, y de su fuerza armada

conduce el alma al verdadero centro.

 

La virtud, como el arte, hallarse suele

cerca de lo difícil, y así pienso

que el cuerpo en el castigo se desvele.

 

Muera el ardor del apetito intenso,

porque la voluntad al centro vuele,

capaz potencia de su bien inmenso.

 

En otros sonetos los elementos de la religión están mucho más presentes, pero siguen teniendo un alcance muy humano. Baste recordar los poemas XIV-XVIII, XXI-XXIII y un larguísimo etcétera, en los que Dios (y su encarnación más patética: Cristo crucificado) se presentan como la salvación/superación de la depresión o bien de la desorientación existencial. Particularmente, reservo un lugar muy destacado al soneto dedicado A una calavera de mujer. Podemos hablar de poesía en estado puro, porque la función poética preside los poemas: estos poemas no solo están cargados de la emotividad y la expresión del sentimiento humano, sino que su objetivo es expresar un estado de ánimo, unas reflexiones, y no convertir al lector a los principios de la religión, como si fuesen una sesión de catequesis en verso. 

 

Sin embargo, a la que llegamos al soneto 49, todo cambia, y lo que tenía de expresión íntima desaparece por completo. Copio simplemente el soneto 68, dedicado a María Magdalena, la mujer que en el relato bíblico cambió la prostitución por el amor a Cristo:

 

Buscaba Magdalena pecadora             

un hombre y Dios, halló sus pies, y en ellos                     

perdón, que más la fe que los cabellos                 

ata sus pies, sus ojos enamora.                  

 

   De su muerte a su vida se mejora,                     

efecto en Cristo de sus ojos bellos,            

sigue su luz, y al occidente de ellos            

canta en los cielos, y en peñascos llora.                

 

   Si amabas, dijo Cristo, soy tan blando                

que con amor, a quien amó, conquisto,                

si amabas, Magdalena, vive amando.                    

 

   Discreta amante, que el peligro visto                 

súbitamente traslado llorando                   

los amores del mundo a los de Cristo.                              

 

El soneto carece de autenticidad: es mera propaganda devota, un tópico de la predicación, para que la mujer abandone su actitud mundana y lujuriosa y reorganice su vida dentro de los principios de la ética propuesta por la religión católica. Su objetivo no es estético, sino práctico: tiene una función religiosa evidente, pero no poética. Busca conmover, es cierto, especialmente con las referencias positivas a Cristo del segundo cuarteto (que reelaboran la tópica devota al uso) pero parece evidente que tiene la misma función que un sermón: convencer a la lectora para que siga ciertos principios éticos, no conmover en sus propios límites.

 

Como puede verse, un mismo autor en un mismo libro, concentra la dualidad basculante que comento. La oscilación entre las dos funciones (poética, referencial), determina la intencionalidad de la obra. Esta intencionalidad, relacionada con su recepción, es decir, el objetivo con el que se ha escrito, condiciona que tenga un auténtico carácter literario o no.

 

San Juan de la CruzDe este modo, tanto la literatura como el arte se convierten pronto en un juego de funciones (dejando de lado la calidad artística), entre la función práctica (o referencial, en términos lingüísticos) y la función estética (o poética): el poema es un objeto en sí mismo o un medio para alcanzar unos objetivos extraliterarios. Esta misma dualidad también puede encontrarse de forma muy clara en la obra de Juan de la Cruz (1542-1591). Su análisis va a permitirnos ver, además, la manera en la que la obra literaria se dirige al lector.

 

La producción poética de san Juan es escasísima, y su fama le ha llegado por apenas tres poemas: Noche oscura, Cántico espiritual y Llama de amor viva.  Por otro lado, escribió extensos tratados en prosa destinados a ciertas carmelitas descalzas para que comprendiesen adecuadamente los significados que escondían sus poemas. El Cántico espiritual se escribe a partir del Cantar de los cantares bíblico: tras un primer encuentro furtivo, la Esposa busca al Esposo para celebrar su unión. Tras su boda, se produce la unión definitiva de los amantes.

 

El poema es un dialogo entre los esposos. Se abre con el dolor de la amada al despertar y notar la ausencia del amado. La estrofa es del todo admirable:

 

¿Adónde te escondiste,

Amado, y me dejaste con gemido?

Como el ciervo huiste,

habiéndome herido;

salí tras ti, clamando, y eras ido.     

 

Esta primera estrofa nos introduce en el clima del poema. Nos sugiere la escena, el despertar en soledad de la joven enamorada. “Me dejaste con gemido” sugiere el estado anímico de la mujer y su tristeza. Mejor todavía es la comparación con el ciervo y su huida. La imagen sugiere por un lado el carácter furtivo y silencioso de su desaparición, pero también la flexibilidad del cuerpo del amado, deseado con toda la pasión erótica por ella (pues se siente herida por él). La angustia por su soledad, por haber perdido al amado, ya expresado en el gemido del segundo verso, culmina en el final de la estrofa: “salí tras ti, clamando...”

 

Como sabemos, estos poemas no expresan una pasión erótica, sino mística. Aunque no necesitan ninguna aclaración, el poeta manifiesta claramente la intención práctica con la que han sido escritos estos versos: explicar los efectos de la unión del alma con Dios.

 

Quizá las monjas no entendían en su verdadero sentido los pasajes del poema, por lo que Juan de la Cruz escribió la Declaración sobre este poema, el extenso tratado que aclara su verdadero sentido. Copio el comentario a la primera estrofa:

 

“En esta primera canción, el alma enamorada del Verbo Hijo de Dios, su Esposo, deseando unirse con él por clara y esencial visión, propone sus ansias de amor, querellándose a él de la ausencia, mayormente que, estando ella herida de su amor, por el cual ha salido de todas las cosas y de sí misma, todavía haya de padecer la ausencia de su Amado, no desatándola ya de la carne mortal para poderle gozar en gloria de eternidad...”

 

Tenemos aquí un caso parecido a los dibujos al natural de la libre y el primate, aunque, además de tratarse de un mismo tema, encontramos un mismo autor. Pero las diferencias entre uno y otro son muy grandes. El primero se escribe en verso, el otro en prosa.  El poema se escribe en primera persona; la explicación, en tercera. El poema utiliza un lenguaje metafórico, mientras que el segundo no: es un texto explicativo que quiere deshacer la ambigüedad de la lectura, aclarar su sentido último. La objetividad de la prosa se opone a la subjetividad del poema. Por último, y es aquí donde radica uno de los elementos esenciales del lenguaje poético, la Declaración en prosa se ha escrito pensando en un receptor plural, las monjas carmelitas descalzas. Por el contrario, el poema se dirige al lector individual, el singular e íntimo. A este lector no se le desarrollan ideas o argumentos, sino que se le comunican las sensaciones nacidas de la vivencia de las experiencias. Quizá sea esta la diferencia. El texto literario va dirigido a un lector único y, sobre todo, atrapado en la intimidad de la lectura. Por eso, su mensaje concluye en la lectura misma, porque no cabe en el mundo real, solo en el mundo literario, la experiencia estética. El texto expositivo, como el dibujo de Sabater Pi, está concebido con una finalidad práctica. Se dirige a un lector plural a quien no se le expresa una vivencia, sino  que se le comunican unas ideas que podrá poner en práctica (o no) en su vida, en su mundo real extraliterario. Dado el carácter práctico de la Declaración, tras la lectura, las monjas descalzas deberán realizar lo que el texto les propone: meditación, ayuno, no sabemos si mortificación...

 

Creo que esta es la  razón por la que la función social de la literatura o del arte (que hace unos años estuvo tan valorada) es, en realidad, muy escasa: su receptor no es colectivo, sino individual. De ahí que su impacto social sea mínimo. Puede cambiar consciencias individuales, pero no ideas colectivas. Eso queda para otro tipo de textos, mucho más prácticos. 

 

(foto de portada "Copito de Nieve" )


 

 

 

 

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2 Comentarios
Fecha: Miércoles, 5 de abril de 2017 a las 08:50
Jorge León Gustá
Como comento en el artículo, depende del mayor o menor peso dela función práctica o de la poética. Probablemente, la literatura de tipo social tenga una función práctica más desarrollada. Sin embargo, tú misma reconoces, que su opbjetivo es la educación del alma, que es algo individual, nunca colectivos.
Fecha: Martes, 4 de abril de 2017 a las 09:41
Gloria
Interesante análisis, pero ... ¿No crees que la gran literatura va dirigida a un lector múltiple y a la véz único? De ahí su ambigüedad y alcance universal.

Yo sí creo que la poesía pura tiene una clara función social, aunque quizás no a la manera de Sartre, o de los años 60, sino a la de la educación del alma.

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