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Alonso Pinto Molina
Lunes, 27 de marzo de 2017
el verdadero honor moderno es que te quiten una calle

Calle y anticalle de Pemán

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Noticia clasificada en: Ensayo Narrativa Opinión Poesía Política

Hubo un tiempo en que suponía todo un honor para una persona el que le pusieran su nombre a una calle. Pongamos por caso que se trataba del nombre de un escritor vivo.

Calle y anticalle de Pemán

 

Ahí teníamos al alcalde de turno, con una sonrisa ensayada mil veces a solas ante el espejo, descorriendo ante el público informal y el público protocolario una cortinilla pequeña hasta lo inverosímil; detrás de ella, la placa de piedra o mármol con la que se bautizaba la calle. ¿Podía estar el propio escritor presente y recibir un apretón de manos por parte del alcalde? Podía, vaya que si podía; tánto, que se trataba de la inauguración de calle perfecta; el alcalde podía extender su repertorio de sonrisas, agitando la mano del escritor como si no hubiera un mañana mientras su cara recibía los sopapos de luz de los flashes.

 

   No es nada fácil tener una calle con tu nombre. Yo no la tengo. Tú, lector, es muy posible que tampoco la tengas, y no será por falta de sudor y esfuerzo. Por mi parte, no voy a mentir: vería con buenos ojos que una calle llevara mi nombre, aunque se tratara de una calle sin salida y llena de casas abandonadas que han servido de hogar a varias generaciones de palomas, con sus huecos de ventana abiertas como ojos sin párpados, y sus puertas condenadas o cerradas a cal y canto. Pero la calle con mi nombre no sería en sí un honor tan grande como el hecho de que, pasado el tiempo, me la quitaran.

 

La verdadera desgracia moderna es que te quiten una casa, y el verdadero honor moderno es que te quiten una calle. Produce exactamente el mismo efecto que se conseguía antes de manera inversa. Sigamos con el caso del escritor.

 

El prestigio de cualquier escritor subía a grado de "clásico" cuando su nombre era también el nombre de una calle; sus admiradores reforzaban su admiración por él, y los que ignoraban su existencia o la de sus libros comenzaban a considerar la posibilidad de leerlo. Porque claro, era un escritor con calle. Ahora, algunos de esos escritores cuya popularidad había sufrido un considerable descenso, han recibido una ayuda por parte de una izquierda política más preocupada por los símbolos, nombres y tecnicismos, que por la realidad de las mejoras personales. Con su desconocimiento asombroso de la psicología popular, carentes incluso de nociones generales de gramática parda, han contribuido, muy a su pesar, al redescubrimiento de algunos escritores. Sería digno de aplauso si se tratara de una campaña de marketing deliberada, pero sucede que los politicastros se proponían todo lo contrario. ¿Cómo hacer que un escritor vuelva a estar en auge, exactamente igual que cuando se le reconoció con una calle? Quitándosela. Bien, muy bien pensado.

 

Calle y anticalle de Pemán

 

   Así ha sucedido con José María Pemán. Con toda seguridad las editoriales se frotan las manos ante la posibilidad de reeditar algunas de sus obras, conscientes del efecto contrario que conlleva todo intento de censura y marginación. Los conspiranoicos pueden incluso sacar algunas teorías, y encontrar oscuras relaciones entre esos políticos y las casas editoriales. La teoría podrá ser absurda, pero no debe olvidarse que surge de negar un absurdo aún mayor, que consiste en que los políticos vuelvan a repetir el mismo error que se viene cometiendo en su profesión desde tiempos inmemoriales. Es un axioma bien conocido que prohibiendo algo a un niño despertamos su curiosidad casi de manera proporcional al grado imperativo de la prohibición; y nosotros, que por suerte conservamos la curiosidad tozuda de un niño, sentimos curiosidad por ese personaje que va a contracorriente, porque no le ponen sino que le quitan una calle después de muerto. Sin duda, el excomulgado por lo civil debe tener algo interesante. Debo reconocer que quizá nunca hubiera leído a Pemán si los iluminados no hubieran considerado oportuno eliminar su nombre de las calles. Aunque sea por un error de cálculo, debo reconocerles mi gratitud. He conocido una de las prosas españolas más equilibradas y armoniosas, técnicamente perfecta, con un dominio de los tiempos que cuesta encontrar en otros autores. Pemán sabía cuándo contener su prosa, cuándo soltar sus riendas, cuándo frenar en seco con un punto, cuándo hacer la gracia, en qué medida ser intelectual y en qué medida ser llano. Sus ensayos, menos conocidos, son una muestra de ese dominio, de esa alternancia perfecta entre contención y exhuberancia por cuyo desequilibrio muchos escritores se pierden. En sus ensayos encontramos también la inteligencia penetrante, la agudeza, y un andaluz humor fino, sutil y estilizado. Pero mientras esperamos a que sus ensayos se hagan más populares (quizás haga falta borrar su nombre de todas las calles de España, o prohibir nombrarlo en público) ahí tenemos sus artículos, donde tenemos en forma concentrada todas las virtudes de su prosa y de su pensamiento.

 

   Para Francisco Umbral, Pemán es «el mejor articulista de la historia del Periodismo español por encima de Larra y Cavia». En el libro Signo y viento de la hora están recogidos algunos de sus mejores artículos, aunque cuesta encontrar, fuera de esta y otras antologías, artículos que desmerezcan a su autor. Sí es cierto que hay algunos de especial belleza y que prácticamente pueden considerarse como modelos a seguir para cualquier articulista o escritor en general, como son Nieve en Cadiz, El catalán: un vaso de agua clara, Llegar ayer, La criada que nos vio nacer, o el propio Signo y viento de la hora. Alternando el pensamiento profundo y el superficial, la gracia y la seriedad, la ironía y la sinceridad a bocajarro, logró crear una obra articulística perfecta en su género. En ese formato en que es tan difícil alcanzar la maestría, donde los escritores más capaces se pierden, José María Pemán destacó con un dominio y soltura insólitos. Cuando leemos sus artículos tenemos la sensación, no por cierto común, de que el autor va empujando y dirigiendo su prosa, y que nunca es él quien se deja arrastrar por ella yendo a remolque de la improvisación. La literatura puede darnos esas sorpresas que no encontramos, por ejemplo, en el arte arquitectónico. Nadie dirá que una maqueta a escala reducida de una catedral es más perfecta y digna de admiración que la propia catedral; pero en literatura un artículo de cuatro páginas puede superar en grandeza a una obra de cuatro mil páginas.

 

   Hasta aquí hemos hablado algo de su escritura, que fue lo que motivó una calle con su nombre. Pero que le quiten una calle (ya es difícil que te la quiten, ni que fuera un llavero) no tiene nada que ver con su escritura ni, como veremos, las acusaciones contra su conducta pueden ser tomadas aun tan siquiera como hipérboles. Misógino, asesino, fascista, son algunos de los piropos que se han lanzado contra él, poniendo en práctica la paremia «calumnia que algo queda», que viene a decir que mientras más basura e inmundicia se tire sobre alguien, más posibilidades hay de que algo se le quede pegado. Estas personas no sólo no han leído una línea del autor, sino que tampoco se han tomado la molestia de repasar a fondo su vida. La acusación de «misógino» forma parte de un truco barato que se ha puesto de moda últimamente, y que consiste en juzgar a los personajes del pasado no según el estándar ético-jurídico de su tiempo, sino tomando como referencia el tiempo en que se juzga. Lo dijo Hilaire Belloc ya hace tiempo: «No es buen historiador quien no sabe juzgar desde el pasado». José María Pemán no era misógino por el simple motivo de que para su tiempo, el único en que vivió, no lo era. No era más misógino que cualquiera de los autores de izquierdas de su época que siguen conservando calles con su nombre, y a los cuales sí se les hace justicia contextualizando su pensamiento sobre la mujer. Por lo tanto, se trata de una acusación selectiva y capciosa, como lo demuestra el hecho de que los mismos acusadores guardan silencio ante otros escritores y políticos de izquierdas y suelen taparse los oídos y silbar cuando se les habla de la vida privada de Marx y su relación con su mujer e hijas. La acusación de «asesino» no hace falta rebatirla en su sentido literal, porque es obviamente falsa, y en su sentido figurado basta con recordar que Pemán fue una voz disidente dentro del franquismo por su oposición al rencor, la violencia y la inquina contra los vencidos, abogando por la reconciliación de los españoles. Con la ayuda de Pemán pudo Rafael Alberti volver a España. Porque no hay que olvidar que ni siquiera para los intelectuales exiliados Pemán era el monstruo sanguinario que hoy se empeñan en pintarnos; Rafael Alberti y José María Pemán, ambos gaditanos pero en las antípodas ideológicamente, mantuvieron siempre una mutua admiración que se conservó más alla de la Guerra Civil e incluso después de la dictadura. Pero algunos son más papistas que el Papa, y donde Alberti perdonó (o más bien entendió que no había nada que perdonar), los hay que profesan una ideología política parecida a la de Alberti y deciden guardar rencor. En esto debemos reconocer que la derecha en España ha sido más respetuosa con los escritores de ideología opuesta. Nadie ha pedido que se retire la calle con el nombre del propio Alberti por apoyar a Stalin, un dictador que dejó unos tres millones de víctimas a sus espaldas.

 

Calle y anticalle de Pemán

 

   Está también, cómo no, la acusación de «fascista», esa palabra comodín que siempre conviene tener a mano como último recurso. Con esa confusión antihistórica de elementos dispares y asociaciones simplistas, mezclando en un hatillo conceptos diferentes, hoy se puede llamar fascista a cualquiera y salir impune, sobre todo cuando el acusado está muerto. La desestimación de la Audiencia ante la denuncia de los hijos de Pemán por estas acusaciones se explica al considerar que la persona afectada y aludida no se encuentra viva. A pesar de ello los politicastros, que toman por lerdos a sus seguidores y votantes, querrán hacerles creer que la desestimación lleva implícita la verdad de sus palabras. Saben que sus seguidores no van a leer a Pemán para juzgar ellos mismos lo que hay de verdad en las acusaciones, como saben que no se molestarán en entender el auto de la Audiencia; toman por tan estúpidos a sus votantes, que confían en que éstos pensarán que simpatizar con algunas ideas concretas del fascismo italiano en los años 30 y principios del 40, cuando era apenas una política de reciente aplicación, es igual a simpatizar hoy en día con el fascismo, cuando se tiene una visión panorámica de sus consecuencias y su praxis. En aquellos años Mussolini tenía gran parte de la opinión pública internacional a su favor, incluso en los países democráticos, gracias a su personalidad carismática y al control de la prensa, que ocultaba al mundo sus crímenes. La simpatía que entonces mostraban por él personalidades como Churchill, Roosevelt, el Papa Pío XI, o Ghandi, da una idea de lo políticamente correcto que resultaba su figura e ideología antes de la II Guerra Mundial. Así, resulta ventajista acusar a Pemán de pensar como muchos intelectuales y políticos de su tiempo, que no conocían lo que nosotros conocemos hoy del fascismo. Pero lo sorprendente es que quienes lanzan la acusación son partidos vinculados hoy en día al Partido Comunista, que al parecer nunca rompió un plato. Acusan a una persona por no saber ver las muertes que en el futuro causaría el fascismo, o las que se ocultaban a la propia opinión pública en su tiempo, pero ellos mismo siguen vinculados al Partido Comunista con conocimiento de causa de sus crímenes en masa. Sería perdonable, como lo es en el caso de Pemán, si fueran comunistas en aquellos años 30 y 40, ignorantes de los sucesos pormenorizados de su propio tiempo y del futuro. Pemán dejó de simpatizar con cualquier idea relacionada con el fascismo en cuanto el fascismo fue lo que hoy entendemos por él, con sus crímenes detallados, como tantos otros (no los suficientes, por lo visto) dejaron de ser comunistas por las mismas razones. Sin embargo, para los simpatizantes de estos partidos de izquierdas sólo una asociación permanece en sus mentes: misógino, asesino, fascista, juicio ganado. Asociación para lerdos, pero asociación eficaz. Calumnia que algo queda. 

 

   El gran poeta Pablo Neruda sigue con sus calles a pesar de insinuar una violación en su libro de memorias Confieso que he vivido. Y aquí no se trata, como en el caso de Pemán, de afirmaciones sobre la mujer que responden al pensamiento estándar de una época, y que se pueden encontrar en cualquier otro hombre de su tiempo; en ninguna época de la historia la violación de una mujer ha sido algo disculpable en una sociedad civilizada. En este caso se trata de algo inmoral con independencia del marco histórico, de la época, del contexto. Y sin embargo, Neruda tiene sus calles. Porque Neruda fue un poeta de izquierdas, revolucionario, que apoyó al comunismo, cantó a Stalin, y se posicionó contra el franquismo. Se arrepintió de apoyar a Stalin, y por lo visto su arrepentimiento sí es aceptado. Así que la prioridad moral para la izquierda es retirar las calles y bustos de Pemán por franquista, antes que retirar el nombre y la figura de Neruda por violador. Parece que mientras se estuviera del lado de los republicanos durante la Guerra Civil, todo vale. «¿Contar sucintamente la violación a una mujer? No seamos tan escrupulosos. Era otra época» parece decir la izquierda.

 

Pemán con el general Varela tras la ocupación de Almorox. Octubre de 1936. Fuente: ABC.es

 

   De todas maneras, las calles se están quedando pequeñas. Ahora lo verdaderamente honorífico es que le pongan tu nombre a un planeta o una estrella. Lo que ocurre es que por medio de estos juicios retroactivos, todas las estrellas serán fugaces, y los planetas cambiarán de nombre a cada vuelta. Porque una sociedad que cambia continuamente de principios no puede tener héroes permanentes, más cuando en esos nuevos principios no entra el principio de juzgar a las personas en su contexto temporal. Dentro de tres siglos se cambiará el nombre de una estrella porque el personaje al que alude tenía la costumbre de sentarse en sillas de madera, algo inconcebible en el ecologismo del siglo XXIV; cuando ser omnívoro sea tan incorrecto como hoy ser canibal, se prohibirá leer a Cervantes y se le quitará el nombre de su estrella porque tanto él como sus personajes comían carne. Las calles y estrellas con nombres de mujeres del siglo XXI serán eliminadas, porque su feminismo, comparado con el tiempo en el que se juzgará, será poco menos que misoginia. Quien crea que esto es una exageración, tiene una pequeña muestra en la petición de Gherush92, organización asesora de la ONU, quien pide eliminar La Divina Comedia de las escuelas por ser una obra racista y antisemita. Porque es muy complicado enseñarle a los alumnos a apreciar una de las mejores obras de la literatura universal a la vez que se le enseña a distinguir su marco histórico y a diferenciar los juicios éticos entre su época y la presente. Para profesores perezosos, no cabe duda que la propuesta es interesante; se ahorran dos trabajos, y el profesor de literatura y el de ética tienen más tiempo para pensar en lo dura que es su vida. Pero lo que tendría que pensar el profesor de literatura es qué clase va a dar cuando se eliminen por razones análogas las lecturas de Shakespeare o de Quevedo.

 

   En España no nos conformamos con tener una derecha política inútil, que es apenas un muñeco olvidado en el baúl de Europa, usado de vez en cuando por el ventrílocuo BCE para sus monólogos; tenemos también una izquierda de alma sarnosa y espítitu carroñero, que se dedica a meter toda la cara en las vísceras palpitantes de los muertos y a reírse despúes entre espumarajos de sangre, como hienas epilépticas. Pero de vez en cuando comete un error positivo. Pemán estaba algo olvidado: demasiado monárquico para los franquistas y suficientemente monárquico para los republicanos; demasiado franquista para los demócratas; demasiado demócrata para los fascistas; demasiado simpático y abierto con Cataluña para los carpetovetónicos y centralistas. Demasiado desde cada lado contradictorio, lo que quiere decir demasiado poco radical. Pero ahora Pemán tiene una anticalle, y eso no puede decirlo cualquiera. Ahora lo han convertido en un clásico. Voy a comprarme un libro suyo antes de que los tolerantes lo prohíban.

 


 

 

 

 

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