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Juan José Fermín Pérez
Sábado, 25 de marzo de 2017
Publicidad en el siglo XIX

Hablemos de eso

Guardar en Mis Noticias.

Estamos en la época victoriana, y España –la España del siglo XIX, que tiene más iglesias que bares, aunque hoy sea difícil de creer– no se libra del puritanismo. El sexo es algo sucio, despreciable, un penoso deber que los matrimonios, y sólo ellos, deben cumplir obedeciendo el “creced y multiplicaos” recogido en el Génesis. Sin embargo, la publicidad nos cuenta algo distinto.

Analicemos este anuncio, publicado en La Correspondencia de España, de 4 de Octubre de 1887:

 

[Img #8416]

 

Bueno, un anuncio sobre la “debilidad genital” no resulta llamativo en nuestros días. Tampoco lo era en la época de los corsés, cuando las señoras debían taparse todo el cuerpo, salvo la cara y las manos, incluso si se iban a la playa. Los lápices sin punta han sido un problema desde que se inventó la palabra sexo. Lo que nos hace levantar una ceja es la letra pequeña. Nos advierten del peligro de los “abusos de Venus” y el de los “placeres solitarios”. Esas dos pistas nos revelan cómo se contemplaba el sexo en el siglo XIX, mucho mejor que cualquier parrafada que yo pudiera escribir. En ese tiempo, el placer no sólo es un pecado capital. También es un peligro para la salud. Para demostrarlo, la revista médica Minerva, de 1807, publicaba este artículo:

 

[Img #8418]

 

 

Por si el encabezado no dejara las cosas claras, en el cuerpo de ese artículo  leemos sobre los peligros del “abominable vicio de la masturbación” y, en el caso concreto de las mujeres que la practican, se advierte que “…caen en vapores espantosos, afecciones histéricas y un desorden general de todo el sistema nervioso […] otras son atormentadas de furores uterinos, que robándole a veces la inestimable joya del pudor y la razón, las pone al nivel de los brutos más lascivos”.

 

[Img #8423]

 La caricatura, 15 de Enero de 1903 

 

La literatura médica advierte de manera generalizada sobre los peligros asociados al placer sexual. Por ejemplo, en la revista Décadas médico quirúrgicas, de 1821, se cita la masturbación y “los excesos de los placeres venéreos” como una de las causas de la parálisis. En  Repertorio médico extranjero, de 1832, se dice que la masturbación y el coito causan cáncer de matriz e incluso la muerte. Para demostrarlo, se cita un caso  que reproducimos íntegro por su valor ¿arqueológico?, donde se demuestra que darle al botoncito te puede secar los sesos:

 

[Img #8419]

 

 

Es irónico que, en el siglo XIX, se considere beneficioso el consumo de tabaco y alcohol, mientras que la masturbación sea tachada de “vicio contra natura” y “un estigma de degeneración”, la practiquen hombres o mujeres (lo asegura la Revista de ciencias médicas de Barcelona, de 1899) y se recomiende a las madres establecer una “vigilancia a todas horas” para sorprender a sus hijas “en el preciso momento de darse placer“ (Revista balear de ciencias médicas, 1899).

 

Sin embargo, a pesar de los riesgos mortales del placer –se juegue en solitario o en modo cooperativo–, en los periódicos no faltan anuncios que prometan cura para los abusadores de sí mismos. Eso nos indica que la gente, dijeran lo que dijeran su médico y su confesor, le daba al cuerpo alegría Macarena como si no hubiera mañana.

 

[Img #8424]

 la vida galante, 6 de Noviembre de 1898 

 

Podemos mirar por encima del hombro a nuestros tatarabuelos, y reírnos de su boba moralidad. O podemos hacer un ejercicio de empatía. Si echamos una cana al aire en el siglo XIX, una época en la que aún no se ha inventado el preservativo, nos arriesgamos a contraer una enfermedad de transmisión sexual, como:

 

  • La sífilis. Al principio, se abre una úlcera en el lugar de contagio, que suele desaparecer a las tres semanas. Casi medio año después, surgen unas ronchas llamadas clavos sifilíticos, acompañadas de fiebre y otros problemas. En los peores casos, la bacteria responsable de la enfermedad ataca un órgano o el sistema nervioso, provocando daños irreversibles.
  • La gonorrea. Afecta principalmente a las mucosas genitales. Causa pus, inflamación y dolor. En el peor escenario, provoca esterilidad y hasta la muerte.
  • El herpes. Causa ampollas y picazón en los genitales, el recto o la boca. Aunque los síntomas desaparezcan, el virus que los provoca permanece para siempre en el organismo. La enfermedad puede pasar al feto, en el caso de las mujeres embarazadas.

 

Con esos monstruos rondando por ahí, que eran peligrosos e incurables, se comprende un poquito mejor la moral victoriana, ¿verdad? El médico Ramón Castejón Bolea en Enfermedades venéreas en la España del  último tercio del siglo XIX, achacaba la sífilis a un “abuso del coito”, y la describía como una “afección vergonzosa por su origen, puerca por su forma”. En otras palabras, si no queréis pillar enfermedades, llegad vírgenes al matrimonio, no aleteéis fuera del nido, y tirad fuegos artificiales sólo de vez en cuando.

 

Pero los anuncios, insisto en eso, nos cuentan la realidad oculta tras la fachada. En todos los periódicos podemos encontrar anuncios como los siguientes:

 

[Img #8428]

 Diario de Córdoba, 9 de Septiembre de 1880 

 

[Img #8429]

 La Unión, 2 de Enero de 1885 

 

[Img #8426]

 El País, 18 de Diciembre de 1905 

 

Sí, señor. Las “enfermedades secretas” tienen más cancha que un tertuliano de derechas en 13TV, aunque se supone que los matrimonios son fieles y acuden a la iglesia todos los domingos. Para quienes estén libres de virus o bacterias, pero anden cortos de energía, los periódicos también ofrecen solución:

 

[Img #8425]

 El Imparcial, 30 de Diciembre de 1905 

 

Como hemos comprobado en capítulos anteriores, la botica del siglo XIX es como el césped de un parque público: uno no sabe muy bien cuándo va a pisar donde no debe y se va a pringar hasta el tobillo. En el mejor de los casos, estos remedios pueden incluir principios activos que mitiguen los síntomas de la enfermedad, pero no faltan potingues que arruinen la salud (normalmente, después de vaciar la cartera del incauto).

 

En el caso de la sífilis, se aplicaba un tratamiento a base de mercurio, ya fuera en forma de pastilla, de inyección o de vapores. Los efectos secundarios eran terroríficos: caída del cabello, pérdida de piezas dentales, dolor generalizado y, en  casos extremos, un pase exclusivo para visitar a San Pedro. En nuestros días, de hecho, el uso del mercurio está muy limitado debido a sus efectos tóxicos.

 

[Img #8427]

 Enfermos tratados de sífilis, grabado de 1689 

 

La sífilis, por cierto, ha sido una de las grandes plagas de la humanidad. Peor que la música de Enrique Iglesias. Afectaba, sobre todo, a los personajes más poderosos (donde hay dinero suele haber carne, pero escasa moral). Sufrieron sífilis los emperadores romanos como Tiberio o Calígula, conquistadores como Colón o Hernán Cortés y hasta reyes, como el español Felipe o el ruso Pedro I. Erasmo de Rotterdam llegó a decir que: “Un hombre noble sin sífilis o no es demasiado noble o no es demasiado hombre”. Así estaba el patio.

 

En el caso de la gonorrea, también encontrábamos tratamientos agresivos. Se administraba mercurio por las vías urinarias (¡ouch!), y también se recurrió al uso de sustancias tan divertidas como el arsénico.

 

La moraleja de este artículo, niñas y niños, es que el sexo no siempre fue tan divertido como en nuestra época. Y que nunca le estaremos lo suficientemente agradecidos al doctor Fleming por haber inventado el único método eficaz para mantener a raya las enfermedades venéreas. Ese señor, y todos sus descendientes, merecen cerveza gratis todos los días de su vida, a cuenta de la ONU.

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2 Comentarios
Fecha: Lunes, 27 de marzo de 2017 a las 15:06
Juan José Fermin
En efecto, todo tiene su razón de ser. La mojigatería alcanzó su máxima cota, precisamente, cuando practicar el sexo era más fácil que nunca. La nuevos medios de transporte, como el ferrocarril y los barcos de vapor, permitían compartir sábanas (y gérmenes) a una escala y velocidad nunca vista. Como no me canso de repetir, esas enfermedades no tenían tratamiento. Eran devastadoras y, en muchos casos, mortales. Por lo tanto, la mejor estrategia parecía la prudencia más extrema
Fecha: Lunes, 27 de marzo de 2017 a las 13:55
Eduardo Jorge Arcuri
¡Muy buena nota! No solo es ilustrativa y recordatoria de nuestros abuelos, sino un modo de recapacitar sobre la evolución del cerebro humano; sobre todo, cuando se pueden dejar de lado los temores que impusieron las religiones y el manejo de la ignorancia en nombre de Dios. Gracias a tanta mojigatería hemos aprendido que la paja no es como el trigo: El trigo alimenta, la paja debilita.

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