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Flavio Crescenzi
Domingo, 19 de marzo de 2017
Vestigios de Antígona en la primera novela de Gabriel García Márquez

Sófocles en Macondo

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Estos son los motivos que estimo principales en La hojarasca, y cuyo correlato podemos encontrar en las dos citadas tragedias de Sófocles, especialmente Antígona.

I – La trama detrás del epígrafe

No conozco ningún trabajo crítico que se haya detenido a analizar el significado del epígrafe inicial de La Hojarasca. Se trata de una cita de Antígona, que corresponde al momento en el que la protagonista le comunica a Ismene la decisión de Creonte respecto de los funerales de Eteocles y de Polinices. Aquí la transcribimos:

 

Y respecto del cadáver de Polinices, que miserablemente ha muerto, dicen que ha publicado un bando para que ningún ciudadano lo entierre ni lo llore, sino que insepulto y sin honores del llanto, lo dejen para sabrosa presa de las aves que se abalancen a devorarlo. Ese bando dice que el bueno de Creonte ha hecho pregonar por ti y por mí, quiere decir que por mí; y que vendrá aquí para anunciar esa orden a los que no la conocen; y que la cosa se ha de tomar no de cualquier manera, porque quien se atreva a hacer algo de lo que prohíbe será lapidado por el pueblo.[1]

 

Esta cita, sin embargo, es particularmente reveladora, pues anticipa la indiscutible relación hipertextual entre la novela de García Márquez y la tragedia de Sófocles, relación que —tal como sucede con el Ulises, de James Joyce, o el Doktor Faustus, de Thomas Mann— se origina a partir de una tácita labor de reescritura.[2]

 

A continuación, repasaremos las correspondencias más evidentes que existen entre Antígona y La Hojarasca, de modo que el lector pueda apreciar hasta qué punto García Márquez se valió de elementos y motivos de la más antigua y prestigiosa tradición literaria para la organización de su primera novela.

 

II – Correspondencias, analogías, reescrituras  

 

Al final de Edipo en Colono, Polinices, dolido por la maldición paterna, les habla a Antígona e Ismene de esta forma:

 

¡Oh, niñas, hermanas mías! A vosotras, pues, ya que habéis oído la crueldad del padre que así me maldice, os ruego por los dioses que si las maldiciones del padre se cumplen y vosotras volvéis de algún modo a la patria no me menospreciéis, sino sepultadme y celebrad mis funerales; que vuestra gloria de ahora, la que tenéis por las penas que pasáis por este hombre, se acrecentará con otra no menor por la asistencia que me prestéis.[3] 

 

Antígona, a riesgo de contravenir la irreductible decisión de Creonte, le promete a su hermano que le tributará honras fúnebres no bien llegue el momento.

 

En La hojarasca, como es de esperar, se da una situación parecida, aunque reelaborada magistralmente por la pluma del escritor colombiano: el coronel le promete al médico darle cristiana sepultura cuando le llegue la hora. El siguiente fragmento, según creo, es bastante ilustrativo:

 

Yo había de preguntarle dos días después cuál era mi deuda, y él había de responder: «Usted no me debe nada, coronel. Pero si quiere hacerme un favor, écheme un poco de tierra cuando amanezca tieso. Es lo único que necesito para que no me coman los gallinazos».

En el mismo compromiso que me hacía contraer, en la manera de proponerlo, en el ritmo de sus pisadas sobre las baldosas del cuarto, se advertía que este hombre había empezado a morir desde hace mucho tiempo atrás, aunque habían de transcurrir aún tres años antes de que esa muerte aplazada y defectuosa se realizara por completo.[4]

 

Como podemos apreciar, tenemos dos condenas: la de Polinices, en Antígona, y la del médico, en La hojarasca. Coincidentemente, ambas consisten en negarles a los incriminados sus correspondientes funerales.

 

Sófocles en Macondo

 

Ahora bien, la condena a Polinices se decreta a su muerte, cuando éste cae luchando contra su hermano Eteocles, defensor de Tebas, a la que ataca el ejército argivo comandado por aquél. Creonte, nombrado de inmediato rey de Tebas, determina que Eteocles, héroe de la ciudad, sea inhumado gloriosamente. Polinices, que ha invadido la tierra natal, no tendrá sepultura en ella. Su cuerpo, arrojado fuera de las murallas, servirá de alimento a perros y aves de rapiña.

 

En La hojarasca, la sentencia condenatoria al médico se decreta diez años antes. Así nos lo recuerda el coronel:

 

Porque la noche en que pusieron las cuatro damajuanas de aguardiente en la plaza, y Macondo fue un pueblo atropellado por un grupo de bárbaros armados; un pueblo empavorecido que enterraba sus muertos en la fosa común, alguien debió de recordar que en esta esquina había un médico. Entonces fue cuando pusieron las parihuelas contra la puerta, le gritaron (porque no abrió; habló desde adentro); le gritaron: «Doctor, atienda a estos heridos que ya los otros médicos no dan abasto», y él respondió: «Llévenselos a otra parte, yo no sé nada de esto»; y le dijeron: «Usted es el único médico que nos queda. Tiene que hacer una obra de caridad»; y él respondió (y tampoco abrió la puerta), imaginado por la turbamulta en la mitad de la sala, la lámpara en alto, iluminados los duros ojos amarillos: «Se me olvidó todo lo que sabía de eso. Llévenlos a otra parte» y siguió (porque la puerta no se abrió jamás) con la puerta cerrada, mientras hombres y mujeres de Macondo agonizaban frente a ella. La multitud habría sido capaz de todo esa noche. Se disponían a incendiar la casa y reducir a cenizas a su único habitante. Pero en esas apareció El Cachorro. Dicen que fue como si hubiera estado aquí invisible, montando guardia para evitar la destrucción de la casa y el hombre. «Nadie tocará esta puerta», dicen que dijo El Cachorro. Y dicen que eso todo lo que dijo, abierto en cruz, iluminado por el resplandor de la furia rural su inexpresivo y frío rostro de calavera de vaca. Y entonces el impulso se refrenó, cambió de curso, pero tuvo aún la fuerza suficiente para que gritaran esa sentencia que aseguraría, para todos los siglos, el advenimiento de este miércoles.[5]  

 

La condenación del médico por haber desoído el pedido del pueblo repite en más de un sentido la condenación de Polinices por su acto de rebelión contra Tebas.

 

Estos son los motivos que estimo principales en La hojarasca, y cuyo correlato podemos encontrar en las dos citadas tragedias de Sófocles, especialmente Antígona. Pero aún es posible establecer otras relaciones. Por ejemplo, la situación de los personajes trágicos Polinices y Eteocles frente a la del médico y el sacerdote, conocido en Macondo como El Cachorro. Éstos llegaron al pueblo el mismo día, veinticinco años antes de los sucesos que narra la novela. Lejos de ver aquí una coincidencia gratuita, me inclino a pensar que el novelista quiso alegorizar en este hecho la relación de los hermanos en la tragedia. La llegada al pueblo viene a ser, por tanto, una forma de nacimiento común. Por otra parte, el notable parecido físico entre el médico y El Cachorro se explicita en la novela en más de una ocasión.

 

Al mismo tiempo, tenemos el caso de Ismene. Restablecida de su temor inicial, la hermana de Antígona decide a último momento afrontar también el castigo. Sin forzar demasiado el paralelismo, la primera actitud negativa de Ismene bien podría estar representada en La hojarasca por el categórico rechazo de la mujer del coronel, Adelaida, a acompañarlo. El segundo momento, el reivindicatorio, correspondería a la posición de la hija del coronel, Isabel, a pesar de que la adhesión de ésta hacia su padre aparece disminuida por la reserva y el miedo.

 

Parece también reveladora la forma que eligió el médico para suicidarse. En el ámbito de la tradición —y desde los tiempos homéricos— la muerte por ahorcamiento era considerada deshonrosa o propia de los impuros.[6] En Edipo rey, sin ir más lejos, éste expresa que sus crímenes «son mayores que los que se expían con la estrangulación»[7].

 

Sófocles en Macondo

 

III – Consideraciones finales

 

Como sabemos, el carácter de Antígona es inflexible: nada evitará que cumpla con la promesa formulada a Polinices, ni siquiera la posibilidad de caer ella misma en desgracia. Pues bien, el coronel actúa con la misma integridad; como Antígona, podría decir: «No he nacido para compartir odio, sino amor»[8]. Así lo expresa el personaje de García Márquez:

 

Vine. Llamé a los cuatro guajiros que se han criado en mi casa. Obligué a mi hija Isabel a que me acompañara. Así el acto se convierte en algo más familiar, más humano, menos personalista y desafiante que si yo mismo hubiera arrastrado el cadáver por las calles del pueblo hasta el cementerio. Creo a Macondo capaz de todo después de lo que he visto en lo que va corrido de este siglo. Pero si no han de respetarme a mí, ni siquiera por ser viejo, coronel de la república, y para remate cojo de cuerpo y entero de la conciencia, espero que al menos respeten a mi hija por ser mujer. No lo hago por mí. Tal vez no sea tampoco por la tranquilidad del muerto. Apenas para cumplir con un compromiso sagrado. Si he traído a Isabel no ha sido por cobardía, sino por una simple medida de caridad. Ella ha traído el niño (y entiendo que lo ha hecho por eso mismo) y ahora estamos aquí, los tres, soportando el peso de esta dura emergencia.[9]

 

La ópera prima del colombiano, desde su título, nos remite al odio residual (como residual es «la hojarasca» respecto del árbol de donde ésta ha caído) que ha dejado el paso de la compañía bananera establecida por muchos años en el mítico pueblo de Macondo. Para iluminar esa realidad caótica —acaso para exorcizarla—, Gabriel García Márquez recurrió a las viejas fuentes literarias con envidiable pericia. De este modo, el pasado mítico reaparece para darle forma a un mundo ficcional, quizá, más actual y concreto.

 

[1] Gabriel García Márquez. La hojarasca, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2010.

[2] La relación hipertextual es aquella que se establece entre un texto B, denominado hipertexto, y un texto A, denominado hipotexto, por derivación  simple o indirecta,  por ejemplo, la transformación de un texto anterior o la imitación estilística. Así, la Odisea, de Homero, es el hipotexto de los seis primeros libros de la Eneida, de Virgilio, y la Ilíada, de los seis últimos. Véase Gerard Genette. Palimpsestos: La literatura en segundo grado, Madrid, Taurus, 1989.

[3] Sófocles. Tragedias, Madrid-Buenos Aires, Librería Perlado Editores, 1944.

[4] García Márquez. Óp. cit.

[5] García Márquez. Óp. cit.

[6] Por eso es por lo que se ahorca Yocasta.

[7] Sófocles. Óp. cit.

[8] Sófocles. Óp. cit.

[9] García Márquez. Óp. cit. 


 

 

 

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