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José Ramón Ponce
Domingo, 12 de marzo de 2017
CIRCUITOS NEURALES Y SISTEMA PSÍQUICO

Introducción al paradigama

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Noticia clasificada en: Filosofía Humanidades

La evolución de la realidad, desde la materia inanimada hasta sociedad, y desde la psique inconsciente hasta la consciencia, no sigue un curso estocástico, caótico, sino que está regido por un determinismo intrínseco, dado por la interacción interna de sus componentes.

CIRCUITOS NEURALES Y SISTEMA PSÍQUICO

 

“…si el conocimiento es el instrumento para apoderarse de la esencia absoluta, inmediatamente se advierte que la aplicación de un instrumento no deja a esta tal y como ella es para sí, sino que la modela y altera.”

Georg Wilhelm Friedrich Hegel,

Fenomenología del espíritu

 

De ello resulta su auto-movimiento, el cual transcurre en perenne y sucesivo ascenso a mayor complejidad, promovido por contradicciones internas del ser. No obstante, este determinismo no es estricto, sino que deja un margen de libertad a través del cual influyen variables que inciden sobre el rumbo evolutivo.

 

En el ser humano la evolución crea y superpone sistémicamente la estructura interna de su psique, estrato tras estrato, a medida que interacciona con su entorno. Al mismo tiempo, a medida que estas se desarrollan, pasan a regular esa misma interacción con el entorno socio-ambiental. De ello resulta que la conducta individual es promovida externamente, pero se manifiesta como resultante de la refracción ejercida por sus estructuras psíquicas.

 

En consecuencia en el hombre, ni en lo individual ni en lo masivo, se producen los cambios de modo fortuito ni por su exclusiva voluntad, sino que tienen lugar en función de su dinamismo y estructura interna. Esto supone necesariamente unicidad e interdependencia entre cuerpo y mente, materia y espíritu.

 

Pero la interacción entre psique y cuerpo no siempre ha sido tomada suficientemente en cuenta. Las corrientes filosóficas del Cartesianismo (Farnell & Varela, 2008), del Pragmatismo (Friedrichs & Kratochwil, 2009), Positivismo (Cruickshank, 2012), y su posterior influencia en la teoría psicológica del Conductismo (Watrin & Darwich, 2012), han desconocido el precepto hipocrático de su unicidad. A ello se agrega que esta conexión mente-cuerpo ha sido objeto de polémica filosófica desde los inicios de la civilización, alcanzando al campo científico a través del tiempo.

 

Esta discusión ha estado en el centro de la contraposición entre el paradigma filosófico mecanicista y el dialéctico. Cada uno establece su propio marco explicativo del movimiento y cambio de la realidad, incluyendo la objetiva y la subjetiva.

 

La filosofía mecanicista contempla la acción de influencias externas como exclusivo generador de movimiento, obviando fuerzas intrínsecas, no tomándolas en cuenta. Mientras la dialéctica contempla el papel de las fuerzas externas, pero refractadas a través de las condiciones internas; es decir, la modificación e influencia de un cuerpo sobre otro es acorde a la esencia e identidad de cada uno.

 

El mecanicismo en el estudio del ser humano cobra fuerza a partir de la Física de Isaac Newton, aunque las premisas de esta polémica se remontan a la antigüedad. En época Moderna, Renato Descartes expone su enfoque del Dualismo, incluyendo la concepción de hombre-máquina, y con ello radicaliza la separación entre mente y cuerpo. En su concepción distingue la Substancia pensante, la mente, y la Substancia extensa, el cuerpo; estando uno separado del otro.

 

auguste comteA partir del cartesianismo, con el transcurrir del tiempo, se inspiran corrientes filosóficas como Positivismo y Pragmatismo. El Positivismo comienza con Auguste Comte (1798-1857), cuya idea fundamental consistía en contemplar válido solo lo objetivamente observable y medible. Por consiguiente, considera la experimentación científica como el único camino a la verdad. Esta forma de pensar dominó largo tiempo el pensamiento filosófico, y es, en sentido amplio, rechazo a la Metafísica, desarrollada por Aristóteles en la antigüedad y la cual contempla los aspectos no medibles del hombre.

 

El Pragmatismo lo origina William James (1842-1910), quien considera de valor solo lo que sea útil para el sujeto. Estas corrientes conducen al Empirismo, el cual enfatiza y abunda en la medición científica. De este modo se abre el camino hacia el Conductismo, con las figuras cimeras de John Broadus Watson (1908-1921) y Frederic Skinner (1904-1990).

 

Sin embargo, el Positivismo deriva necesariamente en el Post-positivismo. Esta nueva corriente considera insuficiente la evidencia empírica para llegar a la verdad científica, debido a la multiplicidad de las variables que intervienen en un fenómeno, abriendo la posibilidad del error.

 

Al Post-positivismo se suma el Constructivismo, teoría derivada del enfoque de Jean Piaget, la cual establece que cada individuo construye su realidad. Esta corriente contempla la posibilidad de que el pensamiento crítico sea interferido por las creencias estereotipadas, arquetípicas, dadas por la tradición o influidas por la comunicación masiva, lo cual alcanza también al campo científico.

 

Otra corriente filosófica relacionada al enfoque psicológico del hombre, y que alcanza el siglo XX, es el Perspectivismo. Esta concepción, con tenues ribetes de Post-positivismo, tiene sus antecedentes en Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716), quien []sostiene que la percepción e ideación tienen lugar desde la perspectiva particular de cada individuo. Por consiguiente, existen tantos marcos conceptuales como sujetos que experimentan el objeto. Es decir, cada cual “posee su realidad”, al margen de existir una realidad absoluta, según pensadores de esta corriente. 

 

Un hito en la transición hacia un enfoque diferente en la concepción sobre la psique del hombre lo fue Emmanuel Kant (1724-1804). En su obra Ensayo de introducir el concepto de las magnitudes negativas en la filosofía, publicada en 1763, considera que “…el alma comprende todo el universo con sus facultades representativas, si bien resulta claro sólo una partícula de esas representaciones”. Posteriormente, expone en Crítica de la razón pura, publicada en 1781, refiriéndose a la conceptualización: “Es la Síntesis en general, como próximamente veremos, la simple obra de la imaginación, es decir, una función ciega, aunque indispensable, del alma, sin la cual no tendríamos conocimiento de nada, función de la cual rara vez tenemos conciencia”. En estas palabras no solo se enfoca el principio de la unicidad en las facultades de la psique, sino que también se pone de manifiesto su oposición a la concepción cartesiana de Sustancia extensa y Substancia pensante.

 

Por otra parte, la corriente opuesta al mecanicismo, la dialéctica, también se originó en la antigüedad, pero no como se concibe en la forma actual. Atisbos de su concepción se observan en los pensadores presocráticos, quienes tenían la naturaleza como su objeto de observación.

 

Heráclito consideraba el cambio perpetuo al hacer la afirmación que nadie se baña dos veces en el mismo río, las cosas permanecen cambiando y cambian permaneciendo, y al mismo tiempo, unas empujan a otras, terminando por oponerse entre sí; negándose. Para Demócrito toda la existencia estaba compuesta por átomos indivisibles, lo cual suponía la unidad intrínseca de la materia. Para Hipócrates, citado por Platón, en Diálogos: “La naturaleza del cuerpo puede ser entendida solamente como un todo; y este es el gran error de nuestros días en el tratamiento del cuerpo humano, que los médicos separan el alma del cuerpo”.

 

Aunque en estas posiciones la interpretación dialéctica, según se conoce en la actualidad, estaba aún alejada del método plenamente científico, se observa una concepción más teleológica que mecánica, o sea la realidad en su auto-movimiento.

 

Zenón de EleaLa Dialéctica es expuesta por primera vez por Zenón de Elea (490-430 a. C.), en su obra Escuela, y era referida a la polémica, como método de conversación. Con Sócrates, Protágoras, y los Sofistas, se produce un giro importante en la percepción del humano, y la dialéctica adquiere mayor protagonismo como método de pensamiento.

 

Por ello Platón desarrolla su concepción en su obra Diálogos, donde el método socrático, compuesto por la Ironía y la Mayéutica, consideraba el argumento inicial, la tesis; su opuesto, la antítesis; y la verdad resultante de esta contraposición, la síntesis. El método socrático se basaba en la polémica racional, por medio de preguntas y respuestas, conduciendo a la refutación del argumento discutido; de este modo se llegaba a la verdad. Pero al mismo tiempo este método escondía dentro de sí la contradicción como se conoce actualmente. Aristóteles por su parte, en su búsqueda de la verdad, también rodea la dialéctica según la época, es decir como controversia, como expone en Metafísica (Libro IV).

 

En el Oriente antiguo también se reflexionaba sobre el vínculo entre el alma y el cuerpo con matices dialécticos, aunque dentro de un marco diferente al occidental. Por ejemplo, en el Budismo se contempla como el ser se crea y destruye a cada momento. El Taoísmo observa el Ying/Yang como fuerzas opuestas, las cuales al mismo tiempo se hallan dentro del Tao. En el Hinduismo la diversidad contradictoria son diferentes manifestaciones del todo.

 

La decadencia del esplendor antiguo trajo consigo las formas bárbaras, feudales, de la distribución de tierras y riquezas, trasladándose al campo rural el epicentro de vida y producción. Por una parte se hallaban los siervos y campesinos, arraigados y fundidos a la tierra, mientras los señores permanecían encerrados en castillos y casas amuralladas, y por la otra, las rígidas normas monacales y religiosas. Esta combinación llegó a reducir la consciencia de individualidad. Pero avanzado el Medioevo europeo surge de nuevo ese sentimiento, otorgando al individuo mayor conciencia de sí mismo. Junto a ello, con efecto de la Reforma en el mundo eclesiástico, Europa vuelve al humanismo e individualismo, quedando atrás la simbiosis grupal propia del feudo.

 

Con el Renacimiento y la época Modernista se revitaliza el cuestionamiento sobre el hombre, y surgen diferentes filósofos, algunos en divergencia del cartesianismo; entre ellos los alemanes Emmanuel Kant (1724-1804) y Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831). Con este último la antigua dialéctica, de un carácter retórico y argumentativo, finalmente cede paso a un método lógico acabado; por añadidura, sienta las premisas de la teoría actual del sistema. Su obra cumbre fue Fenomenología del espíritu, publicada en 1808, y su concepción cardinal radica en que el desarrollo es causado por multifacética matriz de contradicciones internas y externas al ser, y no por presión exclusiva de fuerzas externas.

 

Para Hegel la realidad es interacción constante de elementos opuestos, quienes se inter-penetran a través de la contradicción continua. Considera que todo en sí mismo es contradictorio, y esa es la raíz de todo movimiento, es decir, auto-movimiento. Solamente aquello que encierra contradicción se mueve.

 

Johann Gottlieb FichteHegel continúa el pensamiento de Johann Gottlieb Fichte quien previamente estableciera la concepción de la unidad contradictoria en la tesis, antítesis y síntesis. Para dicho pensador la tesis es “estar en sí”, la antítesis es su negación, donde el “estar en sí” sale de sí y se le opone, y finalmente la interacción entre ambos implica la síntesis, que es la negación de la negación. En la síntesis se produce la transformación y recreación a partir de la contradicción y fusión de los elementos, para implicar nueva tesis, y repetirse el proceso contradictorio. Para Hegel la síntesis era más verdad que la tesis y la antítesis juntas.

 

A grandes rasgos, el movimiento dialectico según Hegel, se produce la manera siguiente: Los seres vivos o no vivos, objetivos o subjetivos, materiales o espirituales, poseen cada uno su propia identidad, su cualidad esencial. A medida que se produce el contacto, el acercamiento, de uno con otro, se convierten en contrarios; se contradicen por poseer diferente identidad.

 

Como cada ser es algo único, exclusivo, diferente, y al mismo tiempo su identidad tiende a la inmanencia, entonces se oponen entre sí. Como resultado, ambos se contradicen, cada uno naturalmente impone su identidad al contrario; se niegan mutuamente.

 

Esta imposición natural y espontanea supone interacción, donde por consiguiente se produce interpenetración entre los contrarios. Al actuar un ser sobre el otro, se recibe respuesta mutua, y esto implica modificación entre ambos. Se producen cambios internos en cada uno en función de la influencia recibida. En consecuencia, de esa interacción resulta la transmisión de características, o sea incorporación en cada uno de características esenciales del otro. Imprimen su huella entre sí, y por ende cada uno incorpora al otro su propia identidad.

 

Como resultado, la identidad de uno queda integrada a las condiciones internas del otro, y por consiguiente, dentro de cada ser se establece la contradicción entre la identidad inicial y la recibida en la interacción. La contradicción externa pasa a ser interna, y de su seno surge el tercero sintetizado. Es decir, internamente, de la contradicción entre la propia identidad y el efecto de la unión con el contrario, surge la síntesis. Es decir la integración en lo interno de ambos contrarios.

 

De este modo cada contrario de la contradicción preliminar se transforma en nuevo elemento, producto de la síntesis interna dada por interacción entre ambos. De ese modo, lo viejo se convierte en nuevo, pero al mismo tiempo sigue siendo viejo; ese hecho vuelve a repetirse hasta el infinito. Cada ser se ha transformado al generar su opuesto dentro de sí, pero es también lo mismo.

 

Además, si el tercero sintetizado surge del seno de cada ser negado, y ello se produce por la interacción entre la propia identidad y la incorporación de la identidad del contrario, entonces cada contradicción es al mismo tiempo externa e interna. Una contiene a otra.

 

El predominio de un contrario sobre el otro está determinado por su grado de armonía interna; es decir el grado de certeza o desarrollo de cada uno, tesis y antítesis. Es decir, la coherencia y fortaleza de una u otra es quien determina las características predominantes de la síntesis. Por citar solo ejemplo muy sencillo, ante una agresión a la familia, las cohesionadas se unen monolíticamente, pero las sumidas en discordias y serios conflictos internos, tienden a trasladar la contradicción externa hacia dentro de ellos mismos, con la consiguiente disgregación familiar.

 

La interacción entre un ser y su entorno, presenta varios escenarios fundamentales:

 

  • La especie animal no apta para subsistir en un ambiente, sufre desbalances biológicos internos, o queda indefensa ante la agresión, hasta finalmente sucumbir, como las que han desaparecido durante millones de años.
  • Otras, por ejemplo algunos insectos, se apropian de características de su entorno que le son útiles para enmascaramiento y respuesta defensiva, emergiendo de ese modo como especie más adaptable. Se observa como reptiles se mimetizan hasta confundirse con el ambiente, e incluso asumen sus colores, permitiendo subsistir. En especies desarrolladas se observa cómo se condiciona la conducta que posibilita mejor defensa y alimentación; por ejemplo, en los experimentos de Wolfgang Khoeller, el simio interactúa una y otra vez con varillas hasta encontrar la solución para obtener el alimento.
  • Finalmente, se hallan especies, como el tiburón, las cuales son fósiles vivientes porque han permanecido inalterables en el tiempo debido a su capacidad de subsistencia. 

 


Cruickshank, J. (2012). Positioning positivism, critical realism and social constructionism in the health sciences: a philosophical orientation. Nursing Inquiry, 19(1), 71–82. DOI: 10.1111/j.1440-1800.2011.00558.x

Farnell, B. & Varela, C. R. (2008) The Second Somatic Revolution. Journal for the Theory of Social Behaviour, 38, 3, 0021–8308

Friedrichs, J. & Kratochwil, F. (2009) On Acting and Knowing: How Pragmatism Can Advance International Relations Research and Methodology. International Organization, 63, 701-31. Doi: 10.1017/S0020818309990142

Watrin, J. P. & Darwich, R. (2012). On Behaviorism in the Cognitive Revolution: Myth and Reactions. Review of General Psychology, 16, 3, 269–282. DOI: 10.1037/a0026766


 

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