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Leo Castillo
Domingo, 12 de marzo de 2017
Avatares de su edición

El Quijote

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Noticia clasificada en: Ensayo Narrativa

El 20 de septiembre de 1604 se emite cédula mandada por Felipe III y firmada en Valladolid por Juan de Amezqueta, de su Consejo, en orden a extender licencia, facultad y privilegio a Miguel de Cervantes para que se imprimiese el Quijote.

El Quijote

 

Advertimos en ésta, así como en la tasa fechada aquí el 20 de diciembre de este año, que el título sometido a venia por Cervantes es El ingenioso hidalgo de la Mancha, que no EL INGENIOSO HIDALGO DON QVIXOTE DE LA MANCHA como aparece en la primera impresión el año 1605, con privilegio en Madrid por Iuan de la Cueſta, apuntando que el libro vendeſe en caſa de Franciſco de Robles, librero del Rey a un precio de doscientos noventa maravedís y medio. El nombre del protagonista no consta en el título presentado a requisitos de ley por Cervantes. ¿Decidió Juan de la Cuesta, por su cuenta, añadir el nombre del caballero andante? Las ediciones actuales[1] titulan Don Qujote de la Mancha, así que se suprime el ingenioso hidalgo.

 

   El pliego tasado por Juan Gallo de Andrada para la primera parte[2] en 1604 en tres maravedís y medio ha visto incrementado el precio en medio maravedí para la Segunda Parte, según tasa Hernando de Vallejo en 1615. El nuevo tasador dice que el título es Don Quijote de la Mancha, Segunda parte, de modo que no aparece el ingenioso hidalgo del editor.

 

   En la Aprobación extendida por el dicho Márquez Torres se lee Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha en contraste una vez más con EL INGENIOSO HIDALGO DON QVIXOTE DE LA MANCHA que imprime Juan de la Cuesta.

 

   Tenemos —transcripción facsimilar, editio princeps de portadas:

 

   EL INGENIOSO HIDALGO DON QVIXOTE DE LA MANCHA. Compueſto por Miguel de Ceruantes Saauedra. Año, 1605. EN MADRID, Por Iuan de la Cueſta; SEGVNDA PARTE DEL INGENIOSO CAVALLERO Don Quixote de la Mancha POR MIGVEL DE SERVANTES Saauedra, autor de ſu primera Parte. Año 1617. EN BARCELONA, EN CAſA DE SEBASTIAN MATEVAT; SEGVNDO TOMO DEL INGENIOSO HIDALGO DON QVIXOTE DE LA MANCHA, Compuesto por el Licenciado Alonso Fernandez de Auellaneda. Con Licencia, En Tarragona en casa de Felipe Roberto, Año 1614;  SEGVNDA PARTE DEL INGENIOSO CAVALLERO[3 DON QUIXOTE DE LA MANCHA. Año 1615 En Madrid, Por Iuan de la Cueſta; VIDA, Y HECHOS DEL INGENIOSO CAVALLERO DON QUIXOTE DE LA MANCHA. COMPUESTA POR MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA. TOMO SEGUNDO, Año 1735. CON LICENCIA: En Madrid, por ANTONIO SANZ, etc.

 

   La impresión manual propicia imprecisiones, erratas y alteraciones, conscientes que no, del texto. Sumadas a ello la diversidad de plazas de  impresión y veleidades de los impresores, así como alguna “tassa” en editio princeps de Valladolid[4] a la primera parte tendríamos las apenas naturales disimilitudes que apuntamos.

 

   Sorprende que, habida cuenta de la caución real, el Segundo tomo del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, apócrifo, fuera infligido a Cervantes por Alonso Fernández de Avellaneda, nombre igualmente falaz. Como se ve, el falso Avellaneda conserva en su título el original INGENIOSO HIDALGO DON QVIXOTE DE LA MANCHA de la edición de De la Cuesta. El llamado Quijote de Avellaneda fue publicado en Tarragona nueve años después de la primera parte del de Cervantes. Alguna cuchufleta arriesga que el de Avellaneda es "superior." De no ser un brillantísimo negocio, sorprende que Felipe Roberto, el impresor a cuyo cuidado está confiada la edición de Tarragona -y aun el autor del plagio- corriera el riesgo de perder "la impresión que hiciere, con los moldes y aparejos della", incurriendo "en pena de cincuenta mil maravedís." Significa pagar, por un ejemplar apócrifo, el equivalente al valor de casi 173 ejemplares originales, lo cual no es sanción de poca monta, dado el altísimo coste de los ejemplares, que se imprimían a mano uno a uno.

 

Avellaneda

 

   Hemos hallado[5] que la tasa euro-maravedí a finales del XV (1480) es así: 1 maravedí = 16 euros; pero, de manera insólita, en 1610: 1 maravedí=0.2 euros. Esto arroja una devaluación escalofriante del maravedí. Seguramente en ese ínterin dejó de acuñarse en oro para hacerse en vellón (plata+cobre, o cobre.) Pongamos que un maravedí en 1604 equivalía a cinco euros actuales, lo que no es descabellado cálculo: tenemos 250.000 euros de multa, más la confiscación de los aparejos. Esto debía equivaler a la ruina de un impresor de esos días o, en cualquier caso, un golpe bastante recio a su balance. Los dividendos del plagio del Quijote tenían forzosamente que ser opíparos para correr semejante riesgo. El mismo Cervantes lo publica en su Prólogo al lector (Segunda parte): "que bien sé lo que son tentaciones del demonio, y que una de las mayores es ponerle a un hombre en el entendimiento que puede componer y imprimir un libro con que gane tanta fama como dineros."

 

   Sorprende que Cervantes no emprendiera acción legal contra el falso Avellaneda ni contra el impresor. Se dirige con magnanimidad a su lector "ilustre o quier plebeyo" en términos de un desprendimiento ejemplar y conmovedor:

 

   "¡Válame Dios, y con cuánta gana debes estar esperando ahora (...) este prólogo, creyendo hallar en él venganzas, riñas y vituperios del autor del segundo Don Quijote, digo, de aquel que dicen que se engendró en Tordesillas y nació en Tarragona! (...) que puesto que los agravios despiertan la cólera en los más humildes pechos, en el mío ha de padecer excepción esta regla. Quisieras tú que lo diera del asno, del mentecato y del atrevido; pero no me pasa por el pensamiento: castíguele su pecado, con su pan se lo coma y allá se lo haya."

 

   Aunque el agravio no acaba aquí, sino que Avellaneda pretendió ultrajarlo apostrofándolo de "viejo", "manco", "invidioso", Cervantes luce gallardía y discreción en la réplica: "Lo que no he podido dejar de sentir es que se me note de viejo y de manco, como si hubiera sido en mi mano haber detenido el tiempo, que no pasase por mí, o si mi manquedad hubiera nacido en alguna taberna."

 

   Avellaneda, siempre desde el anonimato hace, sin que Cervantes mencione el nombre en su prólogo, irresponsable referencia a la disputa cortés entre el autor de las Novelas ejemplares y cierto sacerdote, llamando "invidioso" al “Manco de Lepanto.” Escribe Cervantes: "He sentido también que me llame invidioso, y que como a ignorante, me describa qué cosa sea la invidia; que, en realidad de verdad, de dos que hay, yo no conozco sino a la santa, a la noble y bien intencionada; y siendo esto así, como lo es, no tengo yo de perseguir a ningún sacerdote y más si tiene por añadidura ser familiar del Santo Oficio.” Sabemos, desde luego, que el sacerdote en cuestión es Félix Lope de Vega y presumimos que el sigilo de Cervantes pudiera apuntar al hecho de ser “El Fénix de los ingenios” familiar del Santo Oficio de la Inquisición, tribunal cuya susceptibilidad dejaba ya en la historia de España, sobrepujando a otros países, una importante estela de “infieles” ejecutados: ya en el siglo XII el rey Fernando el Santo “enforcó muchos home e coció en calderas.” ¿Temía, por su vida, malquistarse Cervantes con el grave tribunal?

 

   La Segunda parte viene guarnecida, firmada por el Maestro Josef de Valdivieso en Madrid (17 de marzo de 1615), de una Aprobación advirtiendo que ésta “no contiene cosa contra nuestra santa fe católica” y que “Es obra muy digna de su grande ingenio, honra y lustre de nuestra nación, admiración y invidia de las estrañas.” Cuenta ésta, además de una segunda aprobación del Doctor Gutierre de Cetina, vicario general de Madrid, corte de Su Majestad, a quien el lector no confundirá con el poeta de los memorables “Ojos claros, serenos,/ si de un dulce mirar sois alabados,/ ¿por qué, si me miráis, miráis airados?”, con una tercera firmada por el Licenciado Márquez Torres, en que se blinda las andanzas del Caballero de la Triste Figura ante cualquier susceptibilidad inquisitorial: “no hallo en él cosa digna de un cristiano celo ni que disuene de la decencia debida a un buen ejemplo, ni virtudes morales.”

 

   La “admiración y invidia de las estrañas” (naciones) no es un mero cumplido. El buen nombre de que Cervantes gozaba entonces explica la envidia y codicia de Avellaneda. En tal sentido escribe a su vez en su Aprobación de la Segunda parte el Licenciado Márquez Torres: “Bien diferente (de autores que ‘hácense odiosos […] los bien entendidos’) han sentido de los escritos de Miguel de Cervantes así nuestra nación como las estrañas, pues como a milagro desean ver el autor de libros que con general aplauso, así por su decoro y decencia como por la suavidad y blandura de sus discursos han recebido España, Francia, Italia, Alemania y Flandes.” En seguida certifica cómo en visita que pagaba la del embajador de Francia a Su Ilustrísima para tratar de casamiento de sus príncipes el 25 de febrero de 1615 Bernardo de Sandoval y Rojas, cardenal arzobispo de Toledo, una importante delegación de caballeros franceses que en esa nación se le acercaron a él y a otros capellanes del cardenal a tratar acerca de libros notables al escuchar nombrar a Cervantes se deshicieron en halagos, destacando el renombre allí como en las naciones vecinas del autor de las Novelas Ejemplares y que sabían casi de memoria la primera parte de La Galatea. Obligado a dar noticia del reconocido autor, Márquez Torres les dice que Cervantes es ya viejo (cuenta entonces 67 años), que es soldado, hidalgo y pobre. Habiendo uno inquirido cómo España no tenía a semejante autor rico y “sustentado del erario público”, otro replicó: “si la necesidad le ha de obligar a escribir, plega a Dios que nunca tenga abundancia, para que con sus obras, siendo el pobre, haga rico a todo el mundo.” Enriquecernos el mundo, hermosas palabras que seguramente se proponían pagar los trabajos del más grande autor de nuestra lengua desde que ella es.

 

   “¿Pensarán vuestras mercedes ahora que es poco trabajo hinchar un perro?”, pregunta el loco sevillano de su historia contada el prólogo a la Segunda parte. “¿Pensará vuestra merced ahora que es poco trabajo hacer un libro”?, averigua Cervantes con el lector. Libro honesto, agradable, que le ha costado “mucho trabajo y estudio”, manda declarar el Rey a Pedro de Contreras, que firma el Privilegio.

 

Conde de Lemos

 

   En lugar de demandar legalmente al insolente “Avellaneda”, que llega a desmandarse, ante “la amenaza que me hace, que me ha de quitar la ganancia con su libro”, Cervantes con deshago escribe que se le da un ardite, que le importa un comino. Arguye que le basta con el favor del Conde de Lemos, que, contra todos los golpes de su mezquina suerte, le “tiene en pie”, y con la caridad del citado arzobispo de Toledo, don Bernardo de Sandoval y Rojas. La honra está por encima: “la pobreza puede anublar a la nobleza, pero no escurecerla del todo; pero como la virtud dé alguna luz de sí, aunque sea por los inconvenientes y resquicios de la estrecheza, viene a ser estimada de los altos y nobles espíritus.”

 

   Si por una parte el licenciado Márquez Torres pondera del Quijote su “mucha erudición y aprovechamiento”, su “bien seguido asunto” y “la lisura del lenguaje castellano, no adulterado con enfadosa y estudiada afectación, vicio con razón aborrecido de hombres cuerdos”,  Avellaneda intenta atacar estéticamente a Cervantes, que le agradece decir que sus novelas son más satíricas que ejemplares, aunque buenas: alega que no serían esto último si no tuvieran de todo, permitiéndose, ¡olé!, una lanzada: “quizá (…) no se atreverá a soltar más la presa de su ingenio en libros que, en siendo malos, son más duros que las peñas.”

 

 

[1] Así Cervantes, Miguel de, Don Quijote de la Mancha. Francisco Rico (ed.), Barcelona, 1998; Cervantes Saavedra, Miguel de, Don Quixote de la Mancha, Enrique Rodrigues-Moura (ed.), Innsbruck, 2009, etc.

[2 Desde luego, no dice “primera parte” en la editio princeps de ésta, consecuencia la Segunda, como se sabe, del plagio de Avellaneda

[3] Obsérvese cómo Juan de la Cuesta ha cambiado INGENIOSO HIDALGO por INGENIOSO CAVALLERO.

[4] [5] Véase Rodrigues-Moura, Enrique, Un ejemplar de la editio princeps con «Tassa» de Valladolid;                   


 

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