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Flavio Crescenzi
Sábado, 4 de marzo de 2017
Las palabras apropiadas en los lugares apropiados es la verdadera definición del estilo

El estilo en el uso de la lengua

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De enseñar a hablar bien, que es lo que hacían los griegos, se pasa a enseñar a escribir bien, que es lo que, en principio, hacían los romanos. Con ello, las acciones de memorizar y de pronunciar un discurso desaparecen, y la elocución comienza a dominar el resto del proceso.

1 – Una lingüística del uso

 

[Img #8277]Cuando estudiamos el uso de la lengua, es inevitable que nos topemos con la palabra estilo. Este hecho, en puridad, no debería sorprendernos demasiado, pues la relación entre el estilo y uso de la lengua viene señalándose desde los albores de la lingüística moderna. Sin ir más lejos, uno de los primeros en subrayar dicha correspondencia fue Charles Bally, discípulo de Saussure y responsable, junto a Albert Sechehaye, de la publicación del célebre Curso de lingüística general. A partir de la dicotomía entre lengua y habla planteada por el maestro ginebrino, Bally decidió enfocar sus estudios, ya no en la lengua, como sí lo hace el Curso, sino en el uso que de ella hacen los hablantes. Esta lingüística del habla, conocida también como estilística, incorporó a lo largo del siglo pasado muchas de las nuevas tendencias de las ciencias del lenguaje, pero también elementos provenientes de la antigua retórica.

 

La retórica, por su parte, fue perdiendo paulatinamente el respaldo académico con el que contaba en el Renacimiento y en el período neoclásico, más allá de que el interés por ella haya perdurado en algunos nostálgicos preceptistas. Los aportes del comparativismo historicista, a fines del siglo XIX, y del estructuralismo, a principios del XX, tuvieron mucho que ver con este cambio de paradigma. Aun así, es necesario recalcar que la idea que por lo común se tiene del estilo es herencia de aquella vieja disciplina.

 

En nuestros días, lejos del rechazo que genera en el vocabulario general (el adjetivo retórico designa también al modo de expresarse vacío y ampuloso), entendemos por retórica al «arte de la comunicación persuasiva», lo que de alguna manera vincula a esta vieja disciplina con la pragmática y la teoría de la argumentación. Sin embargo, ni la nueva retórica ni la estilística han obtenido el protagonismo que merecen en el estudio de la lengua.  

 

2 – La retórica y la estilística: dos tradiciones que se cruzan

 

«Las palabras apropiadas en los lugares apropiados es la verdadera definición del estilo»[1], decía Swift en el siglo XVIII. Esta frase encierra una de las nociones estilísticas de la tradición retórica latina, noción que responde claramente al principio de adecuación (aptum). Más adelante, Swift completa la idea de esta forma: «Cuando los pensamientos son claros, las palabras más apropiadas se ofrecerán en general primeramente; y el propio juicio guiará acerca de en qué orden colocarlas…»[2]. Aquí, como vemos, el estilo ya no es lo individual o idiosincrásico, sino la mejor manera de expresar una idea.

 

Otra concepción de origen clásico es la que ve en el estilo la personalidad del autor. «El estilo es el hombre mismo»[3], decía Buffon en 1753 en su discurso ante la Academia. Independientemente de cómo se haya interpretado esta frase a lo largo de los siglos, está claro que el estilo se ve aquí como diferencia, como singularidad, lo que nos remite a la idea de desvío, instalada por el estructuralismo en su tentativa de analizar el lenguaje poético.

 

Amado AlonsoLa concepción del estilo como personalidad del autor, asimismo, suele valerse de la idea de expresividad[4]. De esta idea nace la estilística del siglo XX, es decir, como estudio del lenguaje subjetivo o, en palabras de Bally, como «la observación puramente científica de las características afectivas del lenguaje organizado»[5]. Este interés por la emotividad es propio de la estilística idealista de Amado Alonso.

 

Aunque se presentaba a sí misma como estudio lingüístico de la obra literaria, para Portolés, hoy por hoy, la estilística idealista «hubiera pertenecido al ámbito de la psicolingüística, sociolingüística y pragmática, más que al de la lingüística pura»[6]. Sucede que Amado Alonso propone analizar el estilo de un grupo y no de un individuo. Dicho de otro modo, Alonso analiza «el contenido total de una expresión»[7] compartido por la comunidad lingüística, de lo que se deduce que, además de la significación u objeto significado, comprende su modo de representación, y en esto entran en juego tanto la estrategia argumentativa como la expresión de lo afectivo.

 

3 – De la gramática textual a la pragmática

 

Hasta hace pocos años se consideraba que el deseo de la estilística de estudiar toda la realidad del lenguaje bien podía concretarse. La vía que se vislumbraba era la de la gramática textual, al menos, según la aplicación de Albaladejo y García Berrio.[8] Esta vía no buscaba otra cosa que fundamentar lingüísticamente la retórica tradicional, pero como observa el mismo García Berrio, con el paso del tiempo los objetivos originales terminaron dándole paso a la pragmática literaria. Con todo, en esta nueva disciplina, nos alejamos una vez más de la lingüística interna para adentrarnos en el terreno de lingüística externa, representado en este caso por los actos de habla y la polifonía bajtiniana.

 

Por fuera de los estudios literarios, existe un libro de Vázquez y Aldea que puede explicar el rumbo actual de la retórica.[9] El libro, en efecto, tiene un capítulo dedicado a la «retórica del discurso publipropagandístico», en el que los autores aplican los clásicos conceptos de inventio, dispositio y elocutio al estudio de los anuncios publicitarios; sin embargo, el fundamento teórico que utilizan no es otro que el análisis pragmático del discurso. De este modo, como lo hizo antes en la crítica literaria, vuelve la pragmática a sustituir a la retórica como fundamento de análisis.

 

¿Y a qué se debe esta recurrente sustitución? En la propia historia de la retórica encontraremos la respuesta.

 

De enseñar a hablar bien, que es lo que hacían los griegos, se pasa a enseñar a escribir bien, que es lo que, en principio, hacían los romanos. Con ello, las acciones de memorizar y de pronunciar un discurso desaparecen, y la elocución comienza a dominar el resto del proceso.

 

La elocución (elocutio) es precisamente la puesta en palabras de los argumentos reunidos en la invención (inventio) y organizados en la disposición (dispositio), «precisando el tono general»[10], como diría Laborda. No hace falta memorizar ni poner en práctica el discurso a la hora de escribir. Así, la literatura sustituye al discurso inmediato, y la escritura, a la oratoria.

 

4 – Conclusiones

 

La tradición retórica plantea que existen palabras naturalmente apropiadas para lograr un efecto en el interlocutor, lo que equivale a decir que las palabras tienen de por sí un propósito exterior a la lengua. Bally sostiene que ese propósito surge de las «necesidades de la comunicación»[11], necesidades que se satisfacen cuando la lengua «permite transmitir el pensamiento con un máximo de precisión y un mínimo de esfuerzo para el hablante y el oyente»[12]. Es evidente entonces que, para juzgar un estilo, no sólo hay que evaluar el contexto en el que éste se desarrolla, sino que además hay que considerar los modelos textuales habilitados para actuar en ese contexto y, por sobre todas las cosas, la intención comunicativa que los determinan.

 

En suma, para poder explicar lingüísticamente el estilo es preciso que éste coincida con la explicación que se le da al tipo de lengua de la que aquél forma parte. De otro forma, aunque la identificación del estilo consista en observar peculiaridades y logros en la locución estudiada, el análisis será incompleto. La antigua gramática determinaba si era correcto o incorrecto el uso de la lengua, la lingüística moderna se desentiende de la cuestión, de modo que el estilo queda al margen de cualquier consideración gramatical. Sin embargo, hay que reivindicar su lugar en el estudio de la lengua, ya que detrás del estilo reside lo más importante del uso: lo que nos es útil para llegar a entendernos.

 

[1] Jonathan Swift. «Carta a un caballero recientemente ordenado sacerdote» en Obras completas, Chile, Ediciones Universitarias, 1999.

[2] Ibíd.

[3] Cita extraída de G. Lanson y P. Truffau, Historia de la literatura francesa, Barcelona, Labor, 1956.

[4] Véase el concepto de «expressiveness» en G. W. Turner. Stylistics, Londres, Penguin, 1973.

[5] Charles Bally, Traité de stylistique française, París, Klinckseck, 1951.

[6] José Portolés. Medio siglo de filología española (1896-1952), Madrid, Cátedra, 1986.

[7] Amado Alonso. Estudios lingüísticos. Temas españoles,  Madrid, Gredos, 1951.

[8] Tomás Albaladejo y Antonio García Berrio. «La lingüística en el texto» en Introducción a la lingüística, Madrid, Alhambra, 1983.

[9] Ignacio Vázquez y Santiago Aldea. Estrategia y manipulación del lenguaje. Zaragoza, Universidad, 1991.

[10] Xavier Laborda Gil, De retórica. La comunicación persuasiva, Barcelona, UOC, 2014.

[11] Bally, Óp. Cit.

[12] Ibíd. 


 

 

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