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Ignacio Fernández Candela
Lunes, 27 de febrero de 2017
En España hiede permanentemente lo político

Demasiada política parasitando de un pueblo permisivo

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En España ha surgido de la actividad política un inmenso tropel parasitario que ha arruinado a los ciudadanos.

 Un marasmo de políticos lucrados por su propia lucha de intereses y favoritismos contra los derechos y  los elementales beneficios de los ciudadanos que sostienen precariamente el país, esclavizados por  una explotación sin límite.

 

Durante décadas el germen de una corrupción galopante fue socavando la seguridad forjada con el trabajo y el sacrificio de un pueblo que luchó sin descanso por su propia libertad; libertad hoy en día arrebatada por una morralla de ingentes patanes que ha provocado un mal definitivo en la esperanza y el ánimo de millones de personas que contribuyeron  a levantar un país durante cuatro décadas para que, finalmente,  lo devoraran delincuentes sin escrúpulos tras las siglas políticas.

 

La corrupción se ha extendido  al ámbito jurídico gestándose un sistema que ha terminado atacando al pueblo, para beneficio de una inmundicia institucional promovida por cientos de miles de politicastros. Esos son los indudables culpables de una situación límite que podría desembocar en un desorden social, alentado por la desobediencia civil más que justificada con el ejemplo periódico de estas gentuzas que han convertido la política  en su vital remanente a costa del empobrecimiento de la mayoría.
 

En España hiede permanentemente lo político con una manada carroñera constituida por 445.568 elementos que viven a expensas de una sopa boba millonaria aportada por el sacrificio de una ciudadanía harta de ser explotada hasta en sus más elementales derechos. 300.000 políticos más que Alemania, con menos de la mitad de la población, hablan del estorbo nauseabundo de la piara política que está mantenida, con carácter vitalicio, en esta España de suma corrupción inaugurada por el impune Felipe González que instauró el robo, el saqueo sistemático, con beneplácito jurídico.

 

No deberá sorprender si sucediera. De incrementarse en la calle el descontento, se pedirán a gritos las guillotinas, la violencia abierta contra los causantes de los daños, la ira sin freno que saque en furibundas oleadas  a los responsables de la destrucción para ser linchados públicamente, con la demostración de que las paciencias rebasadas siempre buscan castigo. Se exigirá la  punición de los delitos  continuados que unos y otros encubren con una Justicia de charanga y pandereta en la que nadie confía y a la que se ha perdido todo respeto por el descaro prevaricador de algunos muy extraños y vergonzantes guardianes de la ley. Urdangarín es una gota que rebosa el vaso pero habrá más hasta que no haya mejor evidencia de corrupción que la justicia misma.
 

 

Proteger a 445.568 políticos de la ira popular lanzada en una fiebre de destrucción, sería misión imposible para 154.000 policías superados en número por las rémoras a las que habría que defender.  Del mismo modo, curar las heridas infligidas por el despierto odio de una horda de violencia popular, sería ardua labor para un escaso número de médicos, 165.597, insuficientes para atender a esta corrupción de politicastros junto a sus familiares y amigachos que viven del cuento de la Administración Pública en tanto millones de personas están en riesgo de pobreza incluso trabajando, eso sí, por míseros sueldos.

 

No habría policías suficientes ni médicos, tampoco bomberos, 19.854, que paliaran los daños de una rebelión masiva de millones de ciudadanos abocados a una ruina por la gentualla política que ha destruido toda esperanza de vivir con oportunidades que jamás regresarán.
 

Cuando la injusticia se acomoda visceralmente como un cáncer que extermina a la población, la Historia demuestra, indefectiblemente, que ante la presión de lo insoportable, los ciudadanos maltratados terminan tomando la justicia por su mano en un impulso de indignación desgarrada que acaba arrasando con los culpables de sus penurias.

 

Con toda esta pandilla cuatrera que vive de la desgracia de la mayoría saqueada mediante la imposición fiscal, la multa y la persecución, es de temer que también haya pocos magistrados para juzgar a un pueblo furibundo que un día decidiera desatar una violencia generalizada con la consigna de que no hay nada que perder. Nada que perder  salvo la dignidad por no defenderse de esos enemigos que se han nutrido de la honradez ciudadana para engañar y masacrar una España que jamás mereció a semejante chusma; ésa misma que seguirá perjudicando los intereses de todos hasta que, como el más agresivo de los cánceres, sea extirpado del más que sufrido cuerpo social… en sueños porque de esta pesadilla nadie está dispuesto a despertar. España es complaciente con sus verdugos.

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