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Alonso Pinto Molina
Lunes, 27 de febrero de 2017
la Vírgen María no era vírgen

Una cuestión de coherencia

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Hace unas pocas semanas surgió cierta polémica a raíz de que una monja, conocida por cualquier cosa menos por divulgar la religión que ella decidió adoptar libremente, hizo unas declaraciones algo sorprendentes en televisión.

Dijo que creía que la Vírgen María no era vírgen. La incoherencia es bastante evidente, y por ella misma no sería digna de un comentario al respecto. De hecho, yo no estoy en contra de que alguien vestida de monja (que no monja) salga en televisión a decir que la Vírgen no era vírgen a la hora de concebir a Jesucristo. Y no lo estoy por una sencilla razón: creo que los profesionales de la salud mental, y los trabajadores de los hospitales psiquiátricos, tienen derecho a un puesto de trabajo acorde a su vocación; por tanto, estoy en contra de que se esconda a sus clientes o enfermos potenciales. El motivo de estas líneas tiene que ver con ciertas reacciones que se han producido en las redes sociales. La división de opiniones no está separada, como pudiera pensarse, por creyentes y ateos, sino por cuerdos y locos. Por supuesto que los creyentes de la religión católica están en contra de dichas declaraciones, y los ateos a favor de la afirmación en sí; pero lo que llama la atención es que haya personas que aprovechen la ocasión para decir que los católicos que piden su excomunión vulneran la libertad de expresión de la monja y que no soportan la autocrítica. Aquí es cuando las personas sensatas, sean creyentes o no, se sienten extrañados y están en desacuerdo. La razón es clara, pero pondré algunos ejemplos.

  

Yo no soy vegetariano, pero sigo cierto régimen moral que intento no saltarme demasiado. Como carne, pero no oportunismo. Por eso intento no fingir estar de acuerdo con algo sólo para criticar algo con lo que estoy en desacuerdo. Si un vegetariano sale en televisión y dice que se chupa todos y cada uno de sus dedos después de darse un atracón de costillas de cordero, es muy posible que los vegetarianos lo critiquen. Lo que no haré será aprovechar esa crítica para decir que el vegeterianismo es una secta que no admite la libertad de expresión. Sigo en desacuerdo con los vegetarianos y en desacuerdo con el vegetariano que dice comer carne. No tengo por qué elegir entre estar de acuerdo con los vegetarianos y estar de acuerdo con la incoherencia.

  

Algunos no se han parado a pensar en la diferencia entre autocrítica e incoherencia. Un comunista puede decir que no le gusta la figura de Stalin, porque si bien es una figura del comunismo, no es un fundamento de la teoría comunista. Eso es autocrítica. Pero si un comunista sale en televisión pregonando las excelencias del librecambismo y asegurando que Marx estaba equivocado en sus  ideas generales, creo que todos estarán de acuerdo con que se le retire su carnet de comunista. Debo aclarar que tampoco soy comunista, como debo repetir que no tengo por qué elegir entre dos cosas con las que estoy en desacuerdo. Tampoco me hace falta ser musulmán para entender que se critique a una persona de dicha religión que promulga la esquisitez del cerdo. Si te gusta la carne en general, no te hagas vegetariano; si te entusiasma el capitalismo, no te hagas comunista; si te gusta el cerdo, no te hagas musulmán. Si perteneces a un partido político, puedes criticar al nuevo líder o una postura del partido ante una situación concreta; pero si criticas todos los fundamentos en los que se sustenta, quizás sea mejor que te convenzas: no crees en ese partido.

  

A pesar de los tópicos, la Iglesia es más libre y plural de lo que el mundo moderno y cinicoide se piensa. Puedes pertenecer a ella y ser vegetariano, como puedes pertenecer a ella y comer carne cada día; puedes ser comunista o capitalista, si bien la postura oficial de la Iglesia, a través de varias encíclicas, se halla equidistante de ambos sistemas; puedes ser abstemio o borracho, de izquierdas o de derechas. Curiosamente, en esta época tan democrática, liberal y tolerante, hay pocas instituciones que puedan decir lo mismo. Tan sólo, como cualquier otra institución, movimiento o partido, tiene unas normas básicas. Creer que Dios decidió nacer en una cueva como un pobre fugitivo, que decidió tener una madre, y que esta madre era vírgen en el momento del alumbramiento; creer en las lecciones de ese Dios que no tenía necesidad de padres, pero que decidió permitirse el lujo de tenerlos. Poco más. Si piensas lo contrario, no habrá nadie que te obligue a creerlo, y mucho menos a vivir como cura o monja. Pero cualquier persona con sentido común estará de acuerdo en que se les exija ser coherentes. Pueden expresarse libremente, siempre que sus palabras sean coherentes con aquello que han decidido aceptar libremente. Si critica puntos concretos, será autocrítico; si critica puntos esenciales, será incoherente. Y, por supuesto, si has decidido libremente consagrar tu vida a una religión cuyos dogmas conoces, y te haces popular por hablar en contra de esos dogmas, las personas que pertenecen a esa religión no se pronunciarán contra tu libertad de expresión, sino contra tu incoherencia. Si tu popularidad se debe al hecho de aumentar los tópicos negativos de aquella institución a la que perteneces voluntariamente, como hizo al hablar del carácter represivo de la Iglesia ante el sexo, es lógico que se pida que dejes de representarlo. Nadie esperaba que en un programa de televisión se ocupara de dar una lección de historia, hablando sobre aquellos cátaros que, influidos por el maniqueismo, a punto estuvieron de imponerse como religión en Occidente. No creo que a los espectadores les hubiera interesado saber que esa religión era contraria a todo lo corporal y material, y por supuesto al sexo y a la reproducción. Podría haber dicho que la Iglesia acabó con aquella religión que pretendía erradicar el sexo y la vida; podría haber dicho que la Iglesia siempre mantuvo una postura de equilibrio, condenando tanto la supresión del sexo como su banalización y saturación, y que eran los extremos los que veían ese equilibrio como el extremo contrario. Podría haberlo dicho, pero no. Porque estaba la audiencia. Y la audiencia quiere paracaidistas que digan que odian las alturas, monárquicos que digan que odian al rey, o republicanos que suspiren por uno.

  

Alguien puede acusarme de ser ordenado en exceso, de querer todo en su sitio. Me declaro culpable. Soy culpable de querer que los vegetarianos digan que no les gusta la carne, que los comunistas odian el capitalismo, y de que los musulmanes declaren que no comen cerdo. Y de que las monjas crean en la virginidad de la Vírgen. Llamadme loco.

   

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2 Comentarios
Fecha: Lunes, 3 de abril de 2017 a las 20:57
Alonso Pinto Molina
Gracias por comentar, Blanca. Creo que mi fallo no es que sea largo, sino que se te haya hecho largo. Eso si es un fallo por mi parte. Cualquier articulista podría decir lo que piensa sobre el núcleo del asunto que expone en un par de líneas, pero acude a la retórica para hacerlo algo más ameno y entretenido. En mi caso, siento no haberlo conseguido. Un saludo.
Fecha: Lunes, 3 de abril de 2017 a las 19:36
Blanca Miosi
Un artículo excesivamente largo para algo tan claro: No estás de acuerdo con la incoherencia de una monja que abraza una religión cuyo dogma es el misterio del nacimiento de Cristo: la virginidad de su madre.

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