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Carmen Panadero Delgado
Domingo, 26 de febrero de 2017
Todo el continente sufrió sus terribles efectos

LA PESTE

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Durante la Baja Edad Media, los países de Europa fueron escenarios de sangrientas e interminables guerras que contribuyeron al empobrecimiento general. Una de las más comunes armas de guerra eran las talas de arbolado y las quemas indiscriminadas de cosechas.

LA  PESTE

 

Trajeron consigo otras secuelas, como la despoblación de grandes extensiones de tierras. A todos estos males se unió en el s. XIV el descenso de la productividad agraria por agotamiento de los suelos de cultivo y por las adversas condiciones climáticas de todo aquel siglo, que desde sus comienzos registró temperaturas más bajas de lo normal y sufrió una acusada ola invernal. Las simientes brotaban muy tardías, los cereales mermaron, el trigo casi llegó a desaparecer.

 

Esta situación de escasez tan prolongada ocasionó, sobre todo en las ciudades, grandes hambrunas; lo dejan de manifiesto las Cortes de Burgos de 1345: "Hubo una gran mortandad de los ganados y, además, la simiente brotó muy tardía por el muy fuerte temporal de grandes hielos y nieves, de manera que las carnes están muy encarecidas". Un documento del monasterio de San Zoilo de Carrión (Palencia), en el año 1325 afirma que "en este anno que agora pasó non cogiemos pan nin vino nin cosa de que nos podiésemos proveer por raçón de la tempestad de elada e de la piedra e nublo e langosta que acaeció en este anno en la tierra". A lo largo de aquel siglo disminuyeron los excedentes y, con ellos, también las reservas biológicas de los pobladores de Europa, España incluida; y los organismos con deficiencias nutritivas eran potenciales víctimas de contagio en las epidemias.

 

A todo esto hay que añadir las nulas condiciones sanitarias, tanto de personas como de ciudades; solo las clases altas podían permitirse el uso de vidrios en las ventanas. Las clases modestas combatían el frío con la ausencia de ventanas (por tanto, también de ventilación) y durmiendo vestidos, incluso con gruesos tabardos que solían ser nidos de parásitos. En el campo, la población compartía techo y lecho con sus animales de labor para así aprovechar su calor natural, pero estos eran, asimismo, transmisores de enfermedades. En las ciudades, sus moradores se hacinaban tras un cinturón de murallas, en calles angostas y oscuras que convertíanse en vertederos sin fosas ni cloacas, donde animales callejeros y roedores se solazaban entre los desperdicios. En la mesa, el uso del plato individual era excepcional; las comidas se hacían tomando todos los comensales de una misma fuente o perol común, lo que favorecía la propagación de enfermedades contagiosas.

 

LA  PESTE

 

Y en estas circunstancias, hizo su aparición la peste como visitante inesperado y se propagó entre la población medieval norteafricana y europea. Todo el continente sufrió sus terribles efectos, pero en nuestra península los años más difíciles fueron 1310, 1335, el trienio de 1343 a 1346 y, claro está, el fatídico año 1348. El espanto invadió la Europa asolada por tan devastador mal, los reinos se sumieron en la ruina: Inglaterra perdió el 25% de su población, Escocia el 30%; Francia, Alemania e Italia, el 50%; peor aún la ciudad de Venecia, que vio morir a 70.000 de sus 100.000 moradores. En Tunez, durante la fase más aguda de la epidemia, llegaron a morir 1202 personas diarias.

 

Los primeros síntomas resultaban engañosos porque aquel funesto morbo  comenzaba como otras muchas enfermedades comunes: fiebre, escalofríos, malestar general. Tras esta breve fase, comenzaban los vómitos, mareos, vértigo y un sudor muy maloliente, hedor a paja podrida; la sed insaciable inducía al enfermo a consumir cantidades ingentes de agua, lo que originaba diarreas extenuantes. A continuación aparecían bultos en ingles y axilas, que se extendían luego por todo el cuerpo; eran las inflamaciones de los ganglios linfáticos, que podían alcanzar el tamaño de un huevo e incluso de una manzana común y a las que el vulgo llamaba bubones _"bubón" (del griego), bulto, tumor_, de ahí el nombre con que se conoció a la enfermedad: "peste bubónica". Estos bubones a veces se reventaban entre insufribles dolores, supurando con insoportable hedor, y aparecían manchas cárdenas extendidas por la piel.

 

Las sucesivas fases de la peste eran muy rápidas, de forma que una persona sana podía estar muerta cuatro o cinco días después y, a veces, incluso a las 48 horas. La aparición del primer bubón en una axila o en la ingle era indicio infalible de muerte. Pero esta modalidad de peste no era contagiosa de persona a persona, y surgía más en épocas muy calurosas, en tierras bajas y húmedas o en las costas. Solía coincidir con otras enfermedades propias del verano, como la malaria o el cólera, y en conjunción agravaban sus terribles efectos.

 

LA  PESTE

 

Durante los inviernos y con las bajas temperaturas, se extendía otro tipo de peste, cuyo cuadro clínico era casi idéntico al de la peste bubónica, pero cuyo bacilo pasaba de la sangre también a los pulmones, por lo que fue conocida como "peste pulmonar o neumónica", mucho más peligrosa y contagiosa que la anterior porque esta sí se transmitía entre personas y se propagaba, por tanto, con mayor facilidad. A los síntomas comunes se unían también la tos y los esputos sanguinolentos. Mientras la peste bubónica se llevaba a la tumba entre el 40 y el 70% de los contagiados, la peste neumónica se cobraba las vidas del 90% de los infectados.

 

Pero se dio, además, una tercera modalidad de peste mucho más espantosa y mortal que las anteriores: la "peste septicémica o peste negra". Esta consistía en una complicación de las anteriores, a cuyos síntomas se incorporaban delirios y hemorragias por todo el cuerpo del afectado, cuya piel se cubría de placas negras (de ahí el nombre). También se la conoció como "muerte negra".[1]

 

Desde largo tiempo atrás, por una intuición general a la que faltaban siglos para poder ser probada, se creía que la causante de la peste era la rata negra (Ratus ratus), por ello, cuando en las ciudades la veían campar entre los desperdicios, la tenían por precursora del desastre. No andaban del todo equivocados porque, si bien la rata no era el agente causante, sí era el primer agente propagador.

 

La pesteNo fue hasta finales del siglo XIX (1894) cuando dos científicos dieron simultáneamente, aunque por separado, con el origen de la enfermedad: el suizo Alejandro Yersin y el japonés Kitasato. Desde entonces se sabe que la peste es una enfermedad infecciosa producida por el bacilo Pasteurella Pestis, cuyos principales transmisores eran la pulga de la rata (Xenopsylla Cheopis) y la propia rata. Más tarde llegó a saberse que las pulgas parásitas de los roedores, al chupar su sangre, absorben con ella los bacilos. Al multiplicarse estos, obstruyen la trompa del insecto, que solo consigue reabrir el conducto al picar a otro roedor o al ser humano. No solo la rata es portadora del bacilo; otros roedores no domésticos lo son: ardillas, ratones, liebres, conejos, etc.

 

Para la propagación no solo son necesarios los agentes vivos, contribuyen también las condiciones climáticas (temperatura y humedad, sobre todo), pues la pulga de la rata solo puede vivir entre los 15º y 20º C. y en una humedad ambiental del 90-95%. La rata negra, portadora de la enfermedad, llegó a Europa en el s. XIV y desplazó a la rata común europea.

 

Nuevos caminos de llegada de la enfermedad abriéronse a través del comercio de marmotas entre Asia y Europa, muy intenso en la Edad Media, pues dichos animales solían hospedar a pulgas de ratas, y las caravanas comerciales las acercaban hasta el Mar Negro. Otra vía de llegada fue a través de los mongoles, que la propagaron con sus correrías asiáticas desde la región china de Yunnan (uno de los focos endémicos) hasta la de Alma Ata (en Asia central), y desde allí alcanzó Crimea cuando el Khan Kiptchak puso sitio a la colonia genovesa de Caffa, en 1347. La peste se cebó entre las tropas mongolas, y el Khan, para forzar la rendición de la ciudad sitiada, lanzó al interior con catapultas los cadáveres de los apestados; los genoveses que poco después abandonaron la plaza extendieron con sus barcos la plaga por los puertos mediterráneos de Bizancio, Sicilia e Italia, donde ya se dieron los primeros casos en ese mismo año de 1347; era la misma epidemia que en 1348 diezmaría la población de Florencia y que tan bien nos describe Bocaccio en el Decamerón.

 

LA  PESTE

 

España no se libró del azote en ese año; Julio Valdeón afirma que el primer muerto documentado fue en Alcudia (Mallorca) en marzo de 1348, seguido por los de Almería en mayo del mismo año[2]. Un texto de origen gallego nos refiere así: "... murieron en nuestra diócesis casi las dos terceras partes tanto de los clérigos como de los feligreses..." Un documento de enero de 1349, hallado en el monasterio de Santa Clara, en Villalobos (Zamora), se lamenta de la dificultad de encontrar peones para el laboreo de las tierras "por razón de las mortandades e trebulaciones que este año que agora pasó fue sobre los omes". Hay constancia de que, todavía en el año 1349, la peste seguía en todo su apogeo en Córdoba y en Sevilla. Al año siguiente moría, víctima del citado mal, el rey de Castilla Alfonso XI, durante el asedio de Gibraltar. Se repitieron las grandes mortandades en los años 1363, 1374, 1383, 1393-94-95.

 

Las epidemias de peste fueron origen de muchos hospitales, algunos  llamados popularmente "de los pestosos" o "de las bubas", como fue conocido el de Santos Cosme y Damián de Sevilla, levantado tras el brote del año 1383. En ellos no solo no se solía curar la peste, sino que se podía contraer "porque los enfermos podían ocupar camas peligrosas, por haber muerto antes en ellas enfermos de peste" (Philippe Contamine). Los primeros hospitales fueron de patrocinio eclesiástico, pero en el siglo siguiente cobraron impulso los de gremios y hermandades[3].

 

La sociedad medieval hallábase muy desprotegida ante tan grave mal porque, además de desconocerse los principios más básicos del contagio de enfermedades, ignorábase también el enorme alcance de la higiene en el control sanitario. En Europa, los escasos procedimientos médicos que se aplicaban databan de la antigüedad griega y se vivía por completo de espaldas a los importantes avances médicos de musulmanes y judíos, que en aquella época no se limitaban solo a ser depositarios de los saberes helenísticos y orientales. Únicamente en aquellos países en contacto con el ámbito islámico, como la península ibérica (al-Ándalus en especial), llegaron a difundirse las novedades científicas.

 

En Europa raros eran los casos tratados en hospital; lo más común era la visita del galeno a domicilio y, como en caso de epidemias estos no dieran abasto, la mayoría de los afectados se trataban con remedios caseros que circulaban de boca en boca. La técnica más generalizada era la sangría, que, al debilitar las defensas del paciente, aceleraba su fin.

 

En la España del siglo XIV, cuatro médicos hicieron notables aportes sobre la espeluznante plaga y escribieron tratados sobre el tema; tres de ellos eran musulmanes andalusíes, y uno, cristiano. Nos referimos a ben Jatima ("Descripción de la peste y medios para evitarla"), a al-Saqurĩ ("Información exacta acerca de la epidemia"), a ben al-Jatĩb ("Libro que satisface al que pregunta sobre la terrible enfermedad") y al leridano Jaime d´Agramunt ("Régimen de preservación de la pestilencia").

 

LA  PESTELa obra de ben Jatima, por su saber sobre la génesis, desarrollo y tratamiento de la peste es la más completa y acertada del s. XIV. Este médico almeriense supo ver ya el caldo de cultivo necesario para el desarrollo de la enfermedad: "... En Almería siguió persistente el clima húmedo y caluroso durante todo el verano y parte del otoño; la cercanía del mar procuraba mayor humedad que en otros lugares. Era un inconveniente fatal". Y añadía que "la experiencia demuestra que cualquier sano, si prolonga su contacto con un enfermo, acabará contrayendo la enfermedad". Recomendaba no tocar la ropa ni enseres personales del enfermo, debido a su experiencia acreditada en el zoco almeriense, sobre todo en el sector de compraventa de ropa usada, donde la mortalidad fue muy superior a la del resto de la ciudad. Con su observación se adelantó en siglos a las teorías sobre el contagio de enfermedades infecciosas y sus medidas profilácticas. También Jaime d´Agramunt _que, no obstante, murió de peste_, salvo algunos errores como achacar la enfermedad a alguna conjunción de planetas o a venenos de malvados hijos del diablo, supo relacionar las epidemias con la falta de higiene, con la humedad y altas temperaturas.

 

La peste no respetó fronteras, exterminó familias, arruinó ciudades, asoló países enteros, desertizó áreas extensas del continente... El contagio era repentino; los síntomas, espeluznantes; el desenlace, implacable y fulminante.

 

El pánico, el horror, la ignorancia y la superstición generaron un clima apocalíptico, en el que las gentes lo mismo se daban a vicios aberrantes que a heroicas abnegaciones y despiadadas penitencias. El ambiente no solo quedó reflejado en la Literatura de la época, sino también en la obra de pintores como El Bosco, Brueghel el Viejo y otros. Se creó un clima de muerte y hecatombe en el que los suicidios, el bandidaje, las persecuciones de judíos (a los que muchos fanáticos achacaban la epidemia), la intolerancia o _por el contrario_ la depravación de los clérigos, las largas procesiones de flagelantes y las enigmáticas Danzas de la Muerte contribuyeron a una histeria colectiva que parecía presagiar el Juicio Final.

 

[1] - "La Peste Negra", de Ángel Blanco Rebollo.- Diario El Sol, edit. Anaya, 1991.

[2] - "La Peste Negra: La muerte negra en la península", de Julio Valdeón Baruque.- Biblioteca Gonzalo de Berceo, Univ. de Valladolid.

[3] - Historia de España Tomo 9: La Baja Edad Media (Crisis y recuperación), John Lynch y VV.AA.- EL PAÍS, edit. Crítica, 2007.


 

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