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Juan José Fermín Pérez
Jueves, 16 de febrero de 2017
Publicidad en el siglo XIX

Drogas (I)

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A nosotros, los habitantes del siglo XXI, que tenemos prohibido el gluten, la leche con lactosa y –dentro de poco– el respirar demasiado oxígeno, nos sorprenderá saber que, en el siglo XIX, era normal utilizar ingredientes como la marihuana, la cocaína o la heroína para tratar las enfermedades.

Nos puede dar la sensación que nuestros tatarabuelos se pasaban el día revolucionados, como los tertulianos de Al Rojo Vivo cuando les visita Pablo Iglesias. Que rule ese cigarro de cannabis índica, don Eustaquio, y no haga apropiación indebida de esa botella de absenta.

 

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Tenemos que recordar en qué tiempo nos movemos. En 1880, aún viven abuelos que intercambiaron plomo con las tropas de Napoleón. Inventos que hoy damos por supuesto, como la bombilla, el teléfono o el automóvil están todavía saliendo de las mesas de diseño y necesitarán muchos años para llegar al gran público. ¿Nos estamos situando ya? A principios del siglo XIX, no existía la profesión farmacéutica,  ni tampoco una serie de leyes que garantizaran que todos los medicamentos puestos a la venta fueran seguros. Se usaba la experiencia acumulada y, en el caso de sustancias desconocidas, el emocionante método del “prueba y error”. No fue hasta 1843 cuando se creó la primera facultad de Farmacia, y se empezó a aislar y a comprender los principios activos de cada medicamento. Pero pasarían décadas hasta que se pudiese entender los peligros de la cocaína, la morfina o la heroína, y se encontrasen alternativas más seguras.

 

Apretaos en mi máquina del tiempo –esa mano abajo, pirata–, para pegar un saltito de 135 años, minuto arriba o abajo. Esquivamos a un cochero con prisas, y al pastel arrojado por su caballo, para acercarnos a un quiosco de prensa. Abrimos la revista La Ilustración Española y Americana, de 8 de Noviembre de 1880, y vemos esto:

 

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En principio, parece un anuncio inofensivo, aunque use el mismo idioma que habla Donald Trump. ¿Quién va a desconfiar de una medicamento llamado Mata Dolores? Pero ojito. Un poco de investigación nos desvela –imagina que esto te lo está narrando Gloria Serra, la presentadora de Equipo de Investigación, con voz truculenta– la escandalosa verdad. El señor Perry Davis nació en 1792, en Taunton, un pueblo de Massachusetts. Durante su primer medio siglo de vida fue pobre de solemnidad, y perdió cinco de sus siete hijos debido a la mala alimentación y a diversas enfermedades. Él mismo tenía una salud bastante frágil, y experimentaba con diversas sustancias para proporcionarse alivio. Así inventó su Pain Killer, en 1843. Hasta aquí, nada sospechoso. Sin embargo, cada botellita contenía un cóctel de alcohol y opio, tan potente y concentrado que se podía usar por dentro y por fuera, es decir, como jarabe y como pomada. Algo así mataba el dolor, desde luego. Y al paciente que no se anduviera con cuidado. Pero el Pain Killer fue un éxito, y su creador consiguió exportarlo a todo el mundo.

 

El opio se extrae de la adormidera, un tipo de amapola. Desde los días de Sumeria, hace cinco mil años, todas las culturas lo han ingerido, fumado, untado y –caso de los antiguos egipcios– usado en forma de supositorio.

 

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En el siglo XIX, el opio  o sus derivados, como la morfina, se incluyen en muchos medicamentos. El más célebre es el láudano, un licor de calor marrón, muy amargo, y tan potente que bastaban dos o tres cucharaditas para matar a un adulto. Por eso, muchas personas lo utilizaban para suicidarse. En dosis más razonables, aliviaba el dolor, la tos e incluso la diarrea. A finales de siglo, cuando se sucedían las epidemias de cólera, el láudano se utilizó como remedio, como demuestra este recorte, del diario La Lucha, de 11 de Septiembre de 1885:

 

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 Del cólera no iba nadie a curarse, por desgracia, pero con un lingotazo de alcohol, opio, morfina y codeína (que son los principales ingredientes del láudano), el enfermo contemplaba la vida de otro color. Fijo.

 

Sin embargo, el público no pudo ignorar los problemas asociados al consumo de opio o sus derivados, como la morfina. A partir de 1880, la publicidad de muchos medicamentos tranquiliza a los consumidores advirtiendo que NO incluyen esos ingredientes en sus recetas. Pero la gente sigue tosiendo, sigue teniendo dolores y sigue necesitando alivio en un mundo que aún no ha inventado los antibióticos ni las series de Netflix. Por eso, los laboratorios empiezan a buscar alternativas. En 1895, la compañía Bayer sintetiza una nueva sustancia a partir de la morfina, suponiendo que era más segura y menos adictiva, sin saber que creando una de las peores drogas del mundo: la heroína.

 

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En aquella época, la heroína se utilizaba en forma de jarabe, para aliviar los síntomas de la tos. Lo que nadie sabía es que la heroína se convierte en morfina al pasar por el hígado, causando todos los problemas asociados a esa droga, incluyendo una terrorífica adicción. Bayer dejó de fabricar la heroína en 1913, y países como Estados Unidos empezaron a prohibirla a partir de los años veinte.

 

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Como comentábamos en el artículo anterior, el cannabis también tenía aplicaciones terapéuticas. Aquí encontramos un ejemplo extraído de El eco de la provincia, de 11 de Abril de 1883:

 

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El cannabis se ha empleado con fines medicinales, religiosos –y, probablemente, recreativos– desde la Prehistoria. El biólogo francés Jean Lamarck, en 1783, clasificó las plantas de cannabis en dos tipos. El Cannabis Sativa, que se cultivaba en Europa, adecuado para la fabricación de fibras y tejidos; y el Cannabis Índica, de origen hindú, que destacaba por sus mayores propiedades psicoactivas. Encontramos referencia a éste último en muchas recetas publicadas a lo largo del siglo XIX, ya sea fumado, ingerido o usado como cataplasma. Por ejemplo, en la revista Clínica, de 5 de Marzo de 1863, se recomienda:

 

Para calmar los dolores reumáticos, que son rebeldes generalmente a la acción de los diversos medicamentos empleados, Mr. Grimault indica el heroico uso, en ciertos enfermos, de las fricciones practicadas sobre las partes doloridas con el aceite de cáñamo indio. Después se cubre la parte con una capa de algodón en rama y el todo con un pedazo de tafetán gomado.

 

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Ya estamos bastante puestos –en el tema– por esta semana. Para la próxima, hablaremos de la cocaína.

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