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Valdemar Ramírez Loaeza
Sábado, 11 de febrero de 2017
POBREZA Y COMICIDAD

NOSOTROS LOS GUAPOS

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Noticia clasificada en: Televisión

Sí, es de Televisa. Sí, es una burla a la clase media-baja (más baja que media), pero hasta ahora, es una burla bien hecha, desde el humor y sin denigrar a nadie. El título de la serie parece ser una parodia de la película icónica “Nosotros los pobres”, protagonizada por Pedro Infante en 1948.

NOSOTROS LOS GUAPOS

 

Los protagonistas representan dos tipos de trasportistas que efectivamente existen en la mancha urbana Ciudad de México-Estado de México. El primero es El Vítor (Adrián Uribe), más chilango que el otro. Pertenece a esa generación de microbuseros que aún prefieren la música tropical por sobre otros géneros, para sobrellevar su rutina de manejo. Por eso su grito imita al ornato que hace el vocalista del grupo Cañaveral, que a su vez parece imitar al canto de algún ave (“¡huipipipí!” se convierte en “¡pipipipí!”). Así, hace de ese recurso de grupo musical un signo de identidad, que incluso resulta inimitable para su compañero.

 

Destaca su peinado de rocker de los años ochenta fuera de lugar, su peine inverosímil, su pantalón entubado y su habla cantadita de barrio bajo. No terminó la secundaria, razón por la cual se ve obligado a trabajar de lo que se pueda.

 

El segundo protagonista es Albertano (Ariel Miramontes), que parece extraído del Estado de México, más específicamente de las zonas urbanizadas rodeadas de ambiente rural (Cuautitlán, Izcali, Tultitlán, Texcoco...) y que por razones laborales se conectan con la Ciudad de México. El actor era conductor de programas de música antes llamada “grupera” y hoy clasificada como “regional” (?): derivados de la música norteña y de las bandas de viento (banda MS, la Trakalosa, Los Recoditos, etcétera).

 

En el primer capítulo ambos buscan vivienda para rentar y así es como comienzan a vivir juntos, incluso a trabajar juntos. Albertano queda como cobrador (la persona que ayuda al chofer de transporte público cobrando los pasajes, anunciando la ruta a gritos, abriéndole paso entre los demás automóviles), pero cuando se da cuenta de que Vítor quiere pagarle una miseria, consigue su propio microbús (obviamente ninguno de ellos es dueño de la unidad que maneja). Ahí comienzan las carreras (que se dan en la vida real) para arrebatarse los pasajeros. Es épica la expresión de lamento de Vítor cuando Albertano le gana una pasajera, después de darle el clásico “cerrón” con su camión: “¡Me la ganó el maldito! ¡Y estaba bien bizcocho!”

 

Su rivalidad no dura, porque sufren un accidente que deja las unidades inservibles. A partir de ahí buscarán juntos cómo sobrevivir: en un episodio intentan ser payasos y se enfrentan al infierno que puede ser una fiesta infantil; en otro, tratan de volverse mariachis, sin saber tocar instrumentos ni cantar. Apenas logran formar un grupo con otros vecinos en situaciones similares, “haciendo playback”, y terminan su fugaz carrera artística siendo perseguidos a balazos. Lo mismo se vuelven “emprendedores”, al intentar un medio de transporte público que imita al turibús, se alquilan como chambelanes para una celebración de quince años o, incluso, incursionan en la política como candidatos a jefe de manzana (cada quien con su propio partido político).

 

A lo largo de cada capítulo los protagonistas desgranan sus desaciertos verbales y sus confusiones por ignorancia, sin que la producciín se convierta en una monótona serie de “gags” inconexos, y hay que decir que ambos suenan espontáneos (tal vez Albertano un poco más que Vítor). Es evidente que cada uno de los actores, desde hace ya tiempo, se ha tomado la molestia de averiguar cómo habla la gente a la que parodia. Sus expresiones y su mala dicción son enriquecidas constantemente, y eso es lo mínimo que se espera de aquel que vive de imitar.

 

Cabe destacar que esta serie retrata una realidad social más: no se sabe que los personajes tengan esposa o hijos, a pesar de su edad. Eso es una gran fortuna, porque si tuvieran al menos novia, la serie seguramente incluiría a la insufrible Consuelo Duval, cuyo personaje Nacaranda sí es absolutamente denigrante para aquellos a quienes los pudientes llaman “nacos” (pronto tendremos un artículo sobre este término, tan usado en la televisión mexicana como absurdo).

 

La casera que les renta la casa, más que lucrar, los ayuda como puede en su búsqueda laboral. Es interpretada por Carmen Salinas, quien haría bien en no volver a mezclarse en política y atender lo suyo, que es la comedia ligera. Por último está la mujer joven que vive con la casera, razonablemente piropeada por los inquilinos, sin que su cortejo se convierta en acoso (esa línea tan delgada en la cultura mexicana).

 

Esperemos que el perfil de las serie siga por esos derroteros, y que los personajes continúen con esas preferencias musicales, porque un poco más actualizados oirían esos dos excrementos que inundan los oídos mexicanos: reguetón y movimiento “alterado”.

 

 

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