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Juan José Fermín Pérez
Viernes, 10 de febrero de 2017
Publicidad en el siglo XIX

Esas toses

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En las publicaciones de finales del siglo XIX, abundaban los anuncios relacionados con la salud. Los boticarios promocionaban productos que ellos mismo solían elaborar, tan fiables como un político cuando promete una bajada de impuestos.

Fíate y no corras. Algunos de estos compuestos eran placebos, otros incluían ingredientes que están prohibidos en nuestro tiempo, como la cocaína, y sólo unos pocos proporcionaban alivio. La ciencia médica estaba razonablemente avanzada en las décadas de 1880 y 1890, pero aún no se habían descubierto los antibióticos. Eso era un problema muy serio, porque las fábricas demandaban más y más mano de obra, y miles de personas se trasladaban del campo a las ciudades, compartiendo sus gérmenes con todo el mundo. Enfermedades casi erradicadas hoy, como la tuberculosis, el cólera o la viruela, arrasaban el país con bastante frecuencia, y no respetaron ni al mismísimo Alfonso XII (lo mató la tisis). Las únicas herramientas para combatir esas epidemias eran la prevención y, una vez declarada la enfermedad, el alivio de los síntomas.

 

Veamos un recorte del periódico El día, publicado en el 9 de Noviembre de 1887:

 

Publicidad en el siglo XIX

 

El texto de la imagen puede ser tan complicado de leer como la letra pequeña de mi contrato de ADSL. Por eso voy a extraer las frases que tienen más chicha:

 

“[…] durante la última decena del pasado Octubre […] el total de enterramientos fue de 602 […] De las 602 defunciones, 378 fueron producidas por enfermedades no infecciosas, y las restantes 224 por enfermedades infecciosas y contagiosas.

La fiebre tifoidea, la difteria y la viruela son […] las que mayor contingencia han dado a la cifra de mortalidad […]

El mayor número de fallecidos era menor de tres años, 214 individuos, y es digno de especial mención […] que de las 602 defunciones, 102 recayeron en personas de más de sesenta años, de las cuales aún había 12 que pasaban de ochenta.

¡Y luego dirán que no se alcanza en Madrid longevidad!”

 

Lo que acabamos de leer tiene miga. En un periodo de diez días, se produjeron 602 muertes en Madrid, lo cual no es muy escandaloso tratándose de la capital del reino. Sí resulta alarmante, en cambio, que más de un tercio de esas muertes se debieran a enfermedades infecciosas. Según los datos que maneja el Instituto Nacional de Estadística, hoy en día, los fallecidos por esa causa apenas alcanzan el 1,5%. También observamos un dato siniestro, el de la mortalidad infantil. Uno de cada tres difuntos es un niño menor de tres años.  A pesar de que los números son terroríficos, desde nuestro punto de vista, el redactor de la noticia se congratula de la longevidad que gozan los madrileños. O es un cachondo, o nos está insinuando que ha conocido tiempos mucho más oscuros.

 

Hagamos un ejercicio de imaginación. Estamos en algún momento entre 1880 y 1899. Son los años del Salvaje Oeste, con pistoleros intercambiando tiros en Ok Corral, mientras  Buffalo Bill arrasa con sus espectáculos de circo. Las potencias europeas se han repartido el pastel africano en la conferencia de Berlín, dejando muy bien plantadas las semillas de la Primera Guerra Mundial y  un colonialismo que salpicará de sangre todo el siglo XX. Pero el pueblo confía en el progreso, y aplaude la inauguración de la Torre Eiffel, de París, y la Estatua de la Libertad, de Nueva York. En Londres, Arthur Conan Doyle se ha inventado un personaje llamado Sherlock Holmes, mientras Jack el Destripador juega con los órganos de internos de varias prostitutas. ¿Estamos ya metidos en el papel? Bien. Tenemos un poquito de tos –cof, cof–, pero el Frenadol aún no se ha inventado. Nos toca ir a la botica, qué remedio, a soltar los cuartos. ¿Qué podríamos comprarnos?

 

Podríamos probar estas pastillas, por ejemplo, anunciadas en el número 7 de la revista Caras y Caretas, de 19 de Noviembre de 1898:

 

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Parecen prometedoras, aunque no hayamos sido capaces de averiguar quién es el doctor Puy ni qué principio activo contienen sus pastillitas. El boticario nos lee la cara, y como está deseando hacer caja, nos planta una alternativa en el mostrador:

 

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El anuncio pertenece al Diario de Córdoba, del 1 de Enero de 1890. Podríamos pensar que el señor Ayer es un invento publicitario, porque somos así de desconfiados, pero no. El doctor James Cook Ayer fue una persona real,  un farmacéutico estadounidense, nacido en 1818.  No se conformó con trabajar en una pequeña botica, no. Su estilo era hacer las cosas a lo grande, y por eso montó la mayor fábrica de medicamentos de su época. El pectoral de cereza (Cherry Pectoral) fue una de sus primeras creaciones, y se fabricó durante un siglo, desde 1841 a 1943.  Además de patentar otros jarabes, como el de zarzaparrilla, el doctor Ayer se introdujo con éxito en otros negocios, desde la edición de almanaques al diseño de fortalecedores capilares, lo que le permitió acumular una fortuna de más de veinte millones de dólares.

 

¿Pero qué contiene su famoso Pectoral de Cereza? Al que me conteste “¡cerezas!”, que se arrodille en una esquina durante cinco minutos, de cara a la pared. Por listo o por lista. Según el libro (toma aire si pretendes leerlo en voz alta) Enciclopedia Farmacéutica o diccionario general de farmacia teórico práctico, de 1891, este remedio contenía acetato de morfina, que un texto de 1835, el Boletín de Medicina y Cirugía, juzgaba en estos términos:

 

“en seis [pacientes] su administración ha sido seguida de síntomas de envenenamiento […] un tratamiento tan audaz debe emplearse con la mayor prudencia, y sería una temeridad ensayarlo en niños de tierna edad”.

 

El boticario sigue leyendo nuestras expresiones. Bueno, si nos preocupa envenenar a nuestros hijos, nos dice, podemos usar esto:

 

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El anuncio fue publicado en la revista La Ilustración Española y Americana, el 30 de Abril de 1884. La codeína es un compuesto que se obtiene del opio. Puede aliviar la tos, en efecto, pero no está libre de peligros. El organismo convierte parte de la codeína en morfina, una droga que puede afectar al cerebro y a los pulmones, además de causar dependencia. No parece la sustancia más adecuada para tratar un resfriado infantil.

 

El boticario parece impacientarse. Se le está acumulando la clientela, y nosotros estamos poniendo en duda sus mejores productos. Del tabaco no desconfiaremos, nos pregunta, porque todo el mundo conoce de sobra sus efectos terapéuticos y sus nulos efectos secundarios, ¿no?:

 

Esas toses

 

El anuncio pertenece a La Ilustración Española y Americana, publicada el 30 de Junio de 1888. A nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, se nos tuercen los ojos del susto. Se nos olvida que, hace menos de treinta años, fumaban hasta los médicos mientras impartían consulta. No es raro, por  lo tanto, que se le diera uso medicinal al tabaco hace más de un siglo. Es un tema del que hablaremos en nuestro próximo artículo. De momento, para no ser asesinados por el boticario, decidimos llevarnos lo siguiente, que aparece anunciado en la misma página que los cigarrillos Espic:

 

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Y que Dios nos pille confesados. 

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