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Ignacio Fernández Candela
Domingo, 5 de febrero de 2017
Una debacle fraguada por sinvergüenzas de toda índole

Balance decadente de la España democrática

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  Si bien es cierto el desorden caótico en que está sumido el mundo actualmente, cuando contemplamos el pasado aún hallamos veracidad en la intención constructiva a pesar de los múltiples problemas que se debieron salvar.

Existía una disposición sana de valor moral y una actitud de progreso forjada en la solidaridad de los pueblos y el carácter humanista de la cultura del progreso, considerando a los ciudadanos como poseedores de soberanía implícita que trascendía la política bajo las premisas democráticas en libertad y procurando el entendimiento entre ideologías. Esto era así en Europa antes de que asistiéramos a la aberrante proyección globalizadora que ha convertido el orden y el concierto de antaño en un totum revolutum multiculturalista cuyas consecuencias, las graves y determinantes, aún están por suceder.  

 

   Al menos los países europeos pueden contemplar con orgullo el transcurso de estas décadas pasadas, antes de que irrumpiera ese irresponsable  afán por borrar la identidad de cada país con una avalancha migratoria, tan descontrolada como presumiblemente provocada por intereses oscuros que parecen apuntar a una mano negra de la especulación sin escrúpulos que pertenece a George Soros, el instigador visible pero discreto de un nuevo orden mundial pagado a golpe de talonario multimillonario.  Sin embargo, con todas las miserias de la actualidad que convierten a los ciudadanos en extraños de su propio país, Europa posee una historia de orgullo edificante al que referirse nostálgicamente por  una identidad forjada con voluntad solidaria.

 

   ¿Pero qué sucede con España? A tenor de las informaciones con carácter retroactivo que resumen una era constitucional, este país nuestro estaba institucionalmente basado en una farsa orquestada por una corrupción de alto nivel que ha afectado desde siempre al ámbito político, económico, financiero, empresarial, jurídico y hasta cultural. Un amplio despliegue de redes corruptas que han actuado con absoluta impunidad explotando a un pueblo que ha sido tratado como un pelele, sometido a los caprichos de los poderosos que acumulaban la inmundicia robando a destajo y manipulando las vidas de este experimento social conjunto denominado Constitución. Inmundicia traducida en sucia riqueza que ha pagado durante décadas la traición de un esmerado país cuyos habitantes han sido manipulados grotescamente, para sumirlos en un sueño de falsedades y despertarlos en una pesadilla de incertidumbre, precariedad y desequilibrio generalizado que actualmente implica una beligerancia creciente con un futuro incierto y desalentador. Una debacle fraguada por sinvergüenzas de toda índole que han delinquido auspiciados por el relativismo moral, el encubrimiento en reciprocidad y el reparto de trapos sucios blanqueados desde el poder jurídico.  Si ya era una sospecha, comprobamos una justicia distinta para proteger a los poderosos y otra aparente que cumple un papel hipócrita, sojuzga al ciudadano de a pie que ve recortada su libertad cuanto más se descubre la infame teatralidad de este esperpento denominado España democrática de los cuarenta años.

 

   Las problemáticas actuales, sus incisivas consecuencias sin fin,  no son fruto del desarrollo de fortuitos acontecimientos, sino la nefasta cosecha de sembradores sin escrúpulos; la cizaña histórica de una democracia que fue mientras se pudo disimular el carácter totalitario de un grupúsculo de influyentes forajidos que ha arruinado un país cuyos hacendosos explotados no merecen el trato que se soporta con resignada y silenciosa repleción.

 

  La juez Mercedes Alaya no ha querido silenciar más la evidencia y ha denunciado la corruptela política que somete el criterio de la Ley por la protección de hechos delictivos perpetrados desde siglas políticas. La impunidad existe si se pertenece al tinglado que se montan los gobernantes para asegurarse una protección judicial que atropella la independencia de los jueces. Una mafia estamental pagada para amedrentar a togados y disimular la limpieza de criterio que está siendo manipulado desde las más altas instituciones que estafan al país.

 

Estupefacto conocedor de lo que se supone la flor y nata de nuestra sociedad afirmo que nadie se libra de esa podredumbre orquestada desde la cúspide omnipotente de lo institucional, transformada en bastión de sinvergüenzas y facilitadores de prebendas a costa del erario público, financiado con el oprobio de una violencia impositiva sin contraprestaciones; violadores de la seguridad económica y jurídica de millones de habitantes de este país al que han coartado las libertades; minoradas a medida de las miserias creadas por  influyentes malhechores que rigen con cetro y corona el submundo delicuescente. Un submundo atroz y descarado que  terminó por emerger y afectar nuestras vidas, obligados a contemplar con indignación la perspectiva de supervivencia personal y colectiva.

 

  Los problemas de la disgregación territorial, de la deuda pública, del recorte de bienestar, de la estafa multitudinaria; de la justicia infame, de la reversión del orden moral, del abuso continuado y sin freno robando las reservas económicas de los ciudadanos atropellados por la imposición pecuniaria-ya sea por impuestos abusivos o la arbitrariedad de las multas- son el resultado de una estafa consumada durante cuarenta años. Las reglas constitucionales convertidas en patente de corso con libre interpretación para encubrir la fechoría de máximo nivel, dejan un balance falsario hundido en la decadencia más visceral de la que solo saldremos drásticamente cuando ya se haya agotado la paciencia del soberano pueblo.

 

  Porque históricamente tendemos a resarcirnos de nuestros desórdenes, cuanto más el de hoy en día donde nada de lo aparentemente construido ha sido sano ni altruista. No hay valor moral sobre el que recordar esta España democrática salvo el de sus víctimas injustamente tratadas y entregadas a la traición por sus muy respetados y sobrevalorados forajidos, institucionalmente parasitarios.

 

   Un balance decadente para una España que nunca fue lo que engañosamente nos han hecho creer y que se enfrenta a un proceso autodestructivo con la incertidumbre como única certeza de futuro. España está vaciada. Cuarenta años han dado mucho de sí para agotarla… así como a  su meritoria e inexplicable paciencia. 

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