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Beatriz Fiotto
Domingo, 5 de febrero de 2017
consumimos imágenes indiscriminadas por su valor ético o comercial

La imagen ausente

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Noticia clasificada en: Fotografía

Si algo no falta hoy  parecería ser el acceso a verlo todo en esta hipermodernidad  donde las pantallas parecen abiertas a mundos infinitos a los que accedemos con un botón o un deslizamiento digital, mediando entre nosotros y el mundo. Así de amplio e indefinido ese mundo.

"Saber que nos perdemos como el río

y que los rostros pasan como el agua"

J.L. Borges

 

“La gente suele hablar de la frescura de la visión, de la intensidad de ver algo por primera vez, pero la intensidad de ver algo por última vez es, creo yo, superior. (...) Lo visual es siempre el resultado de un encuentro irrepetible.” 
John Berger

 

 

Paradójicamente dos fenómenos aparentemente opuestos tienen lugar: Por un lado, se vuelven espectacular la muerte, la guerra, la violencia. Quedan de este modo enmarcadas en los parámetros del entretenimiento, el impacto visual o el bombardeo de imágenes indigeribles en su fugacidad. Así, consumimos imágenes indiscriminadas por su valor ético o comercial.

 

Comienzo aquí a pensar que esas pantallas son filtros, vallas, barreras que no nos permiten aprehender aquello que muestran. Como en una ensoñación de la que despertamos sin recuerdos, pasan sin poder reaccionar ante ellas. Inscribiendo ese gesto como respuesta al consumo, en este caso de imágenes.

 

Verlo todo para no ver nada, fotografiar todo para que nada quede, mostrar para que no se conozca.

 

Dice Joan  Fontcuberta[1]:

 

"Con la hipermodernidad se artistiza el mundo que nos rodea, creando emoción, espectáculo, y entretenimiento, pero también universalizando una cultura popular que es inseparable de la industria comercial y que posterga el canon hegemónico de cultura ilustrada. Sumergidos en el hiperconsumo que se obsesiona por novedades cada vez más efímeras (neofilia), invadidos por las nuevas tecnologías que ponen a nuestro alcance medios de comunicación a la carta, rendimos culto a las imágenes y a las pantallas"

 

Por otro lado, el otro fenómeno simultáneo a este bombardeo, es que participamos del tabú de ciertas imágenes, de la ausencia deliberada de determinadas escenas que son borradas sistemáticamente, no registradas.  Escenas de una realidad que sólo se muestra como ficción o espectáculo para que digamos. "eso no es real, es una puesta en escena, nadie muere en cámara". O quizás sólo los "nadies" mueren frente a la  cámara.

 

"El crítico de cine Serge Daney quedó impresionado durante la guerra del Golfo por las retransmisiones efectuadas desde las cámaras incrustadas en bombas "·inteligentes" que mostraban toda la trayectoria balística hasta el impacto final. Pero esa espectacular estética de videojuego escatimaba al espectador el horror de los estragos y el sufrimiento de las víctimas. Daney presagió entonces que entrábamos en la era de las imágenes ausentes, de las imágenes que no estaban. Y es cierto que desde una perspectiva política se produce una sustracción de aquello vedado a nuestra mirada. Por ejemplo, no hemos visto ni a los presos de Guantánamo ni el cadáver de Bin Laden: las mal llamadas "razones de Estado" justifican ese déficit. Pero esta inhibición o interdicción de la imagen se extiende a muchas otras esferas de la vida en las que la cámara  no es bienvenida, y serían esos intersticios a los que conviene prestar atención preferente. Desde esa perspectiva la hipervisibilidad sería tan sólo una hiperhipocresía."[2]

 

Así, por exceso o por defecto,  se vuelve homogénea la mirada que resbala sobre la marea de imágenes.  Nada irrumpe.  Nada que pueda perturbar ese mirar sin ver.


[1] Joan Fontcuberta en "La Furia de las Imágenes" notas sobre la postfotografía Ediciones Galaxia Gutenberg

[2] Joan Fontcuberta. Idem.


 

 

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