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Antonio Ramos Maldonado
Domingo, 5 de febrero de 2017
Fábula

EL MONSTRUO QUE TUMBABA ÁRBOLES

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Noticia clasificada en: Ciencias

Como se trataba de una fábula, los árboles dibujados en las cartillas tenían rostro y un par de ramas a los lados en forma de brazos con sus respectivas manos.

EL MONSTRUO QUE TUMBABA ÁRBOLES

 

      En los colegios visitados por  José Cuéllar, éste también repartía a los alumnos cartillas divulgativas cuyo contenido se refería al medio ambiente. Algunos de estos contenidos estaban escritos en la modalidad de cuentos infantiles con dibujos, cuyos protagonistas eran los animales y las plantas. Después de entregarle a cada uno las cartillas, les pedía que leyeran de uno en uno, cierta cantidad de páginas.

 

     El primer alumno en leer, se refirió a la conversación sostenida entre unos árboles y varios animales que habían llegado a esta parte del bosque atraídos por el alboroto formado por una oropéndola que, al ir volando del otro lado del río, alcanzó a ver a un hombre que derribaba con una motosierra unos árboles en la orilla del río.   “Es un monstruo que derriba árboles  y produce un ruido ensordecedor. Pronto estará de este lado del rio y no dejará un solo árbol en pie”, decía, temblando de miedo, la oropéndola.

 

     Como se trataba de una fábula, los árboles dibujados en las cartillas tenían rostro y un par de ramas a los lados en forma de brazos con sus respectivas manos.

 

     La oropéndola llegó a su nido y comenzó a llamar a los animales del bosque a fin de ponerlos al tanto sobre lo ocurrido. Ella tenía la cabeza asomada en la abertura del nido, situada ésta en la parte superior de la mochila. Las demás oropéndolas también estaban asomadas en sus mochilas y prestaban atención a lo que se decía.

 

      Otro alumno, el segundo en el orden de acuerdo a su posición en los pupitres, continuando con la lectura, expresó:

 

     La oropéndola dijo: “Si cortan los árboles de esta zona nos destruyen a todos, dejaremos de existir; no podremos pensar en mudarnos, pues todos los árboles del sector tienen dueños, cada uno es defendido por sus habitantes.”

 

     En los animales había alteración debido a que la amenaza era sumamente grave, y una vez procediera el monstruo a derribar el bosque de este lado del río, podría decirse que el fin había llegado, se les escuchaba decir a todos.

 

EL MONSTRUO QUE TUMBABA ÁRBOLES

 

      Otro alumno leyó:

 

     “Este monstruo derriba hasta veinte árboles de los más gruesos, en un día; éste no es el monstruo del hacha, es el de la motosierra, también cruel y despiadado pero más rápido”, dijo una ardilla desde la puerta de su vivienda en lo alto de un árbol; había otras ardillas distribuidas en las ramas, conversando entre ellas, analizando la situación.

 

     El árbol donde estaban las ardillas habló: “Si tomaran conciencia del daño que se ocasionan a sí mismos al derribarnos, se llenarían de horror. ¿Por qué no derriban árboles muertos o moribundos, cuyos troncos son más gruesos y más firme la madera?”

 

    Otro alumno leyó:  

 

    Una culebra que colgaba de una rama de este árbol que había tomado la palabra, pidió la atención para decir: “Señores, señoras, ¿quién me indica la ruta para llegar hasta donde se halla ese monstruo; les aseguro que con una sola mordida que yo le dé, con una pequeña porción de mi veneno, lo paralizo y no vuelve a cortar más árboles.”

 

    Otra de las oropéndolas que dijo llamarse ‘Orocolgante’ y que también había visto al monstruo, se ofreció a guiarla: “Yo te guío”, expresó y salió volando sin mucha prisa, deteniéndose entre ramas cercanas a fin de que la culebra no la perdiera de vista.

 

     Otro alumno leyó:

 

      Un árbol de ramas trenzadas en señal de su comportamiento rebelde, dijo: “Nos derriban como si ellos nos hubieran sembrado; estamos aquí desde hace cincuenta años, otros llevan hasta doscientos y se mantienen en pie desempeñando de manera gratuita sus funciones en beneficio de todos los animales. Nunca se ha oído decir que hayan condecorado a un árbol por sus beneficios prestados a los demás seres; sin embargo, han condecorado al animal llamado hombre que usa con destreza el hacha y marca récords derribando árboles. ¡Cuánta brutalidad!”

 

     Desde otro lado, otro árbol gritó: “Es cierto; realizan competencias de hacheros y recibe el premio quien más árboles derribe. Es como si nos odiaran; ¿qué mal les hemos ocasionado?”

 

     Otro alumno leyó: El árbol más viejo del territorio tosió, y todos los demás árboles y los animales, que habían estado en conversación permanente desde cuando se supo lo del monstruo que derribaba árboles, guardaron silencio repentinamente, sabían que la máxima autoridad, considerado un sabio y próximo a cumplir  cuatrocientos años,  iba a tomar la palabra.

 

     Otro alumno leyó, refiriéndose a lo que decía este árbol viejo:

 

     “Los animales llamados humanos, también llamados terrícolas cuando poseían cola, se olvidaron de que ellos vivieron en los árboles de la manera como ahora siguen viviendo otros animales; desde un principio nos utilizaron como vivienda y como alimento; son unos desagradecidos; se han olvidado de que primero fuimos nosotros los árboles y después fueron ellos; es decir: nosotros terminamos convirtiéndonos en ellos, obviamente pasando antes por otras clases de animales; cuando ellos, gracias a nosotros, aparecieron sobre la tierra, ya nosotros estábamos aquí y seguimos aquí; desde entonces todas las demás criaturas nos han utilizado de una u otra manera; deberían llamarnos sus madres a los más jóvenes y abuelas a los más viejos; eso hemos sido para ellos.

 

     Los animales humanos-científico nos consideran seres vivos en razón de que poseemos estructuras similares a las de ellos. Hoy les voy a hablar de la similitud entre las células vegetal y animal. Aunque ya algunos de ustedes saben esto, pero me gustaría recordárselos para que vean lo animal que son los humanos.  Todos los seres vivos tenemos un funcionamiento básico similar en cuanto a nuestros procesos celulares y bioquímicos elementales. Todos estamos compuestos esencialmente por los mismos elementos químicos: carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno y fósforo. Todas nuestras células presentan las mismas biomoléculas  en su conformación básica: azúcares, grasas y proteínas. La información hereditaria de todos los organismos vivientes, desde una bacteria hasta una ballena, es responsabilidad  de las mismas moléculas, ADN y ARN, y el código genético funciona igual para todos. Todas estas características elementales compartidas por todos los seres vivos nos muestran que provenimos de un antepasado común. Ya sabemos que nuestro organismo está formado de células, que a su vez son elementos vivos. Se puede considerar la célula una máquina, un laboratorio, y si somos un conjunto de células, los árboles somos eso, una máquina, un laboratorio, una planta.  El núcleo de las células coordina los procesos metabólicos, la reproducción y la herencia, por lo cual se considera el centro de control de éstas. Los organelos se comportan como obreros en una fábrica o planta, y no faltamos a la verdad si decimos que piensan y se comunican entre ellos. Nosotros pertenecemos al tipo de las eucariotas, que tienen núcleo definido rodeado por una membrana donde se almacena el material genético. Y digo pertenecemos, porque, como dijimos antes, somos células que, en su totalidad, toman la forma de lo que somos, árboles; lo mismo ocurre con los animales, incluyendo al animal-humano.”

 

EL MONSTRUO QUE TUMBABA ÁRBOLES

 

       Otro alumno leyó, continuando con lo dicho por este árbol viejo:

 

     “La no locomoción en nosotros se debe a que somos al sol lo que un sorbete es a una persona  que extrae líquido de un vaso. Somos el sorbete del sol para succionar el agua del suelo. Como la función de nuestras hojas es permanecer todo el tiempo de cara al sol, nos vemos obligados a mantener el haz humedecido a fin de que éstas no se nos quemen. Con nuestros filamentos radiculares o absorbentes extraemos del suelo agua con sales minerales, conocida como savia. Una vez estos nutrientes entran a la raíz, son transportados gracias a procesos de difusión y transporte activo hasta los vasos conductores del xilema. Esta solución de agua, minerales y otros nutrientes, conocida como savia bruta debe ser transportada venciendo la fuerza de gravedad, hasta las hojas que se encuentran en nuestra parte más alta. Durante mucho tiempo se pensó que nosotros los árboles hacíamos esto empujando el agua desde las raíces; sin embargo, actualmente se sabe que la savia puede recorrer estas grandes alturas gracias a tres procesos: la cohesión, que existe entre las moléculas de agua; la transpiración de agua que se da a través de los estomas de las hojas, y la tensión que ejerce la salida de agua sobre toda la columna de savia que se encuentra en el xilema, nuestras venas. La tensión se debe a la fuerza que ejerce el sol sobre nuestras hojas para obligarnos a sacar el agua de las profundidades de la tierra. En las hojas, parte del agua la utilizamos para la producción de la fotosíntesis. A través del floema transportamos  los azúcares que producimos en las hojas, necesarios para el resto de nuestras células. Siempre estamos dándole agua al sol, como lo hace toda criatura que esté expuesta a su radiación; de esta manera vivimos, gracias a este mecanismo,  y ayudamos a que otros vivan. El agua sobrante, depositada en el haz, conocido este fenómeno como transpiración, la recibe el sol y la evapora, éste es nuestro tributo.”

 

     Otro alumno leyó:

 

     “El animal-humano nos aventaja en algunas cosas, principalmente en lo relacionado con la locomoción. Nosotros tenemos la ventaja de producir en nosotros nuestro propio alimento gracias a que poseemos el organelo conocido como cloroplasto, que son  fotosintetizadores, los cuales se ocupan de la fotosíntesis. Tienen una envoltura formada por dos membranas concéntricas y contienen vesículas, los tilacoides, donde se encuentran organizados los pigmentos y demás moléculas que convierten la energía luminosa en energía química, como la clorofila. La clorofila es una biomolécula extremadamente importante, crítica en la fotosíntesis, es la que permite a las plantas absorber energía a partir de la luz.La función clorofílicaconsiste en absorber el anhídrido carbónico del aire, mediante la acción de la luz; luego lo descomponemos y dejamos libre el oxígeno.”

 

      Otro alumno leyó:

 

     “La diferencia entre nosotros y el animal-humano, es que estamos compuestos por células de mejor funcionalidad. ¿Podrá un animal-humano tomar la energía solar y elaborar, a partir de ésta, su propio alimento? No lo hace; dependen de nosotros para alimentarse, para vivir.”

 

     Otro alumno leyó:

 

      “Si respiramos, si nos alimentamos y algunas plantas tenemos órganos para reproducirnos, para  desechar material residual, etc., ¿por qué no se nos mira como se mira a los animales? ¿Puede el animal-humano reproducirse partiendo de uno de sus miembros o un pedazo de su cuerpo, es decir después de enterrar en el suelo una pierna, un dedo, o un pedazo de carne? No puede hacerlo; en cambio existen plantas que se reproducen a través de pequeños troncos. ¿Puede un animal-humano enterrar en el suelo un hijo suyo para que de ahí broten más animales-humano? Claro que no. En cambio algunas plantas se reproducen por medio de bulbos, tubérculos, etc.  Por ésta y muchas otras razones, el animal-humano debería respetarnos, considerarnos superiores a ellos.”

 

     Otro alumno leyó, continuando con las palabras del árbol viejo:

 

     “¿Será porque no nos oyen, porque no nos escuchan quejarnos cuando nos mochan con el hacha? Lo que no saben es que, así como los animales se comunican entre ellos,  los árboles también nos comunicamos entre árboles. Los ruidos emitidos por nosotros no los perciben ellos. Nosotros no entendemos la comunicación entre animales-humano, pero escuchamos sus ruidos bucales, solamente ruidos  no legibles, sin ninguna articulación, aunque dependiendo de la intensidad del ruido nos imaginamos sus estados de ánimo.  Deben saber que algunos científicos han descubierto que los árboles y demás plantas charlamos animadamente entre nosotros. Esos mismos científicos han descubierto que cuando un árbol es atacado por un insecto, emitimos una señal que es recibida por los demás árboles que nos rodean. También se han realizado estudios científicos que comprueban que disfrutamos de la música clásica, de Mózart, de Bach, Beethoven…, ayudándonos esto en nuestro desarrollo, mientras que las otras clases de música de bajo perfil, como las rancheras, el rock, la champeta y toda música ruidosa, nos ocasionan estrés.”

 

EL MONSTRUO QUE TUMBABA ÁRBOLES

 

     El resto de alumnos leyó cada uno una fracción de lo que decía el árbol patriarca. Después de terminar de hablar el árbol patriarca, intervinieron otros animales. El niño en turno leyó: “Detrás de la culebra, a quien llamaban ‘Evangelina’, se fue una cantidad regular de animales con el fin de observarla en acción. La vieron correr sobre la grama, por debajo de los troncos caídos, debajo de las piedras, subiendo un montículo, bajando y bordear el río hasta encontrar un sitio apropiado para cruzarlo, esto era un tronco caído sobre unas piedras. La vieron cruzar y después ellos cruzaron, tratando de no hacer tanto ruido porque la culebra les había dicho que guardaran silencio, pues, de verlos, el monstruo arremetería contra todos. En el tumulto iban, por tierra, varias clases de reptiles, además de micos, liebres, armadillos, zorros, ardillas, comadrejas y muchos más; por el aire iban las aves, entre las cuales iban unos cóndores, de los últimos que quedaban.”

 

     Otro alumno leyó:

 

     “El ruido era ensordecedor cuando llegaron al sitio donde estaba el monstruo cortando con sus dientes de hierro los árboles. Después de derribarlos, los hacía pedazos, los convertía en troncos y después en tablones. Estos movimientos del monstruo los veían los animales, que se habían escondido detrás de unos árboles. La culebra se deslizaba por debajo de las hojas para que no la vieran y se enroscó bajo un tronco, cerca a los pies del monstruo. Allí permaneció inmóvil, esperando la ocasión para el ataque. Los demás animales observaban  absortos, algunos comiéndose las uñas y temblando debido al susto, temiendo que el monstruo se diera cuenta del plan. De repente el monstruo metió la mano debajo del bloque de madera a fin de voltearlo, y la culebra, viendo la oportunidad, se le prendió en la mano y le inyectó una fuerte dosis de veneno. Al darse cuenta de lo que estaba sucediendo, el monstruo, víctima del pánico, procedió a gritar y a sacudir con fuerza el brazo hasta conseguir desprenderse la víbora. Los demás animales, desde su escondite, procedieron a gritar, no de miedo en esta ocasión, sino de júbilo al ver cómo el monstruo huía lleno de pánico.”

 

     Otro alumno leyó:

 

     “Al acercarse la culebra al sitio donde estaban sus amigos, éstos la cargaron y condujeron en hombros hasta el bosque donde ellos habitaban. A partir de ese día la consideraron una heroína y días después la condecoraron al comprobarse, por parte de las oropéndolas, que el monstruo no había vuelto y tal vez no vendría más nunca, debido a que el veneno de la culebra había surtido sus efectos según lo esperado, como lo era paralizarle por completo la mano.”

 

     Al terminar de leer la última parte de la fábula, el niño se sentó en su pupitre, y José Cuéllar aplaudió, felicitándolos a todos. Después les preguntó por la moraleja, y todos, de uno en uno,  respondieron bajo  el mismo criterio de que un hombre tumbando árboles con una motosierra es considerado un monstruo por los árboles; de que a los árboles se los debía considerar superiores al hombre; los árboles suministraban muchos beneficios a infinidad de criaturas, mientras que el hombre era todo lo contrario, no prestaba ningún servicio a la naturaleza, era como un experimento fallido.  “Léanles esta fábula a sus familiares en sus casas; con eso, ustedes  están dándoles un mensaje ambiental”, les dijo en el momento de despedirse.

 

     Los alumnos lo vieron trepándose en su mulo “Siete Leguas” y cuando se alejaba por la falda del cerro. Uno le gritó: ¿”Cuándo vuelve, profesor?”

 

      “Dentro de quince días. Les traeré otra fábula, la de los peces y los monstruos que pescan con dinamita”, les contestó él; levantó la mano, después miró hacia atrás y volvió a saludar.

     La maestra, que también había salido a despedirlo, dijo: “Va para el colegio de Surimeca; llegará al atardecer y le tocará dormir en ese pueblo. Por la mañana, cuando comiencen las clases en el colegio, pondrá a los alumnos a leer la fábula “El monstruo que tumbaba árboles.”

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1 Comentario
Fecha: Miércoles, 15 de febrero de 2017 a las 18:02
J.R.Infante
Hola Antonio
Tu entrada me parece todo un lujo para el lector, un alegato fantástico en favor de los árboles y por tanto de la Naturaleza, a través de la literatura. Te felicito por tan exquisito trabajo.- Un abrazo

Las nueve musas
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