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José Rodríguez Infante
Miércoles, 1 de febrero de 2017

LA MONJA (Y 3)

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.../...Viene de La monja (2)

Ya sabía que pista seguir…y la siguió. Y le llevó a darse cuenta que aquella religiosa formaba parte del personal de servicio, por su forma de desenvolverse, por los sitios donde entraba y salía y porque sólo se la veía durante determinadas horas. Ni quería preguntar más por ella para no levantar sospechas; a partir de ese momento todo estaba en sus manos, dependía de él mismo, tenía que pasar tan desapercibido que nadie podía sospechar la verdadera intención de su presencia en el hospital. Siguió  tras la toga de la monja esperando que ésta le diese la siguiente pista, hasta que terminó por dársela casi en sus  propias narices: en la habitación que le había correspondido ejercer de familiar de préstamo estaba solo, salió a la terraza a fumar y de pronto observó que alguien entraba en la habitación cerrando la puerta. Se agachó, miró por una pequeña fisura de la persiana y…allí estaba. Era ella, la monja.

 

La religiosa se acercó al enfermo para comprobar que dormía y a continuación se encaramó en una silla para manipular el aparato de televisión que había en la sala, desconectar un cable que le unía al depósito de las monedas que hacían posible su funcionamiento y, para asombro del policía, llevarse casi toda la recaudación manipulando hábilmente el receptáculo de las monedas. Volvió a ponerlo todo como estaba y en pocos minutos se hallaba de nuevo en el pasillo como si de un fantasma se tratase. El hombretón la siguió y al comprobar que se introducía  en el control de las enfermeras, decidió detener sus impulsos y esperar otro momento más adecuado para poner fin a aquella pesadilla. Y no tardó en llegarle la ansiada oportunidad puesto que a la noche siguiente, la monja volvió a las andadas, sólo que en esta ocasión y sin que ella

 

se diese cuenta era seguida hábilmente por el policía que ya sabía cuales eran todas sus artimañas: esperó que saliera del control de enfermería, se colase en una habitación, cerrase la puerta y le dio tiempo para que preparase sus herramientas de trabajo; se acercó con sigilo a la puerta de la habitación, pegó la oreja y con el más exquisito de los sigilos fue abriendo la hoja hasta distinguir a la religiosa enfrascada en sus quehaceres nocturnos.

 

Cuando ya lo tenía todo claro, no lo dudó: abrió con energía la puerta y al grito de “¡Alto policía!” dejó a la monja pegada al receptáculo de las monedas. No dejó ni que volviese la cara, se puso a su espalda, le sujetó las manos y en un minuto la tenía reducida, arrodillada en el suelo y con las manos esposadas por las muñecas en su propia espalda. Le pidió que se incorporase para darle la vuelta y poder ver su cara, pero no le dio tiempo de asombrarse ante el rostro masculino de la supuesta monja, porque en ese mismo momento, en la puerta de entrada a la habitación se oyó otra voz, que le resultaba de sobra conocida al policía de amplios pectorales.

 

—¡Está bien Gutiérrez!¡Déjenos a nosotros!

 

Se trataba del inspector, de su jefe, que ante la cara de susto del hombretón, tuvo que realizar un esfuerzo y esbozar una sonrisa para evitar que el subordinado pudiese saltarse alguna que otra norma y despertar a medio hospital como mínimo. A la mañana siguiente, a las diez en punto, en el despacho del inspector-jefe en la Comisaría de Policía se dieron las explicaciones pertinentes:

 

“La supuesta monja no era tal, sino un enfermero que disfrazado de esa guisa y aprovechando la broma del resto de sus compañeros, se dedicaba desde hacía tiempo a aligerar de peso la caja de monedas de las televisiones de las salas, hasta que un día, en una de las visitas que el preso fugado realizaba al hospital, lo sorprendió en su celestial dedicación y para evitar males mayores, no le quedó otro remedio que llegar a un acuerdo con él y facilitarle su intento de fuga. El inspector, ante las denuncias de la firma explotadora del negocio de la televisión por pago, se puso a trabajar. Tenía sospechas, pero no había podido probar nada, le faltaba...le faltaba esa persona adecuada, con la motivación suficiente para coger con las manos en la caja al desdichado, que por unos pocos euros se estaba jugando su puesto de trabajo. Conocía a Gutiérrez y sabía que no se iba a conformar con el cierre del caso de la fuga del preso, por eso permitió que se le sancionara, para herirle más su orgullo y sobre todo para vigilar al vigilante desde el mismo momento en que se le comunicara la decisión tomada por la Jefatura. Alguien como el hombretón infiltrado y herido por entre las paredes de ese hospital era justo lo que necesitaba para descubrir qué había de cierto en esa monja de la que hablaba el preso y de paso dejar a cada cual en el lugar que le correspondía.”

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