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Óscar Navajas Corral
Domingo, 29 de enero de 2017
¿existe un patrimonio de la Guerra Civil?

Turismo en Lugares de Memoria Traumática

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Solo para que el lector se haga una idea de la inmensidad de este legado sobre el territorio, la Comunidad de Madrid posee aún más de 200 kilómetros de trincheras, muchas de ellas transitables.

 

Con el título de Lugares de Memoria Traumática se presenta la última publicación editada por el profesor Iñaki Arrieta de la Universidad del País Vasco. La monografía recoge experiencias de diferentes lugares (Irlanda del Norte, Alemania, España, Canadá, Uruguay, etc.), donde se han llevado a cabo trabajos para narrar o para poner en valor, por medio de museos, itinerarios, centros de interpretación, etc., espacios en los que existe latente una memoria de un conflicto bélico o post-bélico.

 

Está claro que no es la primera publicación sobre este tema —y esperemos que tampoco sea la última—, pero sirve de entrada para algo de lo que vamos a escuchar en los próximos tres años, ya que nos encontramos inmersos en la conmemoración de los ochenta años de la Guerra Civil Española. Aunque no deberíamos olvidar las palabras de José Carlos Bermejo donde apuntaba que «cuando la historia comienza a perder su función social de discurso sintetizador y organizador de la memoria colectiva, y cuando para recordar algo es necesario “construir un acontecimiento” mediante la celebración de un centenario o la consagración del “año de…”, “día de…”, es porque lo que se celebra no espontáneamente recordado, sino que permanece en el olvido» (2007: 88).

 

Las palabras de Bermejo hacían referencia fundamentalmente a las políticas de diferentes gobiernos (locales, autonómicos o estatales) con las que con asiduidad somos inundados los ciudadanos, y que suelen estar repletas de conceptos bienintencionados como la cohesión social, la participación ciudadana, el beneficio social y cultural o la construcción de una identidad. En realidad, estos procesos están enfocados a fomentar lo que Assmann (2006) denominaba la memoria política y la memoria cultural, es decir, aquellas que consiguen homogeneizar y estabilizar los recuerdos y el pasado para las generaciones venideras o salvaguardarlos en instituciones como museos o, también, ponerlos a disposición de los visitantes en recorridos diseñados (Arrieta, 2017: 15).

 

En cuanto a la memoria de la Guerra Civil los actos y conmemoraciones se van a ir sucediendo en forma de publicaciones, jornadas, congresos, exposiciones, etc. Por poner un ejemplo, «Los Tres Grandes» (el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, el Museo Thyssen-Bornemisza y el Museo Picasso de Barcelona) dedicarán exposiciones a Pablo Picasso en este 2017 con motivo del 80 aniversario del «Guernica». Se cumplen 25 años de la llegada del cuadro al Reina Sofía y para homenajear a una de las obras más emblemáticas de la Historia del Arte, de carácter atemporal, y que posee una carga simbólica tremenda, se han sumado las instituciones más importantes a nivel mundial: Musée Picasso, Centre Georges Pompidou, National Portrait Gallery, Tate Modern, MoMA o el MET, entre otros.

 

Uno de los aspectos más interesante de estas conmemoraciones va a estar en el turismo. No voy a entrar en la terminología para saber si este tipo de turismo se denomina: «turismo de guerra», «turismo bélico», «turismo político» etc. El foco en el que quiero entrar en estas líneas es en reflexionar sobre los espacios con bienes patrimoniales de la Guerra Civil Española que se han puesto en valor en nuestro país, ya que surgen numerosas cuestiones en torno ellos: ¿existe un patrimonio de la Guerra Civil?, ¿dónde se encuentra?, ¿quién los visita? Pero quizás las más importantes de cara a los futuros visitantes es preguntar: ¿cómo se han puesto en valor? y, una pregunta aún más relevante: ¿está la sociedad preparada para visitar este tipo de lugares?

 

Posiblemente, uno los territorios donde se más ha oído hablar de espacios recuperados de la Guerra Civil haya sido Cataluña. Por supuesto, no ha sido los único ni ha sido el pionero, nuestra geografía cuenta con múltiples experiencias en el País Vasco, Andalucía, Asturias, Madrid, etc., pero al crear el Memorial Democràtic (Llei 13/2007) y la Xarxa d’Espais de Memòria (Ordre IRP/91/2010), se les ha otorgado un halo institucional que ha hecho que se posicionaran como una de las regiones preparadas para asimilar un turismo interesado en esta temática. La mayor parte del patrimonio recuperado, tanto en Cataluña como en el resto de España, está compuesto por trincheras, fortines, nidos de ametralladoras, viviendas, observatorios, refugios, etc. toda una serie de arquitecturas y vestigios que fueron creados durante los años de la cruenta guerra y que ahora dibujan parte de nuestros paisajes.

 

Solo para que el lector se haga una idea de la inmensidad de este legado sobre el territorio, la Comunidad de Madrid posee aún más de 200 kilómetros de trincheras, muchas de ellas transitables.

 

Es aquí donde está la «gran revolución», en Madrid. En la presente edición de la Feria Internacional del Turismo (FITUR), los municipios de la región del sureste de la Comunidad Autónoma presentaron un stand sobre la Batalla del Jarama, una de las más importantes de la contienda bélica y donde la presencia de brigadistas internacionales fue decisiva.

 

Los municipios establecen su estrategia en la de ofertar productos turísticos basados en itinerarios autoguiados y/o guiados por diferentes zonas de la región. Una apuesta por ofrecer un producto singular y distintivo con respecto al resto de regiones de la Comunidad de Madrid. Aunque la oferta de itinerarios de este tipo no es exclusiva de esta «comarca» –Guadarrama, Puentes Viejas, Madrid capital, etc., también poseen este tipo de productos–, sí que es cierto que han sido los primeros en crear una red para unir el territorio en base a una temática con la que atraer visitantes, o dar a conocerse simplemente. Y aunque la región posee algunos recursos con un enorme potencial turístico, como el vino, la huerta, el patrimonio histórico, etc., debemos reconocer que no es una de las zonas de la región que se caracterice por la presencia de turistas, quitando a los practicantes de ciclismo y del motociclismo que son los que más disfrutan de sus recorridos y paisajes.

 

Lo que no tengo tan claro es que basar la estrategia de un territorio en un producto de este tipo sea lo más acertado. Es aquí donde enlazo con la segunda cuestión planteada: ¿estamos preparados para poner en valor y visitar estos espacios? Es decir, ¿nuestra sociedad actual está preparada para visitar y comprender este tipo de vestigio de la misma forma que visita el de otros periodos históricos? Las heridas de los años de la guerra aún no han cicatrizado en nuestra sociedad. Se continúa politizando ese periodo y, por tanto, su herencia patrimonial. Numerosos de los sitios en los que se han puesto en valor el patrimonio de la Guerra Civil ha sufrido de vandalismo, y en ambos bandos. Por regla general la sociedad no mira hacia este pasado con la suficiente perspectiva histórica. De hecho, hasta hace menos de una década el público más interesado en este patrimonio cultural era el foráneo.

 

Turismo en Lugares de Memoria Traumática

 

Investigar, recuperar, conservar y poner a disposición de la sociedad (y del turismo) este patrimonio es algo necesario, pero se debe ser responsable de cómo se hace y en qué condiciones. Me gustaría apuntar algunas recomendaciones tanto para su visita como para «reflexionar» a la hora de accionar su puesta en valor:

 

  • Riesgos y peligros. Gran parte de este rico patrimonio se encuentra sobre el territorio y se compone de construcciones hechas en la propia tierra, suelos que normalmente son degradables, lo que supone que un simple descuido pueda conllevar, por un lado, un daño irreparable a nuestra herencia patrimonial y, por otro, una posible lesión para el propio visitante.

 

  • Visión integral. Así mismo, al estar en el propio entorno, en muchos casos en zonas naturales protegidas, el respeto por el medio debe ser aún mayor. Las políticas hacia este tipo de bienes tendría que ir encaminada hacia la visión global.

 

  • Privacidad. Algunas de las rutas que se ofertaban en FITUR contenían geolocalizaciones en GPS para que el visitante pueda encontrar los recursos. Investigando sobre los vestigios que se han incluido en el folleto algunos se encuentran en propiedades privadas a cuyos propietarios (al menos algunos) no se le ha solicitado permiso.

 

  • Expolio. Siguiendo el punto anterior, el patrimonio de la Guerra Civil ha comenzado a suscitar interés en los últimos diez años en el mundo académico, profesional y turístico, pero ya tenía un gran interés en el mercado de objetos «preciados» (medallas, balas, etc.). Geolocalizar cada espacio sin las mínimas medidas de protección y seguridad, es una puerta abierta a batallones de detectores de metales y expoliadores.

 

  • Protección. Toda acción sobre el patrimonio debe estar sustentada en planes estratégicos, tanto desde el punto de vista turístico como desde la conservación patrimonial. Salvo excepciones como el Cerro Melero en Arganda del Rey, no se conoce que se hayan realizado estudios exhaustivos (no parciales) de inventariado, arqueología, interpretación y comunicación y gestión turística.

 

  • Política turística. Hablar de turismo no es simplemente querer que nos visiten, supone hablar de usuarios (clientes) con necesidades, de pernoctaciones, infraestructuras, flujos, profesionales formados, competitividad, precios, empleos directos e indirectos. Toda una lógica que va más allá de la patrimonial para acercarse a la económica. Y esto no se puede, o no se debería, realizar sin un plan integral de desarrollo consensuado entre administraciones (locales y regionales, al menos), profesionales y diversos agentes.

 

Estas recomendaciones están redactadas con cierto aroma restrictivo e incluso negativo, si se quiere, pero no se debe a que rechace la difusión y puesta valor de este patrimonio, todo lo contrario, sobre todo porque he trabajado con él, porque sé el potencial que tiene, social y turístico (solo recordar que este tipo de patrimonio en Francia atrajo 6 millones de turistas en 2012), y porque soy consciente de que nuestra sociedad está en camino de poder disfrutarlo y visitarlo, es el momento de hacer las cosas con responsabilidad.

 

Las construcciones de las imágenes del pasado que se realizan en el presente siempre están expuestas a posibles decisiones partidistas y/o interesadas. Por ello, debemos ser conscientes de que patrimonializar y musealizar la historia por medio de su cultura material e inmaterial significa compartir socialmente una memoria, instituyendo un discurso y una imagen simbólica de ella. La responsabilidad para llevar a cabo este tipo de acciones es muy alta. La apuesta por poner en valor el patrimonio de la Guerra Civil es una magnífica noticia, aún tenemos una «deuda» con esa página de nuestra historia. Convertir, además, los vestigios en un producto turístico para el disfrute de todos/as es una gran iniciativa, pero no deberíamos convertirlos en «parques disneyficados» (Macdonald, 2011; Neuraska, 2013; Naef, 2015) no se debe hacer a cualquier precio, no deberíamos.

 

 

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