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Juan José Fermín Pérez
Sábado, 28 de enero de 2017
la sección más honesta de cualquier periódico era su publicidad

Publicidad en el siglo XIX

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Como mi jefe sólo lee El Marca y nunca entrará en esta página, puedo confesar que me aburro en el trabajo.  Luego miro mi cuenta corriente, cuento los días que faltan para final de mes y se me pasa, porque donde hay lágrimas no cabe el sopor. 

Pero ya me entendéis. Siempre hay hueco para perder el tiempo y, en una ocasión, acabé hojeando una hemeroteca digital. Como aficionado a la Historia, me parece interesante comprobar qué se cocía hace más de un siglo. Tenemos muchos libros disponibles, pero nada más fresco y directo que un diario, incluso si tiene más telarañas que la carrera política de Pedro Sánchez.  Sin embargo, en tiempos de Alfonso XII, el periodismo cometía los mismos pecados que ahora. Se arrodillaba a unos intereses u otros, sin hacerle mucho caso a la verdad. Me di cuenta que la sección más honesta de cualquier periódico era su publicidad. Toma castaña. Porque los anuncios mienten con descaro al hablar de las propiedades de tal o cual producto, cierto, pero nos cuentan cuáles son las necesidades reales del gran público. Como un poco de labor detectivesca, es posible rascar mucha información.

 

Publicidad en el siglo XIX

 

Por ejemplo, se nos enseña que el último tercio del siglo XIX era bastante remilgado. Teníamos a Victoria en el trono de Inglaterra, a las mujeres estrujadas por sus corsés, y una España donde había más iglesias que bares. Sin embargo, en los periódicos abundan anuncios como éste, del periódico El Liberal, de 27 de Diciembre de 1896:

 

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O éste, de La Iberia, de 17 de Enero de 1892:

 

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Un tercer ejemplo, el más significativo de todos, del periódico El pabellón nacional, de 25 de Enero de 1880:

 

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¿Aquella no era la época de las enaguas hasta el sobaco? Tengamos en cuenta que estamos en una España mucho más casta y pudorosa que la retratada por el NoDo, cuatro o cinco décadas después. Sin embargo, las enfermedades sexuales tenían más cancha que Eduardo Inda en La Sexta noche (chiste político. Me obligan a colar uno por artículo, aunque sea malo). El último recorte nos habla de enfermedades secretas, y ahí está la clave: detrás de esa fachada de moralidad,  había más polvo que debajo de mi cama. Todo un problema en un periodo que aún no conocía los profilácticos ni los antibióticos.

Otro ejemplo, un poco más sutil, publicado en La Iberia, de 25 de Enero de 1880:

 

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El turismo es un concepto tan nuevo, en 1880, que aún no lo han sacado del embalaje. Sólo una élite muy selecta puede darse el gusto de un viaje por el mundo, y menos a un destino tan poco interesante como las antiguas colonias sudamericanas. En aquella época, la gente con pasta se iba a París, que era el destino de moda. Como hoy, pero con menos japoneses.  Quien iba a Argentina o Montevideo solía hacerlo por cuestiones laborales: empresarios que iban a supervisar sus inversiones o a abrir nuevas líneas de negocio, funcionarios despachados por la Corona, y, sobre todo, emigrantes en busca de otros horizontes. Estos no volvían a España, nunca más. El propio anuncio nos lo dice: son dieciocho jornadas de viaje. Cuéntale a tu jefe que te pillas treinta y seis días de vacaciones para ir y volver, sin contar los que disfrutes en tu destino. A ver qué te responde. En el siglo XIX, los derechos laborales no existen, y menos para los jornaleros, los obreros y demás trabajadores sin cualificar, que son la mayoría. Además, los sueldos son de miseria, y apenas cubren el alojamiento y la comida. El precio de un billete de tercera (no digamos ya el de segunda o primera) representa una fortuna. Cuando se publicó ese anuncio, una entrada para el teatro costaba tres reales, se podía cenar en un buen restaurante por dieciséis, y se compraba un buen traje por ochenta, o por el doble, si se encargaba a medida. Por la tanto, un padre de familia debía ahorrar durante meses, quizá años, tragándose  jornadas de doce horas de trabajo o más, para reunir el dinero suficiente para adquirir un solo pasaje.

 

Publicidad en el siglo XIX

 

Vale, estarás diciéndote, la publicidad puede ser interesante. Estás deseando leer todos los artículos que yo pueda escribir sobre el tema, e invitarme a todas las cañas que hagan falta para agradecérmelo. Te las acepto, a condición de que no sean de Cruzcampo. Sin embargo, te puedes preguntar por qué elijo el siglo XIX, y no retrocedo un poquito más. La respuesta es sencilla: hasta 1875, segundo arriba o abajo, la prensa usaba chupete y no salía la cuna. Los medios de impresión eran toscos y engorrosos y, en muchas ocasiones, autor, impresor y distribuidor eran la misma persona (sorpresa para todos aquellos que pensaban que la autoedición se inventó en nuestros tiempos). Otra limitación era el analfabetismo. Hasta el último tercio del siglo XIX, casi el 80% de la población no sabía leer, y pocos tenían el conocimiento necesario para aprovechar el periódico. Las cosas fueron cambiando muy despacio. Las imprentas se volvieron más rápidas y eficaces, permitiendo producir más ejemplares en  menos tiempo y a menor coste. El analfabetismo retrocedió, primero en las grandes ciudades, y luego en el campo. Fue entonces cuando los diarios se pudieron convertir en medios de comunicación masivos, y empezaron a buscar vías para financiarse. Una de esas vías era la publicidad, que podía llegar a una población cada más amplia y con mayor poder adquisitivo. Por este motivo, no puedo retroceder más en el tiempo, aunque mi Delorean tenga la ITV al día. Sólo puedo llegar al siglo XIX y, en concreto, a los años posteriores a 1875. Pero será un viaje muy interesante, palabra.

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