VER EN VERSION CLASICA
Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
►w_adblock_title◄

►w_adblock_intro◄

►w_adblock_explain◄

►w_adblock_closed_btn◄

José Rodríguez Infante
Miércoles, 25 de enero de 2017

LA MONJA (II)

Guardar en Mis Noticias.

Cuando volvía a la habitación se encontró a un enfermero por el pasillo que al verle con aquella cara le preguntó: “¿Le pasa algo?” “No, no es nada –le contestó-“, pero a la par que se acercaba a la realidad iba preparando su teléfono de contacto con la Central para informar de lo sucedido. Media hora más tarde tres patrulleros de la policía iluminaban con sus destellos todos los ventanales que daban a esa parte del hospital. El guardián detallaba con todo detalle al inspector lo ocurrido sin llegar a mencionar en ningún momento el asunto de los ronquidos; como no había testigos tampoco era como para preocuparse, pero no obstante sí se quedó un tanto sorprendido cuando el inspector le hizo mención a la monja. “¿La monja, qué monja?”. El personal de servicio de la noche fue pasando por la mirada inquisidora del inspector que buscaba pistas, mientras otros compañeros se encargaban de escudriñar la habitación del preso. Los familiares de los enfermos de ese ala, fueron todos interrogados, así como algunos de los enfermos que solían pasear por los pasillos. Una vez cumplimentados todos los requisitos, el inspector y su séquito salió del hospital a la espera de que llegasen los primeros resultados de las pesquisas para el esclarecimiento de los hechos. En el control de guardia daban el relevo el turno de noche con el primero de la mañana y los comentarios eran de todo tipo, tanto por la peculiaridad de le huida como por la certeza de que algún día pasaría algo por el estilo, como de que no tardarían en volver a echarle mano al preso y por supuesto casi todos coincidían en que aquel acontecimiento había que apuntárselo, una vez más, a la monja que era la que siempre ponía la nota pintoresca dentro del tedio general en el que se desenvolvía la vida en aquel centro sanitario.

 

La noticia no trascendió a los medios de comunicación, porque el reo en cuestión no tenía en su debe más que pequeños delitos, que unido al trapicheo de estupefacientes y su bajo poder adquisitivo, le habían llevado repetidamente a la cárcel. Como auguraban los sanitarios fue detenido en menos de veinticuatro horas porque sus pautas de conducta eran de sobra conocidas en la comisaría de policía de su barrio. Su guardián –el hombretón- estaba pasando un mal momento y rebajado de servicio acompañaba al inspector de un lado a otro porque había una instrucción abierta y aspectos muy extraños que emborronaban su hoja de servicio. Pasando por alto el asunto de los ronquidos ¿por qué estaba abierta la reja? ¿De dónde habría salido aquella soga textil? ¿Quién había ayudado a ese pobre desgraciado que no tenía ni donde guarecerse tras su huida? Demasiadas preguntas como para dejarlas archivadas, tragarse la sanción y dar por inevitable aquel borrón en el expediente. El guardián pensó que actuaría por su cuenta y como buenamente pudiese, pero aquello no quedaría así. Sus jefes lo apartaron del servicio, le negaron acceso a cualquier información y dieron por zanjado el asunto, puesto que el reo estaba otra vez entre rejas y el funcionario debidamente castigado.

 

Sin su uniforme reglamentario comenzó a indagar en el cotidiano devenir de la vida hospitalaria sin que nadie le preguntase qué hacía por allí. A veces se hacía pasar por familiar, otras por compañero, hasta que poco a poco llenó un cuaderno de apuntes. Luego se las ingenió para acceder hasta el preso y tratar de sacarle algo sobre la noche de su fuga, pero éste no estaba por la labor, decía no recordar nada y bastante tenía con sobrevivir como para ayudar a un policía. Por amigos dentro del Cuerpo supo que las declaraciones del preso tampoco eran como para tirar cohetes: llenas de contradicciones, no aclaraban nada sobre aspectos fundamentales de su huida; la soga estaba allí, la reja no sabía por qué estaba abierta y por supuesto no conocía a nadie en el hospital que le hubiese ayudado, salvo la monja, que según constaba en el proceso de investigación era un ser ficticio que tan sólo moraba en la mente de esa criatura. El guardián iba atando cabos y aquella monja se le estaba haciendo ya demasiado familiar como para dejar de tenerla en cuenta; la mencionó el inspector antes de que hablase el preso, la escuchó el guardián en alguna conversación perdida de los enfermeros y ahora la descubre de nuevo como parte de la declaración del preso. ¿Quién era esa monja si allí ya no queda nada de la antigua comunidad religiosa que cuidaba a los enfermos? ¿O si quedaba?

 

Quedaba el ingenio del hombretón que puso sus cinco sentidos a trabajar, cambió parte de su fisonomía y se agazapó por las habitaciones ganándose la confianza de los enfermos como si de una familia más se tratase. Sabía que más pronto que tarde terminaría apareciendo lo que para él ya no había duda. Unió su sanción con las vacaciones oficiales e incluso consiguió una baja por depresión y durante todo ese tiempo no faltó ni una noche del hospital, hasta que la toca de una monja se deslizó inesperadamente por el silencioso pasillo. Como un resorte se incorporó de su asiento, se asomó con todo sigilo a la puerta y observó por donde merodeaba aquel misterioso ser: entró en una de las habitaciones, pero cerró tras de si la puerta, con lo que el policía no llegó a ver nada de lo que ocurría en su interior; alguien hablaba en voz baja, otro roncaba y al sentir que se aproximaban a la puerta, corrió a refugiarse tras un mostrador. No había duda, allí estaba una monja ¿sería ese su objetivo? ¿Quién era? Posteriores investigaciones le llevaron donde el principio: el recinto hospitalario estuvo regido por una Comunidad Religiosa, que pasó a depender de la Sanidad Pública hasta que se fueron todas las hermanas del Centro, con lo que oficialmente allí no trabajaba nadie como tal. Podría tratarse de un familiar. O de una ayuda desinteresada. Pero ¿y las reglas de la Congregación?

Acceda desde aquí para comentar como usuario registrado. Ser usuario registrado tiene muchas ventajas. Una de ellas es la posibilidad de guardar sus noticias y comentarios. Acceda desde aquí para comentar como usuario registrado. Ser usuario registrado tiene muchas ventajas. Una de ellas es la posibilidad de guardar sus noticias y comentarios.
¡Deje su comentario!
Normas de Participación
Esta es la opinión de los lectores, no la nuestra.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Las nueve musas
Las nueve musas • Política de Privacidad
© 2017 • Todos los derechos reservados - ISSN 2387-0923
Powered by FolioePress