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Ramon Casalé Soler
Miércoles, 18 de enero de 2017
EL POETA DEL ESPACIO II

Jorge Oteiza

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Noticia clasificada en: Escultura

El arte no transforma nada, no cambia el mundo, no cambia la realidad. Lo que verdaderamente transforma el artista, mientras evoluciona, transforma y completa sus lenguajes, es a sí mismo.

Jorge Oteiza

 

“Los dos espacios, el espacio íntimo y el espacio exterior vienen, sin cesar si puede decirse, a estimularse en su crecimiento. Designar, como lo hacen con todo derecho los psicólogos, el espacio vivido como un espacio afectivo no llega, sin embargo, a la raíz de los sueños de la espacialidad. El poeta va más a fondo descubriendo con el espacio poético un espacio que no nos encierra en una efectividad”.

La poética del espacio. Gaston Bachelard

 

“Un escultor no es ni más ni menos que la forma inicial y dramática de una forma universal del hombre”.

La interpretación estética de la estatuaria megalítica americana. Jorge Oteiza.

   

Con motivo de una exposición que el escultor, poeta, ensayista y activista cultural vasco Jorge Oteiza (Orio, Guipúzcoa. 1908-San Sebastián. 2003) realizó en el Museo Guggenheim de Bilbao, escribí un artículo para la desaparecida revista Papers d’Art de Girona,  en el que puse como título “El poeta del espacio”, tomándolo prestado del exdirector del Museo del Prado Miguel Zugazaga, que se refería a Oteiza diciendo que “más que un escultor fue un poeta del espacio”. Ahora, en la retrospectiva que se celebra en el edificio modernista de Gaudí, La Pedrera, sede de la Fundació Catalunya de Barcelona, se muestran un centenar de obras, entre esculturas,  dibujos y documentación personal, la mayoría procedentes de la Fundación Museo Jorge Oteiza , ubicado en la localidad navarra de Azulza, cerca de Pamplona. Los comisarios son Gregorio Díaz Ereño, director del Museo Oteiza y Elena Martín, responsable del Departamento de Conservación del mismo museo. El motivo por el que la obra de Oteiza se exhibe ahora en La Pedrera no es circunstancial, ya que el escultor vasco siempre mostró admiración por Gaudí. La anterior antológica que se efectuó en Barcelona fue en 1988, en la antigua sede de la Fundació La Caixa, en el Palau Macaya. También en Catalunya se mostró otra exposición importante en la  Caixa de Girona, en el 2003.  

 

Verdaderamente es excepcional que un lugar tan pequeño como el País Vasco tenga tantos escultores de renombre, sobretodo relacionados con las vanguardias del siglo XX, caso del mismo Oteiza, Eduardo Chillida, Néstor Basterretxea y Agustín Ibarrola.

 

 

 

La aparición de otros artistas considerados como de segunda generación: Ángel Bados, Eduardo Urculo, Andrés Nagel, José Ramón Anda, Cristina Iglesias, Txomin Badiola, José Luís Moraza o Pello Irazu, entre otros,  demuestra que la escultura sigue estando muy viva, al menos en este territorio, en el que cada uno de ellos desarrolla un discurso diferente pero que tienen elementos conceptuales en común, siendo abstracción geométrica el catalizador de sus propuestas plásticas.

 

Jorge Oteiza

 

En primer lugar es preciso comentar algunos aspectos de la personalidad del artista para que podamos apreciar y valorar cuál ha sido su contribución a la escultura. En principio, sintió interés por estudiar arquitectura en Madrid,  pero por motivos burocráticos no pudo llevarlo a cabo. Más tarde se matriculó en la Facultad de Medicina, donde solamente estuvo dos años. Finalmente entró en la Escuela de Artes y Oficios de Madrid. Sus comienzos con la escultura datan de 1928; al poco tiempo ya obtuvo el Primer Premio del IX  Certamen de Artistas Noveles Guipuzcoanos, con la pieza Adan y Eva, Tangentes S=E/A. Dos años más tarde volvió a ganar el mismo premio. Durante el período  1935-1948 marchó a América del Sur, concretamente a las ciudades de Bogotá, Santiago de Chile y Buenos Aires, siendo en esta última, donde ejerció la docencia como profesor en la Escuela Nacional de Cerámica, así como también en Colombia, en donde el gobierno del país lo contrató para organizar la enseñanza oficial dentro del apartado de la cerámica. Durante estos años estudió la estatuaria megalítica americana, así como  a los muralistas mexicanos. A su regreso a España se fue a vivir a Bilbao donde empezó sus actividades como escritor, publicando el libro Goya mañana. El realismo inmóvil. En 1949  tuvo otro reconocimiento al recibir el Primer Premio en el Concurso Nacional para el monumento a Felipe IV, destinado a instalarse en la Plaza de la Constitución de la capital guipuzcoana, aunque este proyecto no se llevó a cabo. En 1952 publicó Interpretación estética de la estatuaria megalítica americana, demostrando sus teorías respecto al ser estético y a la  estética objetiva. Años más tarde, concretamente en 1970, ganó otro concurso para la urbanización de la Plaza de Colón de Madrid, que tampoco pudo realizarse. De todos modos, en el año 1957 recibió el Gran Premio de Escultura de la IV Bienal de Sao Paulo en Brasil, presentando una treintena de esculturas agrupadas en diez familias experimentales. Del nivel que había en la Bienal solamente mencionar que el premio de honor lo obtuvo el pintor italiano Giorgio Morandi, y el de pintura el inglés Ben Nicholson. En 1988 recibió el homenaje del mundo cultural, con la obtención del Premio Príncipe de Asturias de las Artes . Al año siguiente, con la escultora catalana Susana Solano, participó en la Bienal de Venecia.

 

En 1992 cede su legado artístico al pueblo navarro de Alzuza, lugar donde residía, creando la fundación que llevará su nombre, pero debido a unos problemas con su constitución se paralizó la donación. Esto provocó que decidiera volver a América cansado de todo lo que acontecía en el País Vasco. No fue hasta diez años más tarde que se inauguró la Fundación Museo Jorge Oteiza, cuyo fondo está constituido por más de 1.600 esculturas, 2.000 maquetas y piezas de laboratorio, así como dibujos, esbozos, diseños y proyectos. Además, la fundación posee 4.000 volúmenes, libros y cartas. El conocido arquitecto navarro, profesor de la Universidad de Arquitectura de Madrid, Javier Sainz de Oiza, fue el responsable de la creación del  museo.  

 

Jorge Oteiza siempre ha sido un personaje que ha provocado controversia, no porqué se dudara de su contribución a la escultura contemporánea, sino por su manera de pensar y de actuar. Es bien conocido su enfrentamiento con Eduardo Chillida, pese a que no se conocen exactamente los motivos reales por los que no existió una relación acorde a la importancia que ambos ejercieron en las futuras generaciones de escultores. Los dos, aunque sea en un estilo diferente, tienen muchas cosas en común, principalmente por su discurso creativo, en el que la abstracción geométrica es bien evidente, aunque ello no fue óbice para que ambos se acusaran de plagio. Además las relaciones de Oteiza con las instituciones vascas tampoco fueron muy fluidas.  

 

Jorge Oteiza

 

Abandonó la escultura cuando sólo contaba 50 años, concretamente en  1959,  al creer que ya había completado su contribución al mundo artístico y que no tenía nada más que enseñar, publicando el libro El final del arte contemporáneo, en el que expresa los motivos de este abandono. Ello no ayudó  a que su obra fuera más conocida a nivel internacional, además de que no solía exponer fuera del País Vasco, a diferencia de Chillida que sí obtuvo  reconocimiento internacional, ya que sus esculturas se pueden contemplar en muchos de los museos más importantes del mundo. Todas estas circunstancias coincidían cronológicamente con el momento de mayor creación del artista cuando su obra ya se abría al exterior. De todos modos no se apartó totalmente de la escultura, sino que sus trabajos se centraban en los encargos, a la vez que prestaba atención a la poesía, los estudios lingüísticos, antropológicos y estéticos. Simplemente, lo que trataba de hacer era no seguir con sus investigaciones en el terreno tridimensional. Durante las décadas de los 80 y 90 se producen de nuevo continúas desavenencias con las instituciones culturales vascas, pero también con algunos historiadores, críticos y responsables de museos.

 

En los años 90 publica varios textos en los libros Ley de los cambios, Existe Dios al Noroeste y el Libro de los plagios. En éste último critica a Kosme Barañano, en aquel momento  subdirector del Reina Sofía, y también al propio Chillida. En 1997 ambos artistas se reconcilian definitivamente después de treinta años de enemistad. De todos modos, pienso que Oteiza ha tenido razón en muchos de los problemas surgidos, sintiéndose defraudado por las instituciones y por determinados personajes de la vida cultural española y vasca, aunque ello no justifica toda la realidad vivida, ya que se advierte un cierto egocentrismo por su parte al querer ser protagonista de algunos episodios sucedidos en el país, ya que los proyectos de otros artistas son tan válidos como los suyos.

 

Las obras que se exhiben en La desocupación del espacio en La Pedrera expresan fielmente la manera de pensar y actuar del escultor. La exposición se divide en varios apartados que tratan de reflejar cómo se ha ido desarrollando su relación con el volumen y el espacio, principalmente con el constructivismo, la abstracción, la espiritualidad y el humanismo. Oteiza es un “creador visionario y humanista que encarna a la perfección la idea que la finalidad del arte no es la obra en sí misma, sino la realidad transformadora y trascendente de la experiencia artística”.

 

Jorge Oteiza

 

En primer lugar encontramos obras relacionadas con sus viajes a América del Sur en la década de los 30, en los que la influencia del arte primitivo es evidente. Los protagonistas son la familia y la maternidad. Se trata de piezas antropomórficas, no muy grandes, empleando el cemento,  aun lejos de la idea del vacío, más bien es lo contrario. En cambio, en los años 40, cuando trabaja en el ámbito de la cerámica, la figura femenina va adquiriendo mayor importancia, utilizando preferentemente la porcelana y el refractario. Es la época en la que Oteiza conoce de cerca la obra de Henri Moore, lo que le llevará a interesarse por el vacio, principalmente desde una óptica conceptual. Pero no será hasta finales de los 50, cuando se adentrará plenamente en el terreno expresionista, donde la figuración y el estudio del espacio, pero sin olvidarse de la propia masa, serán los temas más recurrentes.

 

En 1950 trabaja en la remodelación de la basílica de Arantzazu , en la localidad guipuzcoana de Oñati, realizando las esculturas exteriores, dentro de la temática iconográfica religiosa, proponiendo para la fachada un doble diseño: “…un friso horizontal con la figura de los apóstoles en alto relieve en la parte inferior, y un bajo relieve mural con la figura de la Virgen en la parte superior”. El proyecto estuvo aparcado durante cinco años por desacuerdo con la Pontificia Comisión Central para el Arte Sacro de Italia, ya que no las veía adecuadas por ser muy atrevidas, o lo que es lo mismo, demasiado contemporáneas y alejadas del espíritu religioso más tradicional. Finalmente en 1969 se terminaron de colocar los 14 apóstoles en la basílica, a los que se les añadió la escultura de La Piedad. Estas esculturas recuerdan de algún modo las del artista catalán Josep Maria Subirachs , de la fachada de La Pasión del Templo de la Sagrada Familia de Barcelona, que también fueron objeto de discusión debido a su propuesta marcadamente expresionista y constructivista, muy diferentes al estilo realista de la Fachada del Nacimiento.

 

En 1950 aparece el Laboratorio experimental, trabajando con construcciones muy ligeras y pequeñas, que por sus dimensiones se asemejan a las maquetas. Los materiales empleados son variados: yeso, corcho, hojalata, escayola, plomo, madera, alambre, terracota, cartón, tiza, etc. A estas minúsculas esculturas se las denomina también “tizas”. En total, el Laboratorio lo componen 2.400 piezas distribuidas en diversas series.

 

En la misma época Oteiza alterna la figuración con la abstracción, investigando  la geometría y la luz, donde trabaja “los condensadores de luz”, que hacen referencia a las pequeñas perforaciones  realizadas en las esculturas desde diferentes puntos de vista, permitiendo que “la luz exterior entre en la pieza y encuentre refugio, cosa que puede generar  cambios de percepción lumínica a ojos del espectador”.  Asimismo, se interesa por aspectos geométricos como  la hipérbola, que sirve para relacionar el interior con el exterior, y también la construcción y apertura de poliedros, empleando preferentemente el mármol, preocupándose por todo aquello que hace referencia al cubo y al cilindro, descomponiendo el espacio interno, además de la propia construcción del mismo.

 

La desocupación de la esfera se basa de manera implícita en la idea de movimiento y que según el escultor Txomin Badiola, el “propósito de esta serie es abrir la esfera para superar estas dos realidades tan aisladas”. Estas realidades significan que por una parte hay la perfección interior y, por otra, la inestabilidad externa de la propia esfera.

 

Jorge Oteiza

 

Finalmente, las construcciones vacías y las obras conclusivas tienen como material destacado el acero, tal como se aprecia en la serie “Cajas metafísicas”, en que aparecen seis cuadrados a los que les falta una parte. Precisamente en Barcelona hay una escultura de aluminio de ese momento, titulada Ona, donada por el artista y que se instaló en 1998  delante mismo del Museo de Arte Contemporáneo (MACBA). Es de grandes dimensiones y en ella se observa perfectamente su interés por la composición de varios poliedros cóncavos y convexos. Para la crítica de arte Maria Lluïsa Borras, estas “cajas metafísicas” son una de las aportaciones esenciales del escultor vasco, en las que los cubos se abren saliendo al exterior como una especie de cajas.

 

Otro crítico buen conocedor de la obra de Oteiza como es Juan Bufill, señala que “su manera de dar significado al vacio y de evitar los ángulos rectos y previsibles tiene la precisión de la libertad”. Esta libertad, tanto de pensamiento como de actuación,  se encuentra en cada una de sus esculturas, y sirve para entender mejor cuál ha sido su aportación al arte contemporáneo. Según Oteiza “el arte no transforma nada, no cambia el mundo, no cambia la realidad. Lo que verdaderamente transforma el artista, mientras evoluciona, transforma y completa sus lenguajes, es a sí mismo. Y este hombre, transformado por el arte, que puede desde la vida transformar la realidad”.  

 


 

 

 

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