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Carmen Teijeiro González
Miércoles, 18 de enero de 2017
finales felices

LOS MAL DENOMINADOS CUENTOS DE HADAS

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Noticia clasificada en: Cuento Narrativa

Hoy, el cuento se ha digitalizado. Se sirve masticado a la imaginación prodigiosa de los niños, desperdiciando el caudal que apunta a la fábula que uno mismo cosecha cuando le cuentan un cuento o cuando asimila una buena lectura.

LOS MAL DENOMINADOS CUENTOS DE HADAS

 

Creo que fue J.R.R. Tolkien quien acuñó esta descripción respecto a las narraciones consideradas infantiles y que, ahondando en sus orígenes, una descubre que no lo son tanto.

 

Me refiero a las historias que han pervivido a través de los años y que son por todos conocidas, o bien por tradición oral o por estimarse como lectura obligatoria en nuestros respectivos receptáculos infantiles.

 

Hoy, el cuento se ha digitalizado. Se sirve masticado a la imaginación prodigiosa de los niños, desperdiciando el caudal que apunta a la fábula que uno mismo cosecha cuando le cuentan un cuento o cuando asimila una buena lectura.

 

A todos nos ha sucedido que leemos un libro y nos formamos nuestra peculiar concepción de los personajes, los escenarios e incluso de la interpretación misma de lo que el autor pretendía transmitirnos al narrarlo. Cuando, ese mismo libro, salta de nuestra fantasía a la de los que lo versionan en gigantescas pantallas de cine, a menudo nos sentimos extrañados.

 

Muchas veces —diría que casi siempre— nos decantamos por lo que nuestra creatividad tejió primero y acabamos decepcionados con lo que observamos en esa ya cotidiana pantalla.

 

Pero el objeto de este artículo no es el uso decreciente que se hace de los instrumentos valiosísimos consustanciales al cerebro infantil, sino viajar a la raíz de los cuentos populares para desvelar que, lo que se nos brindó como finales felices (un recodo de esperanza), en realidad fueron concebidos como historias trágicas con finales igualmente infaustos.

 

Me centraré en la figura de uno de los más célebres creadores de historias fantásticas de todos los tiempos: Hans Christian Andersen.

 

El soldadito de plomoEl danés, autor de obras tan conocidas como El patito feo, La sirenita, La reina de las nieves, Las zapatillas rojas, La pequeña cerillera o El soldadito de plomotuvo una existencia poco agraciada y esos infortunios se reflejaron en la versión original de sus cuentos.

 

La todopoderosa factoría Disney adaptó tres de sus narraciones en versión cinematográfica, modificando sus desenlaces y edulcorando el contenido primigenio para adecuarlo al público infantil. El resultado fue La Sirenita, El Patito Feo y la reciente Frozen (La reina de las nieves), que cosechó un gran éxito en las salas y se convirtió en todo un fenómeno comercial.

 

En el imaginario colectivo de mi generación yace la sonriente sirenita de flameante melena roja moldeada por Disney, que pensábamos, finalmente se casaba con su príncipe azul y se sumergía en un estado de utópica felicidad perpetua.

 

En el cuento de Andersen, la sirenita acaba convertida en espuma de mar. Es decir, muerta.

 

Repasando la obra completa de este autor, me doy cuenta de que sus cuentos —leídos a muy temprana edad— dejaron una impresión en mí que los años no ha desvanecido. Ni siquiera atenuado. Recuerdo con absoluta nitidez la huella que me dejó  La pequeña cerillera: una niña pobre que, justo en Nochebuena y aterida de frío, se vale de una cajita de cerillas para calentar sus manos. La niña, finalmente,  perece de hipotermia al extinguirse la última de sus cerillas. Lúgubre colofón que deja su impronta en la fértil imaginación de un niño.

 

Uno de mis cuentos predilectos en aquellos años era El soldadito de plomo, otro ejemplo de cómo la tristeza impera en la obra de Hans Christian Andersen. Lo que parecía una entrañable historia de amor, acaba por convertirse nuevamente en una aniquilación de dos tiernos personajes. Llevo tatuada en mi memoria la imagen de la bailarina y el soldadito de plomo ardiendo juntos al término del libro. Al fin y al cabo, solamente eran juguetes, pudo pensar su rupturista creador.

 

La sirenita

 

Las compilaciones de Andersen han acompañado sueños, bibliotecas y habitaciones de generaciones y generaciones en las últimas décadas. La atormentada vida del escritor se refleja en un diario que él mismo fue confeccionando.

 

Ahí vació sus manías, neurosis y obsesiones.

 

Al parecer le influyó mucho su físico: el hecho de que fuese un chico desgarbado, alto, enfermizo y de facciones poco agraciadas le hizo crecer acomplejado. Esta subjetiva percepción de sí mismo fomentó sus dificultades para relacionarse a nivel social.

 

Uno de sus biógrafos se atreve a afirmar que Andersen murió virgen.

 

A pesar de sus múltiples coqueteos tanto con hombres como con mujeres, es posible que fuese con frecuencia rechazado por el objeto de sus pretensiones románticas.

 

Dicen que El patito feo está inspirado en él mismo, en su propia concepción de lo que veía al mirarse en los espejos, en su amplia trayectoria como amante no correspondido. Existía un simbolismo entre ese patito feo y su creador, que dejó patente su padecer como niño y adolescente en el renombrado cuento.

 

Muchas de las historias de Andersen están basadas en sus fracasos amorosos y en sus adversas circunstancias familiares. Nació en el seno de una familia muy pobre. Su padre era zapatero y, su madre, una lavandera iletrada.

 

El joven Andersen no tenía medios para desarrollar todas sus inquietudes culturales, así que decidió marcharse a Copenhague. In illo témpore intentó ser actor, bailarín e incluso cantante de ópera. No consiguió ninguno de sus tres propósitos.

 

Se pudiera extraer la conclusión de que el danés tenía mala estrella, a tenor de todos sus fracasos personales y profesionales.

 

Empero Andersen narra que, cuando era muy pequeño, su madre le llevó a una echadora de cartas para predecir su futuro. De aquella curiosa experiencia, ambos salen esperanzados, ya que la vidente presagia que el niño brillará gracias a su fama.

 

LOS MAL DENOMINADOS CUENTOS DE HADASLlegó un punto en el que Andersen comprendió que su camino era el de la escritura y consagró su vida a los viajes y a las letras. En otoño de 1862 recala con un amigo suyo en España, país por el que sentía una atracción especial. Estamos hablando del gran autor de los cuentos del último siglo y medio aproximadamente haciendo de investigador de la España mágica, pues quería contrastar si nuestro país tenía un sesgo tan tétrico como le habían contado previamente.

 

Andersen tenía muchas manías que, por otra parte, son muy propias de los escritores. En su caso sufría fobia a ser enterrado vivo. Dicen que la llevó a tal extremo que portaba consigo un papel que rezaba lo siguiente: Sólo estoy aparentemente muerto. También temía de forma casi irracional a ser atracado y padecía de un miedo atávico a perecer en un incendio, de modo que siempre llevaba consigo una cuerda por si tenía que saltar desde una ventana al producirse un siniestro de estas características.

 

Estas anécdotas revelan una personalidad hipocondríaca, que recuerda vagamente a Juan Ramón Jiménez, cuya obsesión pasaba por vivir siempre cerca de un hospital por si algo en lo tocante a la salud le acaeciese.

 

Los cuentos de Hans Christian Andersen rezuman un trasfondo psicoanalítico.

 

El traje nuevo del emperador, por ejemplo, está desarrollado justo después de un sueño del autor. Entra entonces en juego la sombra, el otro yo del creador. Bañado de psicoanálisis antes del mismo psicoanálisis, pero trasladando toda esa polémica de nuestras personalidades a través del aparentemente inofensivo cuento; y descubriendo un montón de historias increíbles, de miedos concentrados en el posiblemente más célebre autor de cuentos infantiles. Éstos, que a veces no tienen tanto de infantiles, sino que son como sueños de un creativo que van trasladándose en el tiempo y haciéndonos llegar interesantes significaciones.

 

El que acabo de redactar semeja el cuento real del gran contador de cuentos, en el que ambas realidades se superponen y prestan su luz y su sombra a la gran obra de un humilde danés que se tornó, no sólo reputada, sino también inmarcesible para el vasto imaginario colectivo.


 

 

 

 

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