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Ignacio Fernández Candela
Domingo, 18 de diciembre de 2016
A España se le ve el plumero bajo los faldones de las togas

Justicia de blandiblup

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Noticia clasificada en: España

Un país donde los poderosos pueden delinquir y usar a la Justicia abusivamente para proteger los delitos y encubrirlos pagando la impunidad y engañando a la opinión pública, no es digno de ser llamado Estado de Derecho.

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Se comprueba a diario esa maleable permisividad con la actitud delicuescente, según sea lo juzgado y el imputado.

 

Lo habían inventado hasta entonces todo en la industria juguetera hasta que apareció aquel elemento pegajoso que encandiló a los niños, rebozados de un moco verde repugnante que multiplicó las horas de diversión. Cuanto más asqueroso parecía, mejor era la sensación y garantizaba las risas.

 

Luego aquel moco verde traspasó el espacio juguetero e invadió nauseabundamente la dimensión institucional de un país paulatinamente enguarrado de corrupción y permisividad judicial extendidos a tan alto nivel que se hicieron intocables, y trastocó el espacio político para convertirlo en una porqueriza de intereses tabernarios. La cuestión era pringarse y el blandiblup pútrido de la voluntad indecente lo cubrió todo.

 

En España hay mucha afición a la travesura, a la conveniencia del juego antes que a la recomendación del deber. Así nos va que hasta parece que arriesgamos el futuro de la identidad nacional, la vital supervivencia, en manos de tantos irresponsables y tramposos. Poseemos tantos traviesos con ambiciones galopantes como juegos inventados de capricho político para ejercer la anarquía del desorden, tal cual lo harían los niños que no aceptan las reglas para divertirse. Estamos rodeados de insanos niñatos. No se sabe a qué estamos jugando pero sí que nos arriesgamos a dejar de travesear para tomarnos muy en serio la voluntad de continuar, o no, un juego donde quien más quien menos se salta a la torera la convención de lo democráticamente limpio.


En España parece que todo el mundo se ha puesto de acuerdo en jugar a ver quién resulta más repulsivo cubierto de una bazofia moral parecida de esa mucosidad verde que hacía las delicias de otrora infancias. Aquella sustancia resultaba ser un divertimiento inocuo, no así este blandiblup que cubre asquerosamente social política e institucionalmente este país de pringues, pringados, sucios y nauseabundos responsables que se nutren de gente honrada además de estar cubiertos de mierda. Un esputo infeccioso envuelve los más significativos estrados de la justicia, con algunos jueces tan maleables en la intención como previsibles en el arbitrio posibilitando el juego sucio que gana quien más asco termina dando. Impunemente. Y nada cambia pese al descaro de la prevaricación o con la pretensión de que los fiscales instruyan causas como comisarios políticos de los partidos en el poder.  En esta España plena de inmadurez ya somos adultos, aunque no se note contemplando el percal institucional tan permisivo que nos complica la vida con el augurio de un futuro aún más desalentador. En este país donde cada cual juega a  lo suyo cuesta distinguir quién se ensucia más de esta repugnancia permisiva con la que todos se pringan; este blandiblup de la política y alguna justicia creado a propósito para dar asco y cubrirlo todo de pegajosa sustancia. 

 

España adolece de una inmadurez muy arriesgada. Hay niños que no aprenden lo constructivo y pretenden destruir el juego. Existe una tendencia al juego sucio aceptado, cuanto más sucio más admitido y encubierto por una justicia blandiblup tremendamente pringada.

 

¿Qué Justicia frente a los más sonados casos de corrupción? Ninguna

  

A España se le ve el plumero bajo los faldones de las togas. Plumas de cobardía, cobardes plumíferos, ejemplos de la desvergüenza por lo convenido que no es digno de respeto ante una ciudadanía harta de corrupción permitida desde los tribunales.

  

En algunos momentos determinantes se advierte la Justicia que en España nunca fue. Porque en los grandes asuntos fue comprada, en los magnánimos conculcada, en los ocultos descaradamente silenciada. Muchos ciudadanos piensan que no hay dignidad que se sostenga y el país acusa el sectarismo de sinvergüenzas vendidos capaces de sentencias que no son más que el reflejo pútrido de los delincuentes advenidos a la Justicia que administran las corruptelas, los enjuagues políticos, los crímenes de sangre solapados, y hasta los caminitos de jerez que nunca se supieron hacia dónde dirigían pero cuyos artífices fueron premiados por osar disimular las intenciones prevaricadoras con órdenes de máximo nivel. En la actualidad no se percibe Justicia, quizá porque perdió credibilidad cuando quedó politizada a las órdenes del mejor postor. Parece existir un orden del sistema que en realidad se tambalea por la fragilidad de las bases jurídicas. No han de engañar las apariencias pues lo justo dista mucho de ser la virtud que podemos esperar de ciertos tribunales, cuya utilidad es perfecta para politizar las decisiones aparentemente imparciales.

  

Una Justicia de quita y pon es un juguete roto que ha costado muy cara en un país que recela cada vez más de algunos apoltronados togados. A diferencia de otras profesiones, ser juez es una labor sobrevalorada que convierte en patente de corso cualquier decisión por mucho que hieda a intereses ocultos y contra la propia ciudadanía. No se comprende el carácter vitalicio de lo insigne, cuando se puede colar un sinvergüenza escudado tras la propia ley para hacer lo que venga en gana. Hay muchos jueces honrados pero otros encubren intenciones delictivas del más alto nivel. Últimamente las caras de algunos sinvergüenzas se repiten en decisiones que solo pueden comprenderse desde la compra política o la actitud de un proselitismo afín a la radicalidad más inmunda. Cuanto más blandiblup, mejor; los canallas de este país tienen la diversión asegurada.

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