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Carmen Panadero Delgado
Sábado, 17 de diciembre de 2016
Los deportados verían alejarse, incrédulos, la costa andalusí

SAVIA ESPAÑOLA EN LA POBLACIÓN DE FEZ

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Tras la muerte de más de 2.000 personas y el destierro de los supervivientes del motín del arrabal de Sequnda en Córdoba (818 d.C.) por el emir al-Haqem I, la población de la capital mermó en un cuarto del total de sus habitantes.

La ausencia de aquellas 22.000 mil familias (más de 130.000 personas) iba a suponer gran pérdida de riqueza para la ciudad.

 

Cuando el arrabal había sido ya evacuado, iniciaron los obreros su demolición, y todo aquel que fue encontrado escondido, en flagrante desobediencia de las disposiciones del soberano, murió crucificado. Luego, Sequnda fue explanado, roturado y sembrado.

         

Entretanto, la fama, que vuela más rauda cuanto más infaustos son los sucesos que divulga, había esparcido ya por todo al-Ándalus tan aciagas noticias. El emir trataba de hallar la forma de justificar ante el pueblo su despiadado proceder con los insumisos cordobeses. A tal fin, se redactó un Parte de la Victoria para que se publicase en las principales ciudades. El documento decía:   

 

          En el nombre de Alá, el Único, el Clemente, el que dispone de la gracia y el favor, del poder y la justicia, que, por atesorar en su santa mano la misericordia, la equidad y la potestad, tiene a bien otorgar el acierto y el poder a quien se ha hecho digno y merecedor de ello, sin que nadie tenga derecho ni autoridad para oponerse a tales designios.

          Mas, en olvido de estas santas y justas razones y en pleno mes de Ramadán, en vez de entregarse a la oración y al ayuno para su santificación, juntáronse los depravados, la canalla y grey ínfima de Córdoba, esparteños de corto alcance y rústicos en actitud petulante e insolente, y empuñando las armas manifestaron su rebeldía y mala condición, sin que de parte de este Emir y su gobierno mediara desmán, mala acción ni hecho censurable alguno.

          Este ganado de ignorantes y groseros, que despreciaban a su soberano con descaro y calumniaban su conducta sin mostrarle el respeto debido, se arrogó una autoridad que Alá, el Alto, no le había conferido.  Por tanto, yo, su Emir, tomé las medidas oportunas y desplegué mis tropas contra los depravados que se confabulaban contra mí en los arrabales. Y con el auxilio de Alá, que allana lo arduo con su concurso y socorro, mis ejércitos se encargaron de escarmentar a esos esclavos que no tuvieron más opción que entregar sus miserables cabezas en castigo por la violación del juramento de lealtad a su Emir. Porque no fue sino Alá quien me autorizó como Emir a humillar, destruir y matar a los rebeldes, puesto que me otorgó la capacidad para hacerlo.

          No obstante, en agradecimiento al socorro de Alá, antorcha iluminadora, yo, al-Haqem ben Hixem, afirmo haberme abstenido de expoliar las propiedades de los insurrectos, así como de cautivar a sus mujeres e hijos y de matar a inocentes.

 Por eso bendigo y ensalzo su nombre, por eso he de mostrarle mi agradecimiento, por haberme ayudado a acabar con esa chusma envilecida, proclive a los politeístas, a los que se inclinaban en espera de su protección. Tal demasía solo merecía la muerte, que no alcanzó a mayor número de personas por el perdón y la piedad que Alá inspiró a vuestro Emir, que como a hijos propios os ama.

          Os invito y aliento, walíes, nobles y pueblo, desde el más alto al más bajo, a uniros a los agradecimientos que vuestro Emir eleva a Alá, pues con su sabiduría me ha iluminado.

 

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 Tras abandonar sus hogares, los proscritos cruzaron ríos, montes y valles, cargados, con los pies llagados. El itinerario hacia la costa estuvo sembrado de abrojos para los desdichados del arrabal de Sequnda. La mayor parte se dirigía hacia Algeciras, pero otros tomaron el rumbo de Pechina para embarcarse en su puerto, Almería. Como el emir los había obligado a viajar en grupos pequeños, “soldados y malhechores les salieron al atajo cuando llegaban a ciertas angosturas y malos pasos del camino” (Crónicas arábigas), y les robaban las pobres pertenencias que habían conseguido salvar; muchos murieron en defensa de sus bienes. La zozobra, el horror y la desesperación debieron de anonadarlos en las ocasiones en que se toparan con algún vecino colgado de un árbol. Es sabido que esto aconteció con frecuencia.

 

El emir había dado instrucciones para que se facilitase pasaje incluso a quien no lo pudiera pagar, y habíanse dispuesto barcos exclusivamente para los deportados de Córdoba, con órdenes de hacer cuantos viajes fueran necesarios hasta la costa de África. Al embarcar serían testigos del callado desconsuelo de muchos, de los lamentos de otros, de la postrera rebelión de algunos que, cuando su nave íbase retirando pausadamente de la costa, determinaban saltar al mar desde la borda. 

 

Los deportados —hombres, mujeres y niños—, que se hacinaban en las cubiertas y en los niveles inferiores de los navíos, verían alejarse, incrédulos, la costa andalusí. Se sentirían arrancados, despojados… Unos lograrían llorar; otros verían alejarse su suelo patrio con los ojos secos, preñados de rebelión, retadores. Más de uno llegaría a envidiar a los que murieron libres en el motín, que se ahorraron vivir las calamidades y humillaciones que les aguardaban.

 

Finalmente, las naves atracaron en Ceuta. Pero la ciudad costera no podía absorber tan ingente multitud, y millares de andaluces, al cerrárseles sus puertas, prosiguieron hacia el sur; la mayoría se asentó a la orilla del río Martĩl y cerca de su desembocadura, junto al cabo Kehãl. Quizás en Ceuta muchos de ellos adquirieran jaimas beréberes; importaba lograr un techo, aunque fuera liviano, y dejar de dormir al raso.

 

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A principios de verano de 818, en el campamento de aquellos maltratados cordobeses las condiciones de vida habían mejorado. No tenían mezquitas ni alfaquíes, pero a un musulmán le basta con clavar una lanza al sol para orientarse, purificarse con agua, tierra o arena, mirar hacia La Meka, extender la almocela y prosternarse sobre ella para convertir tan pequeña superficie en su propia mezquita. Ya algunos oficios habrían logrado iniciar su producción y, sin embargo, no podían dejar de añorar su paraíso perdido ni olvidar que aquel era para ellos sólo un lugar de paso.

         

Entonces recibieron las primeras noticias sobre una población recién fundada no lejos de allí —Fèz— e incluso el ofrecimiento de crear en ella  asentamiento estable para parte de las familias cordobesas desterradas. Al otro lado de la cordillera del Rif, aquellas montañas que ellos veían desde su campamento, hallábase una ciudad que solo hacía diez años (808) el rey Idris I había levantado y amurallado, pero que aún estaba semidespoblada.

           

SAVIA  ESPAÑOLA  EN  LA  POBLACIÓN  DE  FEZLos beréberes Yebala del Rif les enviaron correos para hacerles saber que se necesitaban pobladores a millares para aquella ciudad. Luego, recibieron la invitación procedente del mismo Fèz; el rey Idris pretendía dar a su nueva urbe un aire más cosmopolita, ya que hasta entonces solo habían acudido a ella beréberes de Qayrwãn, y el monarca procuraba con los cordobeses desberberizar la capital.

           

Fèz se encontraba dividida en dos por el río, y uno de esos sectores era el que ya estaba habitado por gentes de Qayrwãn, pero existía en el sector opuesto, al otro lado del río, un arrabal que llamaban al-Aliya, asegurado ya y circuido de murallas, con canalizaciones de agua y servicios, pero aún sin edificar. El soberano brindaba ese arrabal a los desterrados.  

 

La presencia de mozárabes (cristianos andalusíes) entre ellos está documentada, porque en el arrabal de Sequnda convivían como vecinos sin demasiadas complicaciones. El historiador griego Vassilios Christides en su obra “The Conquest of Crete by the Arabs”, refiriéndose a la composición étnica y religiosa de estos desterrados, escribe: “Es probable que cristianos españoles arabizados se les unieran. Se ha verificado que las distintas ramas de musulmanes cordobeses que se establecieron en Fèz  incluían mozárabes, como también ocurrió en el grupo de Abũ Hafs. Otro indicio de la presencia de cristianos entre los seguidores de al-Ballutĩ se ha encontrado en el hadĩt publicado por J. Aguadé, así como en otros hadices".

 

SAVIA  ESPAÑOLA  EN  LA  POBLACIÓN  DE  FEZ Los desterrados cordobeses no dejaron pasar aquella oportunidad. Eran gentes de ciudad y tratarían de reproducir en Fèz la que fuera su existencia en Córdoba. Ansiaban brindar a sus familias un hogar con techo y lumbre, la protección de altas murallas, la defensa de un ejército profesional, jardines, mezquitas, escuelas y madrasas para sus hijos, trabajo estable, calles empedradas, aguas dulces y salubres, zocos y baños públicos.

         

De Fèz los separaba una elevada cordillera, el Rif, erizada de escarpadas cumbres y profundos despeñaderos. Incluso, antes, tenían que  avenirse con las cabilas beréberes que hallarían al paso. Tras días de marcha, divisaron dos prominentes montañas a lo lejos. Las formaciones rocosas de sus cumbres mostraban el peculiar aspecto de dos cuernos; eran los montes Megou y Tisouka, a cuyos pies, abrazado por ambas laderas se extendía un populoso campamento: Xãuen (Chaouen), que en bereber significa “los cuernos”. Allí se asentaba la cabila yebala, cuyo jeque los acogió y guió hasta Fèz. Pronto supieron que la ciudad que recién despuntaba no podría acoger a más de siete u ocho mil familias.

         

Fèz se encuentra en una vega fértil, cruzada por un río bordeado de tejos, tamariscos, cipreses y acacias. Levi-Provençal escribe que el río se ramificaba en su interior en múltiples acequias, que iban circundando  casas, jardines, mercados, mezquitas, baños públicos y, tras mover las ruedas de los molinos, salía de la población arrastrando sus inmundicias hasta desaguar en el río Sebu, del que es afluente. 

         

Los cordobeses que allí se quedaran darían muchas gracias a Alá, pues su nueva ciudad hasta tenía un río, como Córdoba. Y no era un río cualquiera, según Levi-Provençal; basándose en fuentes arábigas, asegura en “La Fondation de Fèz” que sus aguas son de las más dulces y delgadas de la tierra, que pueden diluir los cálculos y eliminar la fetidez del sudor corporal a quien se lava con ella y la bebe. "Tal agua _dice_ suaviza la piel, erradica los piojos y facilita la digestión"; hasta un médico famoso la recetaba en ayunas como afrodisíaco. Ese río, asimismo, gesta perlas de excelente calidad, por eso lo llaman Wadi al-Ŷawãhir, “Río de las Perlas”, y proporciona cangrejos, sargas, múrices, carpas y barbos.

 

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La población ofrecía medios para el recreo de sus moradores, porque a cuatro millas hallábanse las deliciosas termas de Jaulãn. Aseguraban los beréberes, además, que las gentes que ya la habitaban eran acogedoras y que, desde su fundación, no cesaban de conceder asilo a quienes lo necesitaran, de modo que quien entraba en la población  la adoptaba por su patria y mejoraba de situación[1]. Pero eran 22.000 las familias cordobesas desterradas, y el arrabal de Fèz que se les destinaba solo podía albergar a siete u ocho mil.

         

Cuando les comunicaran esta limitación, los desterrados se sumirían en la inquietud y el desencanto. Se ignoran los criterios de selección acordados para su establecimiento en Fèz: ¿las familias con hijos pequeños, con mujeres embarazadas, con ancianos y enfermos...? Pero está probado que los andalusíes lograron que no se discriminase a las familias mozárabes y, entre ellos, se establecieron tambien gran número de cristianos cordobeses desterrados. Pero los sinventura del arrabal que no lograron acomodo experimentaron de nuevo el desgarro de la separación y la incertidumbre del vagar sin rumbo.     

 

Cuando los cordobeses llegaron, Fèz no era más que un gran pueblo con modestas casas de ladrillo crudo y techadas de ramas. Presto se transformó. Con el asentamiento de los andaluces, el sector que les había sido adjudicado creció con esplendor y pasó a denominarse Madĩnat al-Andalusiyyĩn.

         

Aquellos miles de familias de proscritos del arrabal de Sequnda _más de 40.000 personas_, que poblaron buena parte de la naciente ciudad, implantaron allí no solo su experiencia de vida ciudadana, también (según Levi-Provençal) sus técnicas ancestrales de edificación, de jardinería y de artesanía, de música, poesía y artes culinarias, marcando para siempre con su impronta la fisonomía y la vida de la acogedora ciudad.


[1] - "La Fondation de Fèz", de Levi-Provençal; Reinhart Dozy; "The Conquest of Crete by the Arabs", de Vassilios Christides; "Los Andaluces Fundadores del Emirato de Creta" (ensayo)  y "La Estirpe del Arrabal" (novela), de Carmen Panadero, etc.


 

 

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