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Carmen Teijeiro González
Viernes, 16 de diciembre de 2016
La clandestinidad de lo perverso se engrandece

Pisar el freno

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En ocasiones una decide pisar el freno y observar los acontecimientos intentando hacer uso de la máxima imparcialidad posible. En este proceso se cuela forzosamente la autocrítica, la contemplación de uno mismo y de su forma de proceder.

En una sociedad cada vez más veloz y confusa, somos responsables de nuestra respuesta y singular adaptación a lo que nos toca vivir.

 

Durante el desayuno, una desagradable misiva cibernética de un completo desconocido me hizo pensar en la creciente hostilidad que nos rodea. Mucho se ha escrito sobre la aparente impunidad que ofrece la máscara del nick, pseudónimo o alias que puebla las redes y del uso de las mismas para tratar de ofender – otra cosa es que se logre  – o condicionar el ulterior ánimo del que recibe el ataque.

 

Me pregunto cuál es el beneficio de esta inclinación furtiva que, a base de repetición, comienza a hacerse patente, notoria, casi indiscutible. La clandestinidad de lo perverso se engrandece y ya podemos verificarlo en cualquier red social, en cualquier forma de comunicación que no requiera del desacostumbrado acto de mirarse a los ojos.

 

La nueva realidad es que perdimos el hábito sano de comunicar lo que pensamos en internet con la misma educación que lo haríamos si tuviésemos al otro frente a frente. Semeja que, entre las bambalinas opacas de lo virtual, despunta la ira que algunos/as enmudecen en su rutina diaria. Ese magma coercitivo que procura el daño ajeno empieza a resultar apabullante y viral.

 

Parece que cualquiera pudiera tuitear cualquier cosa, a modo de ejemplo. Como si un tuit convertido en auténtico dardo de intención malsana no debiese de ser supervisado e incluso sancionado si se considera que sobrepasa el límite de la legalidad y el derecho de las personas a ser respetadas. Exista pantalla de por medio o no.

 

Claro. Existe libertad de expresión, derecho que enriquece a una sociedad que sabe hacer uso de ella. Se trata, pues, de un terreno contradictorio y algo farragoso: celebramos el ser libres de exteriorizar aquello que consideramos conveniente, pero nos damos de bruces con la contrapartida del que se atrinchera en el anonimato para dar rienda suelta a esas cavilaciones ocultas que autocensuraría o inhibiría casi con total seguridad en un contexto donde su identidad fuese revelada.

 

Esta problemática que delata el creciente y turbio uso de una herramienta tan poderosa y global como arriesgada y escabrosa, se determina, requiere de una legislación y pone de manifiesto un vacío educacional que debiera de ser subsanado cuanto antes en las aulas y en las casas. Porque siempre hubo matones, acosadores o trols de carne y hueso.

 

La violencia, por desgracia, es tan antigua como el ser humano y el spam es un escollo a sortear también en nuestra rutina diaria.

 

Lo preocupante es que internet ofrece el privilegio de la exoneración y el colectivo derecho al anonimato. Estos dos últimos puntos no serían motivo de alarma si la gente atendiese a unas normas básicas de respeto en la comunicación, pero al final, internet no es más que el reflejo hiperbolizado e intensificado de lo que un individuo cualquiera lleva por dentro a la oficina. Exteriorizado o no, las redes sólo ponen de manifiesto una realidad que ya existía.

 

Por tanto, tan vez mis conjeturas no se dirijan al trillado campo del uso vertiginoso y muchas veces negligente de internet, whatsapp y demás vías impersonales de comunicación. Tal vez el objeto de este texto esté más próximo a la intranquilidad por ciertos aspectos cada vez más obvios de la naturaleza humana, la hostilidad que rezuma la actual sociedad, la prácticamente nula consideración para con la sensibilidad ajena, el fracaso de los sucesivos sistemas educativos, la ausencia de valores, la crítica feroz, la delirante competitividad y el déficit de empatía y cordialidad que asola por todos los flancos.

 

¿Ustedes no lo notan? ¿No notan que, lo que antes yacía soterrado, ahora asoma sus tentáculos como un descomunal monstruo marino y nos bombardea sin tregua por cada costado?

 

Tal vez sea una impresión mía y la estructura funcione sin fisuras o el quid consista en mirar para otro lado, en no prestar atención. De ser así, pasen por alto mis tribulaciones tempraneras.

 

Cavilando acerca de mi propio rol y manejo en estos asuntos, apuro los últimos tragos de un té ya helado y me dispongo a abordar una jornada donde impere la cordialidad y la empatía muy por encima de los dardos de la siempre prescindible hostilidad. 

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