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Pedro Rico
Miércoles, 14 de diciembre de 2016
Fantasear y actuar las películas era tan reconfortante de niño que lo echaré en falta

Apuntes para una nueva educación emocional

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Noticia clasificada en: Narrativa

Ya en casa, 21:12, trato de posarme en algo. La caldera, la nevera, la voz, el perro, el cuadro del lobo. El trabajo, mi padre, mi chica, mi madre, el otro y el de más allá. Siria. Trump. México. El culo que me pica. La lumbar que me recuerda el estado de la cuestión. Diciembre. Labios secos. 

Este otoño es un invierno camuflado. Debo tener más de treinta años porque me nace recogerme en un libro, en la somnolencia o el amor familiar. Le rindo leve culto al cuerpo como único modo de conectar con el presente. Respiro. Se que estoy respirando.

 

No puedo negar que existen decepciones e ira ocasional en torno a los otros. Es una forma no funcional de canalizar la tensión, la insatisfacción, los desencuentros y los malos hábitos. Trato de quedarme gilipollas revolviendo el azúcar para no nadar en mis pensamientos. Es un refugio. El olor, el sonido, el peso y el tacto de la cuchara. El blanco. Cuando estoy en estas cosas soy más yo mismo que en ninguna sentencia cognitiva acerca de eso que he ido llamando mi realidad.

 

A veces proyecto y visualizo mi necesario progreso en esta línea y creo que me da cierto miedo. En el fondo me da pena dejar de volar con la mente. Se que puedo hacerlo de un modo más consciente en adelante pero también se que no será lo mismo. Fantasear y actuar las películas era tan reconfortante de niño que lo echaré en falta.

 

Estos días el cromatismo es espectacular. Puedo verlo desde la bicicleta a velocidad media. El sonido de la rueda cortando los charcos. El sol, tan reconfortante, en el rostro. La respiración, amplia y rítmica. La espalda quejándose, el cuerpo tratando de ayudarla en la postura. A veces canturreo algo sencillo y clásico como "You really got me" o simulo a los olvidados comentaristas de eurosport. Bebo agua. Reduzco para observar a las vacas, que me miran fijamente como si pensaran lo ridículo que resulta verme convertido en otro varón más sintiéndose Eddy Merckx.

 

El silencio es ensordecedor mientras juegan Madrid y Barsa. No siento bandera ni disidencia alguna al no seguir el partido. Es una cuestión atencional, no oposicionismo. Aunque no deja de llamar mi atención el hecho de que sea un acontecimiento de máximo interés en detrimento de otros temas.

 

Tengo un tío que los domingos, aunque no quiera, lleva una boina gris en la cabeza. Dice que hay tardes de domingo que la melancolía es tan intensa que dan ganas de atrincherarse en casa bajo la manta. Si hay futbol es aun peor, si huele a paella aun mas. Entra en los quioscos con una inexpresión gélida, toma cafés de puchero y abarrota el cenicero de ducados. Cuando se pone a contarlo, mi tía suele mirarme como el padre de un prófugo a su primo teniente. 

 

De vuelta a casa veo a la gente de mi barrio en sus casas. Algunos están en su salón y la tv ilumina la escena tras las cortinas. Son vidas detrás de vidas y mas vidas, que se extienden en el tiempo rozando o cortando o escapando de las nuestras. Los coches gritan rabia contenida en la oficina, en la cocina, en la escuela. Un ciego casi choca contra mi, que entro en el portal como un inspector de policía en una novela negra de Montalban. Subo en Super8 la escalera. Puedo escuchar, otra vez, mi respiración. Y a la vecina en mitad de un speech sobre que esta, te juro que esta, es la última puta vez que me haces esto.

 

Ya en casa, 21:12, trato de posarme en algo. La caldera, la nevera, la voz, el perro, el cuadro del lobo. El trabajo, mi padre, mi chica, mi madre, el otro y el de más allá. Siria. Trump. México. El culo que me pica. La lumbar que me recuerda el estado de la cuestión. Diciembre. Labios secos. 

 

Jim Morrison, Neruda, Sabina, Angel González, Ray Loriga, Allen Ginsberg, eran mis amigos cuando tenía dieciseis años. Me ayudaron a defenderme y a soñar. A ser un romántico y también un cínico. Después me desvié del camino y probé otros licores. Ahora he vuelto para quedarme y caminar por esta senda.

 

Si no me hubieras dicho que lo desarrollara no lo habría hecho. Un motor no es una mecanismo, es una persona que te lleva al límite de ti mismo. Se puede escribir en línea recta y se puede escribir en espiral. Si no eres una línea recta es mejor que trates de escribir en espiral. Cuando era un chaval me las daba de escribir en verso libre. No tenía ni idea de escribir poesía. Era pueril, aunque algún verso pudiera ser rescatable. Si en algún momento lo fue estará en alguna conexión neuronal en el sistema límbico. Lo quemé todo porque lo hacían los grandes. Si no eres grande lo mejor es que trates...

 

Este otoño tengo mucho frío en los pies. Sondeo a mi entorno en busca de cobijo estadístico y compruebo que en realidad estaba en lo cierto. Tengo más frío del normal. La noche cae sobre Oviedo y llega a su fin la fiesta de La Constitución. Esperaba un momento para cerrar el hilo y ya lo tengo. Te lo dije.

 

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