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Ignacio Fernández Candela
Domingo, 11 de diciembre de 2016
En el Vaticano aúllan lobos

El papa desviado

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Si eres uno de esos afortunados que observa con estupefacción la denigrante humanidad que se está desenmascarando a medida que nos adentramos en el siglo XXI, eres digno de ser felicitado aunque ello no implique ninguna ventaja.

Seguramente seas una persona cabal, íntegra, generosa, de sentido común y además víctima de esa manada carroñera que desfila a diario por las sociedades civilizadas, allá donde haya oportunidad de poder y riqueza ganados con el esmero de la explotación y la falta de escrúpulos. No estás solo en esa percepción. El mundo es un gran cajón con millones de ratas sueltas mordiendo salvajemente la misma carnaza de ambición desmedida. Ratas doquiera se busque comprender qué sucede en esta Tierra donde unos son roedores salvajes con ansias parasitarias como depredadoras y otros cobayas en inferioridad de condiciones para confrontar con este salvaje estado de infestas codicias.

 

Si crees que este mundo irreconocible se ha desviado y tomado camino hacia una segura precipitación por el abismo del fin de una era, no estarás desencaminado. Alégrate de tu estupefacción que no de la estupidez de tantos poderosos llamados a sucumbir con el peso de sus intrascendentes exigencias. Cadáveres vivientes pugnan por controlar este mundo desquiciado. Futuros muertos, antes ciegos. Si lo ves así, no habrá ceguera del alma que sanar. En estos tiempos hasta el Papa no disimula la ignorancia del espíritu y se abisma en la estulticia del fanatismo humano que entierra la coherencia, tergiversa un mandato divino y mancha indignamente la decencia de una justicia elemental en manos de fariseos con piedras por corazones. Hoy las bendiciones parecen derramadas por un Satanás convenido y pagado de sí mismo en el engreimiento de sus súbitos que no se esconden de las vergüenzas públicas, así sean universales. Son tiempos extraños, ¿verdad?

 

Atónito debes de permanecer como testigo callado de esta debacle generalizada en la que el orbe está inmerso con la incertidumbre, si no con la desalentadora certeza, de un futuro que podría conllevar una aniquilación global. Porque nada es como antes y hoy en día las convulsiones no son aisladas. No hay un solo resquicio mundanal que viva liberado de las problemáticas conjuntas que afectan a la supervivencia de un planeta maltratado, como sus habitantes condenados a contar los días con la sospecha de que vivimos fechas marcadamente apocalípticas.

 

Hace unas pocas décadas este mundo actual sin valores y tergiversado, con una moral emponzoñada convertida en corrección política era impensable y menos previsible que la distopía orwelliana superada con creces por la retorcida planificación de inhumanidad que asuela Occidente. Y no es casualidad esta regresión a los oscuros tiempos de la necedad que terminaron en conflictos que han generado dramas y trastornos dantescos a nivel mundial. Estos desórdenes morales que horripilan a personas normales están causados por la aberración de un poder degenerado en ambiciones ocultas que buscan transformar el equilibrio social y político para imponer un orden dictatorial tras el eufemismo de la representación democrática. Nada es casualidad sino una catarsis inducida. Son muchos años transcurridos en que los liderazgos políticos han sido sustituidos por obligaciones contractuales de poderosas economías que mueven los hilos de la influencia, para convertirnos en cobayas de cuantos experimentos se han pactado realizar en un laboratorio de ingeniería social aberrante y oscurantista.

 

Basta poseer sentido común para observar, alejados de la locura de los caprichos amalgamados en este siglo XXI por gentuzas que buscan dominar hasta el aire que respiramos, estos tiempos en la decadencia profunda del principio humanitario transformado en intereses despiadados.

 

No es que sea este siglo XXI una evolución en la Historia de la Humanidad sino una degeneración de una historia imperfecta y acumulada de errores, defectos e hipocresías como suma definitiva en la saturación informe de civilizaciones fanatizadas, cada una a su modo,  que parecen buscarse en definitiva contienda.

 

Si tú resistes como cobaya rodeado de ratas eres un superviviente de tiempos muy difíciles. Regocíjate por tu lucidez al no ser una de esas ratas cotidianas que en tiempos de crisis clavan el incisivo sin miramientos. No eres una sabandija política que explota hasta la desmoralización los esfuerzos de los ciudadanos honrados que han de soportar la guía de ciegos que llevan equivocadamente las riendas de un país. No eres uno de esos epulones que viven cómodamente aniquilando lázaros de la vida. No eres  responsable de quebrar la ilusión por la esperanza de una humanidad cohesionada que no revuelta con esa estúpida intención multiculturalista que busca destruir la identidad propia de cada país occidental, en esta Europa de experimentación que aún habrá de sufrir desgarradoramente la hipócrita imprudencia de la corrección política.

 

Si acudimos a la incertidumbre mistérica de las profecías que auguran un Papa Negro-jesuita-, el número 112 que creará un cisma en la Iglesia, estamos muy cerca de comprobar cómo las leyendas se hacen realidad. Y es que los empeños en la alabanza sobre la miseria humana de este Francisco parecen querer colmar los deseos de cualquier agorero. En el Vaticano aúllan lobos y sisean las serpientes, como es bien sabido por mucho que se intenten ocultar las obras.

 

No será porque millones de personas como tú no adviertan los riesgos de la estupidez imperante en una clase dirigente que va a propiciarnos peligros de magnitud creciente. Se avistan en el horizonte los oscuros nubarrones de una tormenta históricamente anunciada. De esta al mundo no lo libra ni el papa y menos el actual.

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