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José Ramón Ponce
Domingo, 11 de diciembre de 2016
VISUALIZACIÓN Y CEREBRO

Consonancia cuerpo-mente

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Hippolyte Bernheim (1840-1919), profesor de Clínica Médica, en Universidad de Nancy, Francia, concluyó: “Toda idea sugerida tiende al acto...”, es decir, la imagen tiende a hacerse realidad.

Esta concepción ha sido objeto de tergiversación y de creencias erróneas, pero guarda también verdad científicamente comprobada.

 

Entender la relación causa-efecto entre la imagen visualizada, y procesos fisiológicos y conductuales del individuo, supone partir del carácter anticipatorio de la imagen. El ser humano, se percate o no, visualiza cada acto a llevar a cabo, y a medida que sea más complejo, se produce mayor participación del pensamiento. Lo cierto es que no se actúa si no se representa primero lo que se va a hacer.

 

Esta cualidad no se halla solamente en el humano. El insecto huye al recibir la señal de peligro, y desde luego, ese hecho no incluye imagen alguna, pero es la premisa de lo que será en animales superiores a través del proceso evolutivo. Con más razón la conducta del ser humano es controlada por la imagen previa de lo que sucederá o se dispone hacer.

 

Al mismo tiempo, esta imagen psíquicamente representada, para cumplir su función adaptativa es mediada por múltiples procesos y órganos del cuerpo, los cuales sistémicamente integrados coadyuvan a la respuesta final. Interactúan entre sí, incluyendo los componentes del cerebro, y son encauzados por la búsqueda de la congruencia con la referida imagen.

 

En consecuencia, la permanencia de una imagen dada en la consciencia promueve cambios conscientes, pero también deja margen para otros que quedan, consonantes con la imagen misma, como “sub-producto” inconsciente. Es decir, de manera colateral, lo visualizado tiende a hacer realidad.

 

Por ejemplo, es conocido como en ocasiones debemos despertar a una hora dada, y solo por visualizar la obligación despertamos realmente al momento preciso. Un sonido extraño en el hogar en horas de la noche hace suponer un asalto, circula la imagen de esa posibilidad y por ende el cuerpo se contrae, surgen alternativas en la mente de luchar o huir, y con qué medios. Al otro día, pasado el supuesto peligro, se sienten aun los efectos del estrés sufrido. En otro ejemplo, si una madre percibe la imagen de su hijo en peligro, desencadena fuerzas “de donde no se sabe” y se convierte casi en una fiera.

 

De modo similar ocurre en la visualización de metas y deseos. Pretender un logro determinado, con optimismo, supone una convicción profunda que se logrará. Por consiguiente, la imagen del éxito aparece en la mente.

 

¿Pero cómo aparece? ¡Inconscientemente aparece como hecho consumado! ¡Se ha logrado lo deseado! En consecuencia, el movimiento hormonal se pone en función de ello, se activan catecolaminas (adrenalina y noradrenalina). Pero como convicción del éxito supone satisfacción, se activan también las endorfinas (alfa-endorfinas, beta-endorfinas, encefalinas).

 

Este movimiento hormonal y orgánico en pleno activa la corteza cerebral, “abriendo caminos” al pensamiento, y produciendo estado de alerta a imperceptibles oportunidades para ser aprovechadas. La atención se mantiene alerta a los mínimos detalles facilitadores que aparezcan en el ambiente, y lo asociado “salta a la vista” espontanea e involuntariamente. Por añadidura, se crea un estado emocional, no estresante, sino de energía y vigor, que finalmente conduce a llegar a la meta. Es decir, la actitud optimista implica la imagen que propicia el éxito.

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