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Alonso Pinto Molina
Domingo, 11 de diciembre de 2016
«Bah, es un moralista»

Se busca moralista

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Noticia clasificada en: Ensayo Narrativa

Detrás de cualquier disputa, por intrascendente que sea, hay una consideración moral. Sin embargo, cuando se habla sobre la corrupción nadie introduce en la conversación la palabra «moral». Antes hablarán de cambiar la financiación de partidos que de cambiar la conducta del hombre.

    Existe una frase que nunca ha dejado de sorprenderme y que me parece el paradigma de esas respuestas comodín que a menudo el ser humano emplea sin haberlas meditado. Para situarla en su contexto, podemos decir que se da cuando alguien ha escrito una obra literaria con algún significado moral, cuando una persona emite un juicio de valor demasiado estricto, o en cualquier forma de expresión en la que se discute una cuestión moral. Entonces, y como si de un muñeco de cuerda con la misma frase recurrente se tratara, un tipo (un prototipo) de persona concentra en su expresión todo el desprecio del que dispone y declara lo siguiente: «Bah, es un moralista». Confieso que no es la primera incoherencia que salta a la vista la que más me sorprende. Me refiero al hecho de que esa misma respuesta emite un juicio moral sobre un tema moral, y es por tanto moralista. Pero no, no es eso lo que llama mi atención. Lo que realmente me sorprende sucede después. Y es que resulta que ese tipo que nos ha hablado de alguien como de un moralista en un sentido despectivo, o que en ese mismo sentido pero amortiguado por la amistad nos lo ha llamado a nosotros, nos cuenta a continuación sus desgracias. Nos cuenta que el banco le ha cobrado unos intereses desorbitados, que alguien le ha robado la cartera, que ha sido traicionado por un amigo o por su pareja sentimental. Y no sólo pretende que le escuchemos atentamente. Pretende que demos una valoración personal sobre el asunto, que sintamos conmiseración, que estemos de acuerdo con él en que sus desgracias tienen como denominador común un comportamiento ajeno objetivamente despreciable. Pretende, al fin y al cabo, que seamos moralistas.

 

   Pero si alguien piensa que es tarea difícil encontrar un moralista, puede desengañarse. Sólo podría no encontrarlo de la misma manera que el senderista no encuentra la montaña por la que está caminando. Sólo podría no encontrarlo por ser demasiado grande, demasiado numeroso. No hay razón para buscarlo porque está omnipresente. Detrás de cualquier noticia de periódico o de cualquier artículo, incluso en los más frívolos o sensacionalistas, hay un moralista. En cualquier conversación de bar, panadería, oficina; en cualquier programa de televisión, incluso en los que provocan arcadas morales, así como en cualquier otro medio de comunicación. En todos se halla el moralista, de una forma u otra. Lo que el hombre que acusa a otro de moralista quiere realmente decir es que es un mal moralista. Sin embargo esa palabra, de forma equivocada, se ha entendido como sinónimo de timorato. En realidad, sólo significa una preocupación moral, pero no una dirección. El diablo es tan moralista como Dios, sólo que es un mal moralista. Nietzsche era tan moralista como Kierkegaard, sólo que su moral era una aberración. Cuando una persona se queja de la corrupción política, no está hablando desde una consideración legalista. Si se legalizara la corrupción, seguiría protestando. Lo hace porque lo considera ilícito o ilegítimo aun cuando se legitimara. Lo hace porque lo considera inmoral.

 

   Llama la atención, sin embargo, que en la época de la especialización, de las especialidades cada vez más concretas, el de moralista sea un oficio sin gremio, sin reputación, sin existencia. Alguien puede especializarse en el tratamiento de las uñas o en el sexaje de los pollos, pero no está bien visto que se especialice en cuestiones morales. El hecho es significativo. Se pone especial cuidado en que alguien rectifique la naturaleza de las uñas, pero se considera superfluo que alguien se ocupe de la naturaleza moral del ser humano. Es una cuestión de Estado distinguir el sexo de los pollos, pero una cuestión sin importancia distinguir entre el Bien y el Mal.

 

  Detrás de cualquier disputa, por intrascendente que sea, hay una consideración moral. Sin embargo, cuando se habla sobre la corrupción nadie introduce en la conversación la palabra «moral». Antes hablarán de cambiar la financiación de partidos que de cambiar la conducta del hombre.

 

Una falacia de asociación les hace pensar que puesto que la consecuencia del problema es económica, la raíz del problema también lo es. No quieren cambiar la corruptibilidad del ser humano, sino cambiar  un sistema específico para que sea más difícil ser corrupto.

 

Ese cambio no está mal como solución pasajera, pero sí como solución final. Si el fin de un hombre moralmente corrupto es la corrupción, dificultar los medios significa sólo una solución cortoplacista. Sin embargo, todas las soluciones que nos ofrecen pasan por mecanismos tecno-económicos. Continuamente nos dicen cómo se ha ejercido la corrupción; en las tertulias de los medios de comunicación los economistas y politólogos teorizan sobre las posibles soluciones y nos explican con detalle los entramados de la corrupción política. En ningún momento alguien parece tener intención de explicarnos, o explicarse, por qué el ser humano es corrupto, y por qué lo es ahora más que nunca en el ámbito de la política. De alguna manera nos intentan convencer de que la política es un ámbito cerrado, impermeable a consideraciones filosóficas, y que los problemas morales no tienen cabida en ella. Una  reflexión superficial nos indica lo contrario: la política es la praxis de sistemas morales llevados al Estado. Una convención de moralistas prácticos.

 

    Quizá algún día, junto a ministerios como el de Justicia o de Defensa, veamos el ministerio de Moralidad, al que estarán subordinados los demás. Quizá en los periódicos, junto a anuncios tales como «se busca peluquera» o «se busca marmolista», encontremos algo parecido a esto: «se busca moralista. Experiencia demostrable. Sueldo a convenir». Mientras ese día llega, seguiremos conformándonos con que personas altamente cualificadas se ocupen del trascendental asunto de nuestras uñas.

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