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Flavio Crescenzi
Sábado, 3 de diciembre de 2016
Cuestiones textuales

Elucubraciones en torno a la coherencia y la cohesión

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La coherencia y la cohesión son propiedades esenciales de los textos. Decimos que un texto es coherente, entre otras razones, cuando es pertinente, es decir, cuando guarda relación con el universo referido y con el contexto en el que se presenta.[1]

Decimos, en cambio, que un texto está cohesionado cuando las unidades lingüísticas o sintagmas que lo integran se encadenan en unidades mayores y establecen relaciones. En otras palabras, la coherencia se ocupa de garantizar el sentido integral de un texto, mientras que la cohesión se encarga de asegurar los lazos gramaticales entre las oraciones que lo forman.

 

Para que se entiendan mejor estos conceptos, nos valdremos de algunos ejemplos literarios. Comencemos con este texto de André Bretón:

 

Durante ese tiempo los payasos se aproximan a su sombra rosa, elevan al sol su mono favorito con manguitos de mariposa. A lo lejos se percibe un incendio en el que zozobran grandes rejas: es que los bosques que se extienden hasta perderse de vista están ardiendo y las risas de las mujeres aparecen como matas de muérdago sobre los árboles del canal. Las estalactitas de la noche, de todos los colores, reavivan aún más el resplandor de las llamas hacia Citeres, y el rocío, que abrocha lentamente su collar en el cuello de las plantas, es un prisma maravilloso para el fin del siglo de los siglos. Los ladrones son músicos inmóviles en el muro de la iglesia, después de que a los instrumentos de su profesión se unieran violas, las guitarras y las flautas. Un lebrel dorado se hace el muerto en cada una de las salas del castillo. Nada tiene la suerte de separar al tiempo de su vuelo puesto que las mismas nubes de la víspera se someten al mar que brota.[2]

 

Sigamos con este otro de Julio Cortázar:

 

Con lo que pasa es nosotras exaltante. Rápidamente del posesionadas mundo estamos hurra. Era un inofensivo aparentemente cohete lanzado Cañaveral americanos Cabo por los desde. Razones se desconocidas por órbita de la desvió, y probablemente algo al rozar invisible la tierra se volvió a. Cresta nos cayó en la paf, y mutación golpe entramos de. Rápidamente la multiplicar aprendiendo de tabla estamos, dotadas muy literatura para somos de historia, química menos un poco, desastre ahora hasta deportes, no importa pero: de sea gallinas cosmos él, carajo qué.[3]

 

Como bien sabemos, la lengua es un sistema formal que admite o impide determinadas combinaciones. Decimos, pues, que son «gramaticales» las oraciones bien formadas, es decir, aquellas que no transgreden las restricciones impuestas por las leyes de la Gramática. De acuerdo con esto, las oraciones del escrito de Cortázar —por tratarse de un texto voluntariamente descentrado— son agramaticales.

 

Ahora bien, puede darse el caso de que las oraciones sean correctas desde el punto de vista sintáctico, pero imposibles de decodificar en un sentido directo o literal. Esto es lo que sucede, sin ir más lejos, con las oraciones del escrito de Breton: no hay impedimentos gramaticales para esa sucesión de palabras, pero sí semánticos. El sentido de esas frases es oscuro, críptico, tal como suele serlo la poesía surrealista.

 

Desde una perspectiva comunicacional, ambos escritos son imperfectos: el primero es correcto desde el punto de vista sintáctico, pero impertinente en términos semánticos; el segundo, en cambio, es agramatical por el ordenamiento incorrecto de las palabras, pero, una vez reestructurado, poseerá un significado inteligible.

 

Leamos, por último, este fragmento perteneciente a Adolfo Pérez Zelaschi:

 

Como vivo solo y salgo frecuentemente, nadie podría sorprenderse de que esa noche no volviera a mi departamento. Fui a un cinematógrafo, bebí café después de la salida —era ya la medianoche— y subí a un ómnibus cualquiera, que resultó el 126, pero cuyo número no elegí, y cuando éste pasaba por un barrio que me pareció solitario —Escalada y Directorio—, descendí y tomé por una larga calle de barrio flanqueada por casas bajas, arbolada y sombría donde a esa hora no transitaba un alma. Caminé unas cuadras al azar. Por fin vi a un hombre que salía de un despacho de bebidas, abrigado apenas el cuello una bufandita y sin sombrero. Lo seguí silenciosamente, pues me había puesto zapatos de suela de goma. El pobre diablo iba con frío a pesar de la tranca, las manos hundidas en los bolsillos y levantando los pies algo más de lo necesario, con ese paso livianito de los borrachos.[4]

 

En primer lugar, podemos advertir que en este texto aparecen expresiones diversas para designar un mismo referente: «ómnibus» es aquí sinónimo de «126»; «un hombre», de «pobre diablo», etc. Esto es lo que se conoce como «casos de sustitución sinonímica», es decir, casos en los que se utilizan elementos léxicos formalmente distintos, pero semánticamente similares.

 

Otras expresiones se retoman bajo una forma pronominal o mediante un artículo neutro: «éste» aparece en lugar de «un ómnibus cualquiera»; en «Lo seguí silenciosamente, pues me había puesto zapatos de suela de goma», «lo» reemplaza al objeto («un hombre», «pobre diablo») y «me» está puesto en lugar del sujeto de la acción. Otro tanto sucede con los relativos, que reemplazan a un sujeto u objeto que les antecede: en «un barrio que me pareció solitario», «que» retoma al objeto «barrio» y lo mismo sucede en «un hombre que salía de un despacho de bebidas». La flexión del verbo en primera persona del singular («vivo», «fui», «bebí», «subí», «me pareció», «descendí», «tomé», etc.) remite en todos los casos a un mismo sujeto «yo» nunca expresado.

 

Analicemos ahora una oración cualquiera de este mismo texto. Por ejemplo: «Por fin vi un hombre que salía de un despacho de bebidas, abrigado apenas el cuello por una bufandita y sin sombrero». Si bien este sintagma posee autonomía sintáctica, su sentido completo no logra comprenderse en forma aislada. Quedan algunas dudas que no pueden ser respondidas con independencia del contexto en el que la oración aparece. ¿En relación con qué tipo de expectativa se califica el momento con el adverbio por fin?, ¿quién es el sujeto del verbo vi?, ¿por qué espera, aparentemente, a un hombre?, etc. Otro tanto sucedería con cualquier oración que tomásemos.

 

Hay una primera relación entre las partes de un texto que está fundada en la remisión a elementos de una oración a elementos de otras y que aparece marcada en la superficie del discurso por los conectivos y los distintos tipos de repeticiones. No obstante, para que dos elementos puedan estar conectados linealmente en forma coherente tienen que cumplirse ciertos requisitos. Cuando dos elementos se condicionan deben estar relacionados por su significado o por su referencia a un mismo sujeto. Por ejemplo, una oración como «Analía es soltera, por tanto, no está casada» es coherente porque atribuye conceptos interdependientes, pero remitiéndose siempre al mismo sujeto (Analía). También es necesario que los hechos denotados que se relacionan entre sí se refieran a situaciones posibles. La violación de esta regla es lo que hace incoherentes oraciones como «Soñé que hacía calor, por tanto, fui a la playa».

 

van DijkPero la coherencia de un texto no se basa únicamente en la interdependencia de sus componentes, sino en la contribución de todas sus partes a un mismo propósito comunicativo. Esto es lo que se conoce como «coherencia global». La información que una frase agrega debe ser pertinente en relación con las frases precedentes. Así, para van Dijk, la coherencia «es una propiedad semántica de los discursos basada en la interpretación de cada frase individual relacionada con la interpretación de otras frases»[5].

 

Del mismo modo, un discurso puede interpretarse coherentemente incluso si la mayor parte de los elementos que establecen la coherencia están implícitos. El ya citado Van Dijk nos dice al respecto lo siguiente:

 

El problema en cuestión, pues, es el de formular condiciones que permitan proposiciones que permanezcan implícitas y especificar qué clases de proposiciones deben expresarse para que el discurso sea coherente. Denominaremos a las proposiciones que se postulan para establecer coherencia teórica de un texto, pero que no se expresan en un discurso, «enlaces omitidos» (missing links)[6]

 

En la progresión de proposiciones de un texto se suceden fragmentos que repiten información ya conocida y fragmentos que agregan nueva información. Se llama tema a aquella parte de la proposición que contiene lo ya conocido o presupuesto y que, en consecuencia, posee la menor información en un contexto dado. Se llama rema a aquella parte de la proposición que aporta el contenido fundamental del mensaje en una situación determinada, es decir, lo que se informa acerca de ese tema. El texto progresa cuando el rema de una proposición se convierte en tema de la siguiente o cuando a un mismo tema se le van asignando nuevos remas. Es lo que pasa en la siguiente oración de nuestro texto: «[…] y subí a un ómnibus cualquiera […], y cuando éste pasaba por un barrio que me pareció solitario…», el rema de la primera proposición (el ómnibus) se convierte en tema de la segunda y se agrega un nuevo rema (el barrio). Lo mismo pasa en esta sucesión de proposiciones: «Por fin vi a un hombre […]. Lo seguí silenciosamente […]. El pobre diablo iba con frío a pesar de la tranca».

 

Para Ducrot, esta suerte de ley de encadenamiento tiene dos condiciones:

 

  1. Condición de desarrollo: no se puede repetir, cada enunciado debe introducir una información nueva, de lo contrario resultaría reiterativo.
  2. Condición de coherencia: no debe haber contradicción lógica, todos los enunciados están obligados a situarse en un marco intelectual relativamente constante. Determinados contenidos deben aparecer regularmente a lo largo del discurso.

 

En suma, lo que esta ley nos intenta decir es que es normal repetir un elemento semántico ya presente en el discurso anterior, siempre y cuando se retome como presupuesto.[7]  

 

[1] Véase Daniel Cassany. Describir el escribir. Barcelona, Paidós, 2011.

[2] André Breton. «Pez soluble», en Manifiestos del surrealismo, Buenos Aires, Terramar Ediciones, 2005.

[3] Julio Cortázar. La vuelta al día en 80 mundos, Buenos Aires, Alfaguara, 2009. 

[4] AA. VV. Diez cuentos policiales argentinos, Buenos Aires, Hachette, 1953.

[5] Van Dijk, Teun. Texto y contexto, Madrid, Cátedra, 1980.

[6] Óp. cit.

[7] Véase Ducrot, Oswald. Decir y no decir, Barcelona, Anagrama, 1972.


 

 

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