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Fran Vega
Viernes, 2 de diciembre de 2016
nadie sabe qué destino aguarda a las 232 páginas que componen la partitura original

Mahler a subasta

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Noticia clasificada en: Música clásica

En los últimos días Mahler ha sido noticia en diversos medios y su figura ha resucitado ocasionalmente entre crónicas políticas y sociales de segundo orden.

Y no porque su obra haya sido motivo de estreno o análisis, sino porque la casa Sotheby’s de Londres sacó a subasta la partitura completa de su Sinfonía n.º 2 en do menor, llamada Auferstehung («Resurrección»), compuesta entre 1888 y 1894. Sotheby’s obtuvo en la puja cinco millones de euros, con lo que superó ampliamente la que obtuvo en 1987 por algunos originales de Mozart.

 

Nada hay que objetar al lícito comercio y nada puede sorprendernos de un sistema en el que todo tiene precio, pues en no pocas ocasiones hemos conocido las estratosféricas cifras pagadas no ya por lienzos de reconocidos maestros de la pintura, sino por objetos personales que pertenecieron a figuras del espectáculo, de ases del balompié e incluso de personajes cuyos méritos resultan difíciles de comprender y más aún de asimilar. Suele tratarse de un comercio basado en la mitología o básicamente en el fetichismo en el que cualquier cachivache puede acabar en manos de excéntricos millonarios que lo exhibirán en alegres cuchipandas como quien muestra la última fotografía de un audaz sobrino cuellicorto. Todo es legal, sin duda. Y si no lo fuere, allí estará el dinero para que acabe siéndolo.

 

Bien es cierto que hasta no hace mucho tiempo los objetos artísticos ni siquiera se subastaban, sino que se expoliaban y robaban. Era suficiente con que cualquier ejército irrumpiera en otro territorio para que sus tesoros más valiosos acabaran en las habitaciones privadas de un mariscal o, en el mejor de los casos, en las salas de un museo, donde muchas de ellas permanecen todavía.

 

Aun hoy los mejores museos del mundo albergan obras procedentes de estos saqueos que jamás fueran devueltas a pesar de las históricas reclamaciones por parte del país conquistado y arrasado.

 

Y no faltan nunca quienes, refugiados bajo el poder que otorgan las cuentas bancarias de secreta condición, están dispuestos a pagar millonarias cantidades con tal de disfrutar privadamente de sus rarísimos caprichos.

 

En el caso que nos ocupa, nadie sabe qué destino aguarda a las 232 páginas que componen la partitura original de la segunda sinfonía de Gustav Mahler, si acabarán enmarcadas en el salón de un poderoso hombre de negocios, si decorarán las estancias de un estrambótico banquero o si servirán de alfombra sobre la que diplomáticos y presidentes discutirán sobre un nuevo ajuste del precio del petróleo. A nadie se le pregunta por el destino de lo que compra. Lo compra y ya está.

 

Mientras tanto, los organismos nacionales e internacionales debaten acerca de la conveniencia de que determinada fiesta local sea considerada de interés mundial para que miles de turistas se acerquen hasta ella y gasten sus euros en presenciarla e incluso en soportarla. Cualquier rito folclórico y cualquier extravagancia de dudoso gusto que se ampare en la tradición puede alcanzar hoy ese marchamo y ser defendido con uñas y dientes por alcaldes y alguaciles empeñados en proteger desde una figura religiosa al bárbaro sacrificio de un animal.

 

Ante este desequilibrado panorama, no cabe más remedio que plantearse si no ha llegado ya el momento de custodiar lo que verdaderamente importa y asegurarnos de que aquello que ha contribuido a la consolidación de nuestra civilización, de la que tan orgullosos decimos estar, quede bajo el control de instituciones internacionales libres de avatares políticos y actividades lucrativas. Si Suiza ha sido siempre respetada por todos los ejércitos porque todos tenían intereses ocultos en ella, no hay razones que impidan la creación de un territorio igualmente respetado en el que el patrimonio cultural permanezca a salvo.

 

Porque si consideramos normal que se subasten lienzos de Van Gogh y partituras de Mahler, mañana nos parecerá asumible que la Capilla Sixtina pase a llamarse Capilla Sixtina Nike o que el Adidas Partenón aparezca en las guías turísticas. Y no descartemos que las negociaciones para ello ya hayan comenzado.


 

 

 

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